Mia madre (Nanni Moretti, 2015). Estreno 22 de enero de 2016

El director italiano Nanni Moretti (Brunico, 1953) estrena Mia madre en España, su último trabajo como cineasta. En él, partiendo de su propia experiencia vital, pues su propia madre enfermó durante el rodaje de Habemus Papam, su anterior film, y murió durante la posterior fase de montaje, en 2011, traza el retrato de una mujer que se enfrenta a una situación similar, abundando en los procesos psíquicos implicados en el proceso de duelo. Película reflexiva más que expositiva, nos devuelve a un cineasta en pleno uso de sus facultades creativas.   


Sobre el duelo y sus variaciones, por Jonathan Muñoz

Han pasado quince años desde que Nanni Moretti rodara La habitación del hijo. En aquella ocasión, unos padres y su hija se enfrentaban a la pérdida súbita del hijo y hermano, y asistíamos a la decisión paterna de dejar el trabajo como analista y a un tramo final del metraje con aires de road movie que culminaba en la orilla del mar como símbolo del dolor por la pérdida. El último film del director italiano retoma el tema de la pérdida, trazando con rigor el proceso de duelo de una familia ante la anunciada muerte de la madre, ya anciana, como consecuencia de un “trauma” doméstico. La historia bascula alrededor del personaje de Margherita, la hija –interpretada con la solvencia habitual por Margherita Buy–, directora de cine que padece una exacerbada e ilusoria necesidad de control, tanto en lo laboral como en lo emocional. Esta necesidad de controlarlo todo está sugerida ya en dos de las secuencias iniciales del film. En la primera de ellas, dirigiendo una escena de protesta sindical con numerosos extras, con las múltiples variables a tener en cuenta; y en la segunda mediante la decisión de romper de forma inopinada con su novio, a pesar del desacuerdo y la sorpresa de este.
A partir de aquí, sin embargo, a lo que asistimos es a la progresiva pérdida de control por parte de la protagonista, provocada directamente por la explicación, fría y aséptica, que los médicos dispensan, a ella y a su hermano Gianni –un Nanni Moretti comedido y que se mantiene en un discreto segundo plano–, acerca del inminente final de la madre, explicación que Margherita no acierta a comprender al principio, y que la impulsa a un viaje interior que, como viene siendo habitual en el cine de Moretti, se nos presenta en estricta relación de igualdad con el mundo exterior: sueño, recuerdo, fantasía diurna, trabajo cotidiano y relaciones familiares y sentimentales se presentan con una textura fílmica homogénea, sin velamientos ni evanescencias ópticas que alteren las condiciones de percepción, sin cambios en la iluminación, ni en la paleta cromática, que sugieran cualidad irreal o fantasiosa alguna. Serán detalles correspondientes a lo que sucede en el interior del plano los que nos orienten hacia una realidad u otra, como si todas ellas merecieran ser tenidas en cuenta, por parte del observador, en relación de igualdad. 
Margherita, una mujer que se busca a sí misma en plena crisis
Así, si bien alguna secuencia puede adscribirse sin duda al registro onírico –pienso sobre todo en la primera muerte de la madre–, sucede que un buen número de ellas quedan en un limbo interpretativo, pudiendo ser perfectamente el resultado de una mezcla de realidad, fantasía diurna y sueño pesadillesco, como en ese paseo en que la protagonista topa con una larga fila de personas esperando para entrar en un cine, de la cual surgen su propia madre ( que está ingresada en el hospital), su hermano, y hasta ella misma de joven, y la interpelan directamente. La incertidumbre que asalta a Margherita es la de no saber si podrá estar a la altura de las exigencias que el presente le impone.
Por otra parte, el actor al que da vida con histrionismo controlado John Turturro ejerce una función contrapuntística en la historia, aportando al espectador ciertas dosis de comicidad no exenta de amargura, y sin romper en absoluto el tono del conjunto de la obra. En cierta forma, su personaje también está inmerso en un proceso de cambio que afecta a su carrera, probablemente en decadencia, y se erige como complemento de Margherita: ambos poseen un carácter difícil de soportar para quienes los rodean, y ambos son capaces de verlo en el otro, aunque no en sí mismos. 
Barry, carácter contrapuesto y complementario al de Margherita
Debido a dicho rasgo común, la situación personal de cada uno fricciona con la del otro en la relación laboral que mantienen, y que centra buena parte de las escenas de rodaje y los encuentros de trabajo, culminando en un enfrentamiento lleno de violencia verbal y tensión dramática, y que constituye, por desplazamiento, el clímax catártico de la película. Por otro lado, mediante algunas escenas familiares nos percatamos de la falta de contacto emocional de Margherita consigo misma: en una conversación cotidiana con su madre en el hospital, descubre que su propia hija le confía ciertas cosas a su abuela antes que a ella, mientras que en los diálogos compartidos con su hermano descubre el esquematismo de su carácter, fundamental para mantener las emociones bajo ilusorio control.
Si la película de ficción que rueda Margherita muestra la movilización y la lucha de unos trabajadores por no perder sus empleos, amenazados tras la venta de la empresa a un magnate americano, el film de Moretti (que, naturalmente, contiene al de Margherita) incide en la expresión de las emociones humanas a través de las acciones que llevan a cabo los diversos personajes; acciones que dejan traslucir, como fogonazos, las pasiones que las alimentan, dibujando los siempre complicados y sutiles meandros por los que transitan y se entrecruzan los vínculos afectivos, ya sean estos de contenido erótico o social. Ante la inminente desaparición de su madre, Margherita pone en perspectiva su pasado y su presente, asume que vivir implica renunciar a controlar cada paso, y pone en valor la importancia del legado materno –su madre era profesora de latín en un instituto– a través de la relación de su hija con la abuela, de quien finalmente recoge el amor por la lengua latina, y de esta con sus ex alumnos, quienes muchos años después de graduarse todavía la visitan y la aprecian de un modo que Margherita no acierta a comprender. Por su parte, el hermano lo abandona todo –por medio de una excedencia en el trabajo– para estar al lado de la madre en sus últimos momentos y, seguro de que la vida no puede ser igual tras la pérdida del ser querido, decide finalmente renunciar a su reincorporación profesional, a pesar de las advertencias de su jefe acerca de las dificultades que entraña, para un hombre de su edad, encontrar un nuevo puesto en un mercado laboral esquizofrénico, que desprecia la madurez a la par que exige experiencia.
En conclusión, la nueva propuesta de Moretti aborda un tema delicado con sensibilidad, precisión y la distancia justa, sin caer en el morbo ni en la sensiblería, y nos ofrece una nueva variación sobre el duelo que invita a reflexionar acerca del compromiso insoslayable que mantiene el cine, como forma de arte, con la comprensión de la naturaleza humana.


Mia madre. 
Italia, Francia, 2015
Dirección: Nanni Moretti
Producción: Sacher Film, Fandango, Le Pacte
Distribución: Golem 
Estreno: 22 de enero de 2016
Con Margherita Buy, John Turturro, Giulia Lazzarini, Nanni Moretti, Valia Santella




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About Jonathan Muñoz García

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