¡Ave, César!, de Joel y Ethan Coen

 Después de asistir a la proyección de la última película de los hermanos Coen, lo único que a este crítico le consuela es imaginar un resultado diferente conjugando sus elementos desde una óptica más subversiva. Pues ¡Ave, César! es un film cargado de intención crítica –o al menos así me lo he querido imaginar, ya que de elementos potenciales anda sobrado–, aunque absolutamente fracasado, tanto en su aspecto lúdico como en su presunta –¿o imaginada por quien estas líneas suscribe?– capacidad corrosiva. La propuesta de los Coen pretende plasmar en un collage atiborrado de referencias cinéfilas el funcionamiento de los grandes estudios hollywoodenses en su época de mayor ‘esplendor’, es decir, los años cincuenta, años en los que ese mismo ‘esplendor’ sentaba las bases que llevarían al sistema que lo producía a su inexorable crisis y clausura. Para ello se centra en la figura del fixer, personaje de dudosa moral encargado de mantener en la penumbra el lado menos divo de las estrellas. Basado en el Eddie J. Mannix de la MGM, pero asumiendo tareas propias también del productor, nuestro Mannix lidia con los numerosos contratiempos que se presentan durante el proceso de fabricación –en cadena– de las ficciones que un gran estudio manejaba por la época, desde un peplum romano a un musical, pasando por una comedia estilizada con director europeo o un western protagonizado por un actor con dificultades para ejecutar diálogos. Pero también viéndoselas con las vicisitudes más prosaicas en el día a día de la gestión de las majors: velando, por ejemplo, –y no siempre ateniéndose a la legalidad por la exclusividad de los contratos de sus estrellas –en este sentido el inicio del film resulta una prometedora declaración de intenciones– o vendiendo carnaza romántico-sentimental a las revistas del corazón a costa de la dignidad de los implicados.
De entre estas últimas, sobresale el secuestro por una organización comunista infiltrada en Hollywood de su principal estrella, Whitlock, en mitad del rodaje de un peplum titulado, precisamente, como el propio film de los Coen, dando lugar a las diversas gestiones emprendidas por Mannix para ocultar dicha información a la prensa y pagar el rescate –y recuperar así la mercancía llamada actor– sin necesidad de interrumpir el rodaje de la película. Con dicho hilo argumental, ciertamente precario, la película bien podría haber sido un viaje desde y hacia el interior del cine; pero, quizás debido a su excesivo interés por los tejemanejes de un personaje al que no le interesa la calidad artística del resultado final sino más bien que la máquina nunca se pare, termina el propio film por parecer más una obra de Eddie Mannix –interpretado por un Josh Brolin en estado de gracia– que de los hermanos Coen.
Además del propio Brolin, el elenco lo conforman actores reconocidos por su buen hacer, como George Clooney, Tilda Swinton, Scarlett Johanson, Channing Tatum o Ralph Fiennes, si bien, por una parte, algunos de los papeles son de una brevedad tal que relegan a sus intérpretes a una mera presencia testimonial, como la de Frances McDormand, cuyo talento bien merecía un rol más sustancial; por otra, a algunos otros les sucede que carecen por completo de conexión con el desarrollo de la trama, como al de Scarlett Johanson. A pesar de estos problemas de guion, el trabajo actoral es la mejor baza de la película, donde cabe destacar también la labor de Alden Ehrenreich, que logra mantener el tipo ante Brolin y Fiennes. Sin embargo, el principal escollo de la función corresponde al rol de George Clooney, cuya interpretación resulta problemática, tanto en su faceta cómica –los gags estilo slapstick son torpes y carentes de ritmo– como en la ausencia de separación entre actor y personaje, ya que resulta complicado distinguir –de nuevo un error de planificación–, por un lado, al personaje interpretado por Whitlock –un soldado romano– del Whitlock actor, que no cambia de vestuario en todo el relato; por el otro, al propio Clooney del papel (¿doble?, ¿triple?) que interpreta en el film. Todo ello contribuye a que, en conjunto, la película sólo funcione a medias, empujada sobre todo por la sólida interpretación de Brolin y por algún que otro destello cómico, careciendo tanto de un ritmo sostenido a lo largo del metraje como de una sólida armazón argumental, por lo que finalmente el film termina por desmoronarse.
Si hubiera que extraer alguna enseñanza de ¡Ave, César!, ésta vendría a mostrar a sus responsables que a veces el talento que en tantas ocasiones han demostrado poseer puede volverse en su propia contra cuando no se pone al servicio de metas más dignas de él. Así, la resolución de la peor parte del film –el anodino cautiverio de Whitlock entre comunistas, tratando de convertirlo a su ‘justa’causa–, en la que los secuestradores hunden el maletín con los cien mil dólares del rescate en el fondo del mar, se alza como paradigma y epitafio de la propia película: el dinero no sirve a quien no sabe emplearlo, por muy buena que sean las intenciones.
Si existiese un infierno del cine, con toda probabilidad arderían en él la mayor parte de las películas salidas de aquella factoría de ‘sueños’ que ¡Ave, César! homenajea con una benevolencia rayana en lo ñoño. Y aquellos que la idearon y la mantuvieron sin importarles los costes, también.

Share on Google Plus

About Jonathan Muñoz García

This is a short description in the author block about the author. You edit it by entering text in the "Biographical Info" field in the user admin panel.
    Blogger Comment
    Facebook Comment

0 comentarios: