Psicología de masas del fascismo: La brecha


  • Capítulo I. La ideología como poder material
    • l. La brecha
    • 2. La estructura económica e ideológica de la sociedad alemana de 1928 a 1933
    • 3. La propuesta de la psicologia de masas
    • 4. La función social de la represión sexual


1. La brecha [«La divergencia» en otras traducciones]

El movimiento de liberación alemán anterior a Hitler se sustentaba en la teoría económica y social de Karl Marx; por tanto, la comprensión del fascismo alemán debe partir de la comprensión del marxismo.

En el curso de los meses posteriores a la toma del poder por el nacionalsocialismo en Alemania a menudo podían percibirse dudas sobre la corrección de la concepción marxista fundamental acerca del acontecer social incluso en aquellos que habían demostrado en la práctica su firmeza revolucionaria y su disposición libertaria. Esas dudas se basaban sobre un hecho en primera instancia incomprensible pero innegable: el fascismo, que por sus objetivos y por su naturaleza era el representante más extremo de la reacción política y económica, se había convertido en una realidad internacional y en muchos países superaba visible e innegablemente al movimiento revolucionario socialista. El hecho de que este fenómeno hallara su máxima expresión en los países altamente industrializados no hacía más que agravar el problema. Al fortalecimiento internacional del nacionalismo le correspondía el hecho del fracaso del movimiento obrero en una, según afirmaban los marxistas, «fase de la historia moderna que había llegado a madurar económicamente para producir la destrucción del modo de producción capitalista». A ello se añadía el recuerdo imborrable del fracaso de la Internacional obrera al estallar la Primera Guerra Mundial y el estrangulamiento de los alzamientos revolucionarios de 1918 a 1923 fuera de Rusia. Las dudas citadas, por tanto, se relacionaban con hechos de enorme gravedad; si resultaban justificadas, si la concepción marxista fundamental era errónea, se necesitaba una decidida reorientación del movimiento obrero si quería alcanzarse de todos modos su objetivo; pero si las dudas eran injustificadas, si la concepción sociológica de Marx era correcta en su fundamento, entonces se necesitaba un análisis exhaustivo y polifacético tanto de las causas del continuo fracaso del movimiento obrero como —y sobre todo— un total esclarecimiento del movimiento de masas del fascismo, que tiene un carácter nuevo para la historia. Sólo de ese análisis podía emerger una nueva praxis revolucionaria [Nota: Cfr. prólogo a la tercera edición].

Pero en ningún caso podía esperarse una modificación de la situación si no se lograba demostrar lo uno o lo otro. Era evidente que no podía llevar a la meta ni una llamada a la «conciencia de clase revolucionaria» de los obreros, ni el método á la Coué, tan popular en aquel momento, de cubrir con un velo las derrotas y embellecer hechos graves con ilusiones. Tampoco podía contentarse con el hecho de que el movimiento obrero «avanzaba», luchaba y hacía huelgas aquí y allá. Pues lo decisivo no es el avance, sino a qué ritmo se produce respecto del fortalecimiento y del avance internacionales de la reacción política.

El joven movimiento de la sexo-economía democrática del trabajo está interesado en un esclarecimiento cabal de estos problemas, y no sólo porque constituye una parte integrante de la lucha de liberación social en general, sino sobre todo porque la consecución de sus objetivos está ligada indisolublemente al logro de los objetivos económico-políticos de la democracia laboral natural. Por eso queremos intentar exponer, a partir del movimiento obrero, en qué punto se entrelazan las cuestiones específicamente sexo-económicas con las sociales generales.

En algunas reuniones en Alemania había revolucionarios inteligentes y honestos, aunque de pensamiento nacionalista y metafísico, como Otto Strasser, que alrededor de 1930 les reprochaban a los marxistas:

«Vosotros, los marxistas, soléis apoyaros en la doctrina de Karl Marx. Marx enseñaba que la teoría sólo se confirmaba en la práctica. Pero vosotros no hacéis más que justificar una y otra vez las derrotas de la Internacional obrera. Vuestro marxismo ha fracasado: explicáis la derrota de 1914 por la «deserción de la socialdemocracia», la de 1918 por su «política traidora» y sus ilusiones. Y ahora nuevamente tenéis «explicaciones» a mano por el hecho de que en la crisis mundial las masas tendieron a la derecha en vez de a la izquierda. ¡Pero vuestras explicaciones no eliminan el hecho de que hayáis sido derrotados! ¿Dónde está, desde hace ochenta años, la confirmación práctica de la doctrina de la revolución social? Vuestro error fundamental es que negáis u os burláis del alma y del espíritu, sin comprender que son los que todo lo mueven.»

Argumentaban así o de modo parecido, y los oradores marxistas no sabían responder tales preguntas. Cada vez era más evidente que su propaganda política de masas, al limitarse a la discusión de los procesos de crisis socio-económicos objetivos (modo de producción capitalista, anarquía económica, etc.) no alcanzaba más que a la pequeña minoría ya encuadrada en las izquierdas. No bastaba la denuncia de la miseria material, del hambre, pues eso lo hacían todos los partidos políticos, incluso la Iglesia; y, finalmente la mística de los nacionalsocialistas, en medio de la más profunda crisis económica y miseria, triunfó sobre la doctrina económica del socialismo. Se imponía la conclusión de que la propaganda y la concepción global del socialismo entrañaban serias lagunas que explicaban sus «errores políticos». Se trataba de fallas en la captación marxista de la realidad política, fallas para cuya eliminación estaban dadas todas las condiciones en el método del materialismo dialéctico. Pero estas posibilidades habían quedado sin utilizar; para anticiparlo en breves términos: la política marxista no había tenido en cuenta, en su práctica política, la estructura caracteriológica de las masas ni el efecto social del misticismo.

Quien haya seguido y experimentado prácticamente la teoría y la práctica del marxismo entre, digamos, 1917 y 1933 en la izquierda revolucionaria, debía comprobar que estaban restringidas al terreno de los procesos objetivos de la economía y a la política de Estado, pero que ni seguían atentamente ni captaban el llamado «factor subjetivo» de la historia, la ideología de las masas, en su desarrollo y en sus contradicciones; sobre todo, omitían aplicar una y otra vez su propio método del materialismo dialéctico, de mantenerlo vivo, de captar de modo nuevo todo fenómeno social nuevo.

No solía aplicarse el materialismo dialéctico a fenómenos históricos nuevos, y el fascismo era un fenómeno que Marx y Engels ignoraban y que Lenin había percibido sólo en sus primeras manifestaciones. La concepción reaccionaria de la realidad pasa por alto las contradicciones y condiciones reales de ésta; la política reaccionaria se sirve automáticamente de aquellas fuerzas sociales que se oponen al desarrollo; ello lo puede hacer con éxito sólo mientras la ciencia no descubra por entero a las fuerzas revolucionarias que deben superar a las reaccionarias. Según veremos más adelante, en la base de masas del fascismo, en la pequeña burguesía rebelde, no habían hecho su aparición sólo las fuerzas sociales regresivas, sino también unas fuerzas enérgicamente progresivas; nadie había visto esta contradicción, y es más: hasta poco antes de la toma del poder por Hitler, el papel de la pequeña burguesía se hallaba en un segundo plano.

Una vez comprendidas las contradicciones en cada nuevo proceso, la práctica revolucionaria en todo campo de la existencia humana se da por sí sola; consistirá en una identificación con aquellas fuerzas que actúan en el sentido del desarrollo hacia delante. Ser radical, de acuerdo con lo que decía Karl Marx, significa «ir a la raíz de las cosas». Si se va a la raíz de las cosas, si se comprende su proceso contradictorio, estará asegurada la victoria sobre lo reaccionario. Si no se las comprende, se aterriza, voluntariamente o no, en el mecanicismo, en el economicismo o también en la metafísica, y necesariamente se sucumbe. Por tanto, una crítica tiene un sentido y un valor práctico sólo si está en condiciones de mostrar en qué punto se pasaron por alto las contradicciones de la realidad social. La acción revolucionaria de Marx no consistió en que redactara unos llamamientos o en que señalara objetivos revolucionarios, sino esencialmente en que reconoció en las fuerzas productivas industriales la fuerza progresista de la sociedad, y en que describió las contradicciones de la economía capitalista de acuerdo con la realidad. Los fracasos del movimiento obrero significan que nuestro conocimiento de las fuerzas que retardan el desarrollo social progresivo es limitado, e incluso nulo en algunos puntos fundamentales.

Como tantas obras de grandes pensadores, también el marxismo degeneró y se transformó en fórmulas vacías al perder su contenido científico-revolucionario en manos de los políticos marxistas. Estaban tan sumergidos en las luchas políticas cotidianas que no siguieron desarrollando los principios de una concepción vital viva, tal cual había sido legada por Marx y Engels. Para confirmar esto basta con comparar, por ejemplo, el libro del comunista alemán Sauerland sobre Materialismo dialéctico o cualquier obra de Salkind, Pieck, etc., con El Capital de Marx o con El socialismo utópico y el socialismo científico de Engels. Métodos vivos se convirtieron en fórmulas, y la investigación científica de los hechos en rígidos esquemas. Entretanto, el «proletariado» de la época de Marx se había convertido en una gigantesca clase obrera industrial, y la clase media de los pequeños industriales en ingentes masas de empleados industriales y públicos. El marxismo científico degeneró en «marxismo vulgar». Muchos excelentes políticos marxistas han llamado así al economicismo, que reducía toda la existencia humana al problema de los parados y al del salario mínimo.

Ahora bien: este marxismo vulgar afirmaba que una crisis económica de la magnitud de la de 1929-1933 debía llevar necesariamente a las masas afectadas a un desarrollo ideológico hacia la izquierda. Mientras que en Alemania seguía hablándose de un «auge revolucionario» aun después de la derrota de enero de 1933, la realidad mostraba que la crisis que de acuerdo con las expectativas debería haber producido una evolución ideológica de las masas hacia la izquierda, había llevado a un desarrollo hacia la extrema derecha en la ideología de las capas proletarizadas de la población. El resultado fue una brecha entre el desarrollo de la base económica, que empujaba hacia la izquierda, y el de la ideología de amplias capas que se derechizaban. Esta brecha no fue advertida. Por eso tampoco podía formularse la pregunta de cómo es posible que las amplias masas se vuelvan nacionalistas en medio de la pauperización. No puede explicarse la tendencia del pequeño burgués arruinado hacia la derecha radical con palabras como «chauvinismo», «psicosis» o «consecuencias de Versalles», porque no comprenden el proceso real que se produce en esta tendencia. Además, la tendencia hacia la derecha no se presentaba sólo en los pequeños burgueses, sino también en sectores amplios del proletariado, y no siempre en los peores. No se percibió que la burguesía, alertada por el éxito de la Revolución rusa, recurría a medidas preventivas nuevas, en aquel entonces incomprendidas, no analizadas por el movimiento obrero, y que parecían extrañas (como el plan Roosevelt); no se advirtió que en los comienzos de su desarrollo, al transformarse en un movimiento de masas, el fascismo se dirigió primero contra la gran burguesía, y que no se le podía neutralizar calificándole de «mero guardián del capital financiero», aunque sólo fuera porque se trataba de un movimiento de masas.

¿Dónde residía el problema?

La concepción fundamental de Marx comprendía la explotación de la mercancía fuerza de trabajo y la concentración del capital en pocas manos, hechos que llevaban aparejada la pauperización creciente de la mayoría de la humanidad trabajadora. De este proceso dedujo Marx la necesidad de la «expropiación de los expropiadores». Según esta concepción, pues, las fuerzas productivas de la sociedad capitalista rompen el marco del modo de producción. La contradicción entre la producción social y la apropiación privada de los productos por parte del capital sólo puede resolverse restableciendo el equilibrio entre el modo de producción y el nivel de las fuerzas productivas. La producción social debe complementarse con la apropiación social de los productos. El primer acto de esta equiparación es la revolución social: éste es el principio económico fundamental del marxismo. Ello sólo puede lograrse, así se decía, si la mayoría arruinada establece la «dictadura del proletariado» como dictadura de la mayoría de los que producen, sobre la minoría de los dueños de los medios de producción ahora expropiados.

De acuerdo con la teoría de Marx, se daban las condiciones económicas para la revolución social: el capital se hallaba concentrado en pocas manos, el desarrollo de la economía nacional hacia la economía mundial se contradecía totalmente con el sistema aduanero de los Estados nacionales, la economía capitalista apenas llegaba a la mitad de su capacidad productiva y además había revelado por completo su anarquía. La mayoría de la población de los países altamente industrializados vivía en la miseria: unos cincuenta millones de europeos estaban en paro; cientos de millones de productores se hallaban en un estado de miseria. Pero la «expropiación de los expropiadores» no llegaba y, contra las expectativas, ante la alternativa de «socialismo o barbarie» la evolución se desarrolló primero en el sentido de la barbarie. Pues el fortalecimiento internacional del fascismo y el hecho de que quedara rezagado el movimiento obrero no era sino precisamente esa evolución. Quien aún tenía esperanzas seguras en un desenlace revolucionario de la inminente Segunda Guerra Mundial, que entretanto había estallado, quien confiaba, por así decirlo, en que las masas dirigirían las armas que les llegaban a sus manos contra el enemigo interior, no había seguido el desarrollo de la técnica bélica moderna. No debía desecharse desde un principio la idea de que el armamento de la gran masa en la guerra próxima sería muy improbable. De acuerdo con esta concepción, las acciones bélicas se dirigirían contra las masas desarmadas de los grandes centros industriales y serían unos pocos técnicos, muy escogidos y de confianza, los que llevarían a cabo la guerra. Por tanto, el aprender a repensar y reflexionar sobre este problema de un modo nuevo era la precondición de una nueva práctica revolucionaria. La Segunda Guerra Mundial confirmó estas previsiones.

———————————————————





Share on Google Plus

About Sergi Ruiz

This is a short description in the author block about the author. You edit it by entering text in the "Biographical Info" field in the user admin panel.
    Blogger Comment
    Facebook Comment

0 comentarios: