Psicología de masas del fascismo: Prólogo a la 3ª edición

Prólogo de La psicología de masas del fascismo, escrito por el propio Wilhelm Reich en 1942 e incluido en la edición en español de 1980 de Editorial Bruguera.


PRÓLOGO A LA TERCERA EDICIÓN CORREGIDA Y AUMENTADA

Un trabajo terapéutico vasto y concienzudo sobre el carácter humano me ha llevado a la convicción de que, al juzgar las reacciones humanas, debemos contar en principio con tres capas distintas de la estructura biopsíquica. Según lo expuesto en mi libro Análisis del carácter, estas capas de la estructura del carácter son sedimentos del desarrollo social que funcionan autónomamente. En la capa superficial de su personalidad el hombre medio es reservado, amable, compasivo, responsable, concienzudo. No existiría una tragedia social del animal humano si esta capa superficial de su personalidad estuviera en contacto inmediato con el núcleo natural profundo. Ahora bien: trágicamente, esto no es así; la capa superficial de la cooperación social no está en contacto con el núcleo biológico profundo del individuo; es soportada por una segunda, una capa intermedia del carácter, que se compone exclusivamente de impulsos crueles, sádicos, lascivos, rapaces y envidiosos. Representa el «inconsciente» o «lo reprimido» de Freud, la suma de todos los llamados «instintos secundarios» en el lenguaje de la economía sexual.

La biofísica orgónica logró comprender el inconsciente freudiano, lo antisocial en el hombre, como resultado secundario de la represión de impulsos biológicos primarios. Penetrando más profundamente a través de esta segunda capa de lo perverso hasta el fundamento biológico del animal humano, se descubre regularmente la tercera y más profunda capa, que llamamos el «núcleo biológico». En lo más hondo, en este núcleo, el hombre es en circunstancias sociales favorables un animal honrado, laborioso, cooperativo, amante o, si hay motivo para ello, un animal que odia racionalmente. Con todo, en ningún caso de relajación del carácter del hombre de hoy se puede avanzar hasta esta capa tan profunda, tan prometedora, sin antes eliminar la superficie inauténtica y, sólo en apariencia social. Caída la máscara de lo civilizado, no aparece primero la socialidad natural, sino sólo la capa sádico-perversa del carácter.

Esta desgraciada estructuración es la responsable de que todo impulso natural, social o libidinoso que quiera pasar del núcleo biológico a la acción deba atravesar la capa de los instintos perversos secundarios, y en esto se distorsiona. Esta distorsión modifica el carácter originariamente social de los impulsos naturales y los vuelve perversos, convirtiéndolos así en fuerzas que inhiben cualquier expresión genuina de vida.

Traslademos nuestra estructura humana a lo social y político.

No es difícil reconocer que los diversos agrupamientos políticos e ideológicos de la sociedad humana corresponden a las diversas capas de la estructura del carácter humano. Naturalmente, no caemos en el error de la filosofía idealista de suponer que esta estructura humana existe de modo inmutable desde siempre y por siempre. Después que condiciones y cambios sociales transformaran las exigencias biológicas originarias del hombre en la estructura de su carácter, ésta reproduce la estructura social de la sociedad bajo la forma de ideologías.

A partir del ocaso de la primitiva organización democrática del trabajo, el núcleo biológico del hombre ha quedado sin representación social. Lo «natural» y «sublime» en el hombre, aquello que lo vincula con su cosmos, sólo ha hallado expresión genuina en las grandes artes, sobre todo en la música y en la pintura. Pero hasta ahora ha quedado sin una influencia fundamental en la modelación de la sociedad humana, si por sociedad no se entiende la cultura de una pequeña capa superior pudiente, sino la comunidad de todos los seres humanos.

En las ideas éticas y sociales del liberalismo reconocemos la representación de los rasgos de la capa superficial del carácter, que cuida del dominio de uno mismo y de la tolerancia. Este liberalismo acentúa su ética con el fin de refrenar al «monstruo en el hombre», nuestra segunda capa de los «instintos secundarios», el «inconsciente» de Freud. El liberal desconoce la socialidad natural de la capa más profunda, la tercera, la nuclear. Lamenta y combate la perversión del carácter humano mediante normas éticas, pero las catástrofes sociales del siglo XX demuestran que no ha llegado muy lejos en esta tarea.

Todo lo genuinamente revolucionario, todo arte y toda ciencia verdaderos provienen del núcleo biológico natural del hombre. Hasta ahora, no han ganado masas ni el auténtico revolucionario, ni el artista o el científico, ni las han conducido, o si lo han hecho, no han podido mantenerlas de modo duradero en el ámbito de los intereses vitales.

Muy distinta, y opuesta al liberalismo y a la verdadera revolución, es la situación del fascismo. En su naturaleza no están representadas la capa superficial ni la más profunda, sino esencialmente la segunda, la capa intermedia del carácter, la de los instintos secundarios.

En la época de la primera composición de este libro, el fascismo en general se consideraba un «partido político», que abogaba por una «idea política» del mismo modo que los demás «agrupamientos sociales». En consecuencia, «el partido fascista implantó el fascismo mediante la violencia a través de "maniobras políticas"».

Contrariamente a esto, mis experiencias médicas con personas de muchas clases, razas, naciones, credos, etc., me habían enseñado que este «fascismo» no es sino la expresión políticamente organizada de la estructura del carácter del hombre medio, de una estructura que no está ligada ni a determinadas razas o naciones ni a determinados partidos, sino que es general e internacional. En este sentido del carácter, «fascismo» es la actitud emocional básica del hombre autoritariamente sojuzgado de la civilización maquinista y de su concepción vital místico-mecanicista.

Es el carácter místico-mecanicista de los hombres de nuestra época el que crea los partidos fascistas, y no a la inversa.

El resultado del pensamiento político erróneo es que, aún hoy día, el fascismo se concibe con una peculiaridad nacional específica de los alemanes o de los japoneses. Esa concepción errónea inicial engendra todas las interpretaciones erróneas siguientes.

Sigue concibiéndose el fascismo, como antes y en detrimento de los auténticos esfuerzos en pro de la libertad, como la dictadura de una pequeña camarilla reaccionaria. Hay que atribuir la persistencia de este error al miedo a reconocer el verdadero estado de cosas: el fascismo es un fenómeno internacional, que invade todas las instituciones de la sociedad humana de todas las naciones. Esta conclusión concuerda con los procesos internacionales de los últimos quince años.

Mis experiencias de análisis del carácter me convencieron, en cambio, de que hoy día no hay un solo hombre vivo que en su estructura no lleve los elementos del sentir y pensar fascistas. El fascismo como movimiento político se distingue de otros partidos reaccionarios por el hecho de que lo sustentan y defienden masas de hombres.

Soy plenamente consciente de la gran responsabilidad que entrañan tales afirmaciones. En interés de este mundo lacerado desearía que la masa de gente trabajadora tuviera igual de clara su responsabilidad por el fascismo.

Hay que distinguir nítidamente el militarismo común del fascismo. La Alemania guillermiana era militansta, pero no fascista.

Como el fascismo aparece siempre y en todas partes como un movimiento sostenido por masas de hombres, revela todos los rasgos y contradicciones de la estructura del carácter del hombre-masa: el fascismo no es, como generalmente se cree, un movimiento puramente reaccionario, sino que constituye una amalgama entre emociones rebeldes e ideas sociales reaccionarias.

Concibiendo el ser revolucionario como la rebelión racional contra estados insoportables de la sociedad humana, como la voluntad racional «de ir al fondo de todas las cosas» («radical» ─ «radix» = «raíz») y de mejorarlas, el fascismo jamás es revolucionario. Podrá aparecer recubierto de un ropaje de emociones revolucionarias. Pero no se llamará revolucionario a un médico que proceda contra una enfermedad con revoltosos improperios, sino a aquel que investigue y combata tranquila, valiente y concienzudamente las causas de la enfermedad. La rebeldía fascista se origina siempre allí donde una emoción revolucionaria es convertida en ilusión por miedo a la verdad.

En su forma pura, el fascismo es la suma de todas las reacciones irracionales del carácter humano medio. Al sociólogo limitado, al que le falta el valor para reconocer el papel muy destacado de lo irracional en la historia de la humanidad, la teoría fascista de las razas le parece un mero interés imperialista o, más indulgentemente, un «prejuicio». Lo mismo le ocurre al politicastro irresponsable y de lengua fácil. El ímpetu y la gran difusión de estos «prejuicios raciales» demuestra su origen en la parte irracional del carácter humano. La teoría racial no es una creación del fascismo. A la inversa: el fascismo es una creación del odio racial y su expresión políticamente organizada. Por tanto, existe un fascismo alemán, uno italiano, uno español, uno anglosajón, uno judío y uno árabe. La ideología racial es una expresión auténticamente biopática del carácter del hombre orgásticamente impotente.

El carácter sádico-perverso de la ideología racial delata también su naturaleza en su postura ante la religión. Se dice que el fascismo sería un retorno al paganismo y un enemigo mortal de la religión. Lejos de ello, el fascismo es la expresión extrema del misticismo religioso. Como tal aparece en una configuración social especial. El fascismo apoya aquella religiosidad que proviene de la perversión sexual, y convierte el carácter masoquista de la religión de sufrimiento del viejo patriarcado en una religión sádica. En consecuencia, transporta a la religión desde el dominio del más allá de la filosofía del sufrimiento al más acá del asesinar sádico.

La mentalidad fascista es la del «pequeño hombre» mezquino, sometido, ávido de autoridad y a la vez rebelde. No es casual que todos los dictadores fascistas provengan del ámbito vital del pequeño hombre reaccionario. El gran industrial y el militarista feudal aprovechan este hecho social para sus fines, una vez que se haya desarrollado en el ámbito del sojuzgamiento general de la vida. La civilización autoritaria mecanicista obtiene del pequeño hombre, en forma de fascismo, todo lo que ha sembrado desde hace siglos en forma de mística, sargentismo y automatismo en las masas de los pequeños hombres sojuzgados. Este pequeño hombre imita demasiado bien la conducta del gran hombre y la reproduce distorsionada y aumentada. El fascista es el sargento mayor en el ejército gigantesco de nuestra civilización profundamente enferma y muy industrializada. No se le representa impunemente al pequeño hombre el tam-tam de la alta política: el pequeño sargento ha superado al general imperialista en todo: en la música de marchas, en el paso de ganso, en el mandar y obedecer, en el miedo mortal a pensar, en la diplomacia, estrategia y táctica, en el uniformar y desfilar, en el condecorar y dar medallas. Todo un emperador Guillermo demostró ser en estas cuestiones un verdadero imbécil comparado con el hambriento hijo de funcionario llamado Hitler. Cuando un general «proletario» cubre su pecho con medallas en ambos lados y además desde el cuello hasta el ombligo, está evidenciando al hombrecito que no quería quedarse detrás del gran general «auténtico».

Hay que haber estudiado en profundidad el carácter del pequeño hombre sojuzgado durante años, tal y como se desarrollan los hechos detrás de la fachada, para comprender sobre qué poderes se apoya el fascismo.

En la rebelión de la masa de los animales humanos maltratados contra las amabilidades vacías del falso liberalismo (no me refiero al liberalismo genuino ni a la verdadera tolerancia) salió a luz la capa del carácter de los instintos secundarios.

No puede volverse inocuo al loco homicida fascista si, según la coyuntura política, se le busca sólo en el alemán o italiano, y no también en el americano y en el chino; si no se le rastrea en uno mismo; si no se conocen las instituciones sociales que le incuban a diario.

Al fascismo sólo se le puede derrotar si se le afronta positiva y prácticamente con un bien fundado conocimiento de los procesos vitales. Nadie puede imitarle en el politiqueo, en la falsa diplomacia ni en los desfiles. Pero no posee una respuesta a las cuestiones vitales prácticas, pues lo ve todo únicamente en el espejo de la ideología o bajo la figura del uniforme estatal.

Cuando se oiga predicar a un carácter fascista, sea cual fuere su color, el «honor de la nación» (en vez del honor del hombre) o la «salvación de la santa familia y de la raza» (en vez de la sociedad de la humanidad trabajadora); cuando se infla y se llena la boca de frases hechas, pregúntesele públicamente con toda sencillez y tranquilidad:

«¿Qué haces en la práctica para alimentar a la nación sin asesinar otras naciones? ¿Qué haces como médico contra las enfermedades crónicas, qué como educador para promover la felicidad infantil, qué como economista contra la pobreza, qué como trabajador social contra el agotamiento de las madres con muchos hijos, qué como constructor a favor de la higiene de las viviendas? Ahora no parlotees. ¡Da una respuesta práctica y concreta o cállate!»

De esto se sigue que el fascismo internacional no será vencido jamás mediante maniobras políticas. Sucumbirá a la organización natural internacional del trabajo, del amor y del conocimiento.

En nuestra sociedad, el trabajo, el amor y el conocimiento todavía no disponen del poder necesario para determinar la existencia humana. Más aún, estos grandes poderes del principio vital positivo todavía no son conscientes de su magnitud, de su irremplazabilidad, de su importancia sobresaliente para el ser social. Por eso la actual sociedad humana, un año después de la derrota militar del fascismo partidario, sigue al borde del abismo. El derrumbe de nuestra civilización será incontenible si los sustentares del trabajo, los estudiosos de las ciencias naturales de todas las ramas de la vida (y no de la muerte), y los que dan y reciben el amor natural no cobran pronta conciencia de su gigantesca responsabilidad.

Lo vivo puede existir sin el fascismo, pero el fascismo no puede existir sin lo vivo. Es el vampiro en el cuerpo de lo vivo, que da rienda suelta a los impulsos asesinos cuando el amor clama por realizarse en la primavera.

«¿Se impondrá pacífica o violentamente la libertad humana y social, la autoadministración de nuestra vida y de la vida de nuestros descendientes?». Asi reza respetuosa una pregunta. Nadie conoce la respuesta.

Pero quien conozca las funciones de lo vivo en el animal, en el niño recién nacido, en el obrero trabajador, sea mecánico, investigador o artista, deja de pensar en términos de los conceptos que ha introducido la infestación de los partidos en este mundo. Lo vivo no puede «apoderarse violentamente de un poder», pues no sabría qué hacer con el poder. ¿Implica esta conclusión que la vida está entregada por siempre al gangsterismo político, que siempre será su víctima y mártir, que el politicastro siempre chupará la sangre de esa vida viva? Ésa sería una conclusión equivocada.

Como médico debo curar enfermedades. Como investigador debo desvelar conexiones naturales desconocidas. Si viniera un fantoche político para obligarme a abandonar a mis enfermos y mi microscopio, no me dejaría molestar, sino que lo echaría por la puerta en caso de que no quisiera irse por propia voluntad. El que yo deba aplicar violencia para proteger mi trabajo ante los intrusos no depende de mí o de mi trabajo, sino del grado de impertinencia del intruso. Imaginemos ahora que todos los que realizan el trabajo en lo vivo pudieran reconocer al fantoche político a tiempo. No actuarían de otro modo. Quizás en este ejemplo simplificado se halle una parte de la respuesta a la cuestión de cómo lo vivo se defenderá tarde o temprano de sus perturbadores y destructores.

La Psicología de masas del fascismo nació en los años de la crisis alemana de 1930-1933. Se escribió en 1933; la primera edición se publicó en setiembre de 1933 y en abril de 1934 en segunda edición en Dinamarca.

Desde entonces han pasado diez años. La revelación de la naturaleza irracional de la ideología fascista aportó al libro una aprobación a menudo demasiado entusiasta, libre del peso del conocimiento y de la acción, en todos los campos políticos. Atravesó masivamente —a veces con nombre fingido— las fronteras alemanas. El movimiento revolucionario ilegal en Alemania lo acogió con alegría. Estableció un contacto de varios años con el movimiento antifascista alemán.

Los fascistas prohibieron el libro en 1935 junto con toda la literatura de la psicología política [1].

Partes del mismo se reprodujeron en Francia, Estados Unidos, Checoslovaquia, Escandinavia, etc., y se lo encomió con extensos artículos. Sólo los testarudos socialistas economicistas de partido y sus funcionarios a sueldo, que tenían el control de los órganos de poder político, no supieron ni saben qué hacer con él. Los órganos de dirección del partido comunista, en Dinamarca y Noruega, por ejemplo, lo atacaron con virulencia y lo tildaron de «contrarrevolucionario». En cambio, es significativo que jóvenes con mentalidad revolucionaria pertenecientes a agrupaciones fascistas comprendieran la explicación sexo-económica de la irracionalidad de la teoría racial.

En 1942 llegó la propuesta inglesa de que se tradujera la Psicología de masas del fascismo al inglés. Ello me impuso la tarea de comprobar la validez del libro diez años después de su redacción. El resultado de dicha comprobación refleja exactamente las enormes modificaciones en el pensamiento de la última década. También era la piedra de toque para ver si podían seguir sosteniéndose la economía sexual y su relación con las grandes transformaciones sociales de nuestro siglo. No había tenido este libro en las manos durante varios años. Al comenzar a corregirlo y ampliarlo, me estremecí por los errores de pensamiento cometidos quince años atrás, las revoluciones en el pensamiento y las exigencias científicas que plantea la superación del fascismo.

Al principio pude concederme celebrar un gran triunfo. El análisis sexo-económico de la ideología del fascismo no sólo había salido airoso de la crítica del tiempo, sino que había sido confirmado brillantemente en lo esencial por los últimos diez años. Había superado el ocaso de la concepción economicista, marxista vulgar, con la que los partidos marxistas alemanes intentaron echarle mano al fascismo. Habla en favor de la Psicología de masas del fascismo el hecho de que diez años después se pida su reedición. De ello no puede jactarse ningún escrito marxista de la época de 1930, cuyos autores habían condenado la economía sexual.

Las transformaciones de mi pensamiento se plasmaron del siguiente modo en mi reelaboración de la segunda edición:

Alrededor de 1930 yo no tenía idea de las naturales relaciones de democracia laboral de los hombres trabajadores. La joven comprensión sexo-económica de la formación de la estructura humana estaba situada en aquel entonces en el marco del pensamiento de los partidos marxistas. En aquella época yo trabajaba en organizaciones culturales liberales, sociastas y comunistas, y estaba obligado a emplear, por rutina, los habituales conceptos sociológicos marxistas en conexión con las exposiciones sexo-económicas. Ya en aquel entonces la enorme contradicción entre la economía sexual social y el economicismo vulgar se manifestó en penosas discusiones con diversos funcionarios de los partidos. Pero como seguía creyendo en la naturaleza fundamentalmente científica de los partidos marxistas, no lograba comprender por qué los miembros de partidos atacaban más duramente los efectos sociales de mi trabajo médico justo en el momento en que masas de empleados, obreros industriales, pequeños comerciantes, estudiantes, etc., afluían a las organizaciones de orientación sexo-económica para obtener un conocimiento de la vida viva. Jamás olvidaré a un «profesor rojo» de Moscú, que en 1928 tenía la orden de asistir a una de mis conferencias para estudiantes en Viena, para defender contra mí el «punto de vista del partido». El hombre declaró, entre otras cosas, que «el complejo de Edipo es una tontería», que algo así no existe. Catorce años después, sus camaradas rusos se desangraban bajo los tanques de los hombres-máquina alemanes esclavos del Führer.

Era de esperar que partidos que afirmaban luchar por la libertad humana no estarían sino contentos por los efectos de mi trabajo político-psicológico. Tal como demuestran convincentemente los archivos de nuestro Instituto, ocurrió justo lo contrario. Cuanto mayores resultaban los efectos sociales del trabajo de psicología de masas, tanto más fuertes eran las contramedidas de los políticos de partido. Tanto las organizaciones socialistas como las comunistas, pese a la enérgica protesta de sus miembros, prohibieron ya en 1932 la distribución de los escritos de la Editorial para Política Sexual en Berlín. Se me amenazó con fusilarme en cuanto el marxismo llegara al poder en Alemania. En 1932 las organizaciones comunistas, contra la voluntad de sus miembros, le cerraron las puertas de sus locales de reunión al médico sexo-económico. Ya en 1929-1930 la socialdemocracia austríaca vedó el acceso a sus organizaciones culturales a los conferenciantes de nuestra organización. Mi expulsión de ambas organizaciones se debió al hecho de haber introducido yo la sexología en la ciencia social y de haber mostrado sus consecuencias en la formación de la estructura humana. Entre los años 1934 y 1937 siempre fueron funcionarios del partido comunista los que alertaron a los círculos europeos de orientación fascista sobre la «peligrosidad» de la economía sexual. Hay documentos que lo prueban. En la frontera ruso-soviética se rechazaron los escritos sexo-económicos del mismo modo que a las multitudes de fugitivos que trataban de ponerse a salvo del fascismo alemán. Contra esto no hay ningún argumento válido.

Estos acontecimientos, que me parecían tan carentes de sentido en aquel momento, me resultaron totalmente comprensibles al reelaborar la Psicología de masas del fascismo. Las comprobaciones de los hechos sexo-económico-biológicos estaban constreñidos en la terminología marxista vulgar como un elefante en una cueva de zorro. Ya en 1938, al reelaborar mi libro de la juventud, había comprobado que todo término de la economía sexual había conservado su significado ocho años después, mientras que toda consigna partidaria incluida en el libro había perdido su sentido. Lo mismo sucedió con la tercera edición de la Psicología de masas del fascismo.

Hoy día queda claro para todo el mundo que «fascismo» no es la acción de un Hitler o un Mussolini, sino la expresión de la estructura irracional de los hombres-masa. Hoy día está más claro que hace diez años que la teoría racial es misticismo biológico. Hoy resulta de más fácil acceso que diez años atrás la comprensión de los anhelos orgásticos de las masas, y ya se sospecha universalmente que el misticismo fascista es el anhelo orgástico bajo la condición de la distorsión y represión místicas de la sexualidad natural. Las afirmaciones sexo-económicas sobre el fascismo son hoy aún más válidas que hace diez años. Los conceptos marxistas de partido del libro, en cambio, tuvieron que ser eliminados en su totalidad y sustituidos por otros nuevos.

¿Significa esto que la teoría económica del marxismo es fundamentalmente falsa? Qusiera ilustrar esta cuestión mediante un ejemplo. ¿Son «falsos» el microscopio de la época de Pasteur o la bomba de agua que construyó Leonardo da Vinci? El marxismo es una teoría económica científica que proviene de las condiciones sociales de principios y mediados del siglo XIX. Pero el proceso social no se detuvo, sino que se prolongó en el proceso fundamentalmente distinto del siglo XX. En este nuevo proceso social hallamos todos los rasgos esenciales del siglo XIX, del mismo modo en que en el microscopio moderno encontramos la estructura fundamental del microscopio de Pasteur o en la cañería moderna de agua el principio fundamental de Leonardo da Vinci. Pero hoy no nos servirían para nada ni el microscopio de Pasteur ni la bomba de Leonardo da Vinci. Están superados por procesos y funciones esencialmente nuevos que corresponden a una concepción y una técnica esenicalmente nuevas. Los partidos marxistas de Europa fallaron y sucumbieron (¡esto está dicho sin malicia!) porque trataron de captar al fascismo del siglo XX, que es un fenómeno esencialmente nuevo, con conceptos que correspondían al siglo XIX. Sucumbieron como organizaciones sociales porque omitieron conservar vivos y seguir desarrollando las posibilidades de desarrollo vivo inherentes a cada teoría científica. No lamento haber actuado como médico durante muchos años en las organizaciones marxistas. No he adquirido mis conocimientos sociológicos a partir de libros, sino esencialmente a partir de estar involucrado en la práctica en las luchas de las masas humanas por una existencia digna y libre. Los mejores reconocimientos sexo-económicos provienen justamente de los errores en el pensamiento de esas mismas masas humanas, errores que luego les aportaron la peste fascista. Como médico, el hombre trabajador y sus problemas me resultaban más accesibles que a cualquier político de partido. Este sólo veía a «la clase obrera», a la que quería «infundir conciencia de clase». Yo veía al hombre como ser viviente, que había caído en condiciones sociales de la peor índole que él mismo había creado y llevaba arraigadas en su propio carácter, y de las que intentaba en vano liberarse. La brecha entre la concepción economicista y la biosociológica se volvió infranqueable. A la teoría del «hombre de clase», se le enfrentó la naturaleza por lo general irracional de la sociedad del animal «hombre».

Hoy día todos saben que las concepciones económicas marxistas han penetrado en mayor o menor grado en el pensamiento de la humanidad moderna y han ejercido una influencia sobre él, a menudo sin que los economistas y sociólogos sean conscientes de cuál es el origen de sus concepciones. Conceptos como «clase», «beneficio», «explotación», «lucha de clases», «mercancía» y «plusvalía» se han convertido en patrimonio común. No hay en cambio hoy día ningún partido que pueda erigirse en heredero y representante vivo del bien científico del marxismo, cuando de hecho se trata de hechos del desarrollo sociológico y no de frases hechas que ya no concuerdan con su contenido originario.

En los años entre 1937 y 1939 se desarrolló en círculos obreros escandinavos y holandeses en el terreno de la economía sexual el nuevo concepto de «democracia laboral». La tercera edición de la Psicología de masas del fascismo contiene la exposición de los rasgos fundamentales de este nuevo concepto sociológico. Comprende los mejores hallazgos sociológicos del marxismo que siguen siendo válidos hoy día. Además, toma en cuenta los cambios sociales producidos en el «obrero» en el transcurso de los últimos cien años. Sé por experiencia que serán precisamente los «únicos representantes de los trabajadores» y los pasados y futuros «líderes del proletariado internaciona» los que combatirán este desarrollo del concepto social de trabajador como «fascista», «trotskista», «contrarrevolucionario», «hostil al partido», etc. Las organizaciones de trabajadores que excluyen a los negros y que practican el hitlerismo no merecen ser consideradas creadoras de una sociedad nueva y libre. El hitlerismo no se detiene en los límites del partido nazi o de Alemania; se infiltra en las organizaciones de trabajadores, en los círculos liberales y democráticos. El fascismo no es un partido político, sino una determinada concepción de vida y una actitud respecto del hombre, del amor y del trabajo. Ello no modifieará el hecho de que la política de los partidos marxistas de antes de la guerra esté acabada y ya no tenga futuro. Del mismo modo en que el concepto de la energía sexual sucumbió en el seno de la organización psicoanalítica y renació joven y fuerte en el descubrimiento del orgón, se perdió también el concepto del trabajador internacional en las prácticas de los partidos marxistas y resurgió convertido en algo nuevo en el marco de la sexo-economía social. Pues las actividades del economista sexual sólo son posibles en el marco de todo el otro trabajo socialmente necesario y no en el marco de la vida reaccionaria, mistificada y no-trabajadora.

La sociología sexo-económica nació del esfuerzo de armonizar la psicología profunda de Freud con la doctrina económica de Marx. Procesos instintivos y socioeconómicos determinan la existencia humana; pero debemos rechazar los intentos eclécticos que intentan combinar arbitrariamente «instinto» con «economía». La sociología de la economía sexual resuelve la contradicción que hizo olvidar al psicoanálisis el factor social y el origen animal del hombre al marxismo. Como lo formulé en otro lugar: el psicoanálisis es la madre y la sociología el padre de la economía sexual. Pero un hijo es más que la suma de los padres. Es un ser viviente nuevo, independiente, cargado de futuro.

De acuerdo con la nueva concepción sexo-económica del concepto de «trabajo» se procedió a las modificaciones siguientes en la terminología del libro: los conceptos «comunista», «socialista», «conciencia de clase», etc., se sustituyeron por palabras sociológica y psicológicamente inequívocas, como «revolucionario» y «científico». Significan «subvertir radicalmente», «actividad racional», «coger las cosas por la raíz».

Esto tiene en cuenta el hecho de que hoy se vuelven cada vez más revolucionarios no los partidos comunistas o socialistas, sino, en contraposición a ellos, muchos grupos no-políticos de hombres y capas sociales de cualquier matiz político, es decir que ambicionan un orden social fundamentalmente nuevo y racional. Se ha convertido en conciencia social generalizada, y hasta los viejos políticos burgueses así lo han expresado, que por su lucha contra la peste fascista el mundo ha caído en una transformación gigantesca, internacional, revolucionaria. Las palabras «proletario» (sustantivo y adjetivo) fueron creadas hace más de cien años para caracterizar a una capa social sin derecho alguno y reducida en masa a la miseria. Siguen existiendo tales grupos de hombres, pero los bisnietos de los proletarios del siglo XIX se han convertido en obreros industriales conscientes de su habilidad, especializados, con un alto grado de formación técnica, indispensables y responsables. Las palabras «conciencia de su habilidad» o «responsabilidad social» reemplazan a la «conciencia de clase».

En el marxismo del siglo XIX, la «conciencia de clase» estaba restringida a los trabajadores manuales. Los trabajadores que se dedicaban a otros oficios vitalmente necesarios y sin los cuales la sociedad no podría funcionar, como los «intelectuales» o «pequeña burguesía» eran opuestos al «proletariado de trabajadores manuales». Esta contraposición esquemática y hoy día inexacta jugó un papel muy importante en el triunfo del fascismo en Alemania. El concepto de «conciencia de clase» no sólo es demasiado estrecho, sino que ni siquiera se corresponde con la estructura de clase de los trabajadores manuales. Por consiguiente, los conceptos «trabajo industrial» y «proletario» fueron sustituidos por «trabajo vitalmente necesario» y «trabajador». Estos dos conceptos abarcan a todos los hombres que realizan un trabajo indispensable para la sociedad. Además de los obreros industriales, esto incluye por tanto a los médicos, educadores, técnicos, ayudantes de laboratorio, escritores, administradores sociales, campesinos, trabajadores científicos, etc. Así se suprime una brecha que ha contribuido no poco a la atomización de la sociedad humana trabajadora y, por tanto, al fascismo en sus variantes negra y roja.

La sociología de Marx, al desconocer la psicología de masas, contrapuso el «burgués» al «proletario». Esto es psicológicamente erróneo. La estructura del carácter no está restringida al capitalista, sino que abarca a los trabajadores de todos los oficios. Hay capitalistas liberales y obreros reaccionarios. No hay límites de clase relativos al carácter. Por eso los términos económicos de «burguesía» y «proletariado» se sustituyeron por los conceptos relativos al carácter, como «reaccionario» y «revolucionario» o «liberal». Esta modificación fue impuesta por la peste fascista.

El materialismo dialéctico, cuyos rasgos fundamentales había desarrollado Engels en su Anti-Dühring, progresó para convertirse en el funcionalismo energético. Este desarrollo hacia delante fue posible gracias al descubrimiento de la energía biológica, el orgón (1936-38). La sociología y la psicología adquirieron un fundamento biológico sólido. Un desarrollo semejante no podía dejar de ejercer su influencia sobre el pensamiento. Con el desarrollo del pensamiento se modificaron conceptos antiguos, y en lugar de los que se habían vuelto inservibles aparecieron otros nuevos. La palabra de Marx «conciencia» fue sustituida por «estructura dinámica», las «necesidades» por «procesos orgonómicos del instinto», la «tradición» por «rigidez biológica y caracterológica». etc., etc.

El concepto marxista vulgar de la «empresa privada» había sido tan mal interpretado por la irracionalidad de los hombres, que se entendía que el desarrollo social en libertad implicaba la supresión de toda propiedad privada. Naturalmente, esto fue extensamente aprovechado por la reacción política. Desde luego, el desarrollo de la libertad social e individual nada tiene que ver con la llamada «abolición de la propiedad privada». El concepto de Marx de la propiedad privada no se refería a camisas, pantalones, máquinas de escribir, papel higiénico, libros, camas, ahorros, viviendas, terrenos, etc., de las personas, sino que atañía exclusivamente a la propiedad privada de los medios de producción sociales, que determinan el curso general de la sociedad; es decir: ferrocarriles, sociedades de aguas, centrales eléctricas, minas, etc. La «socialización de los medios de producción» se convirtió en un revulsivo precisamente por confundírsela con la «expropiación privada» de los pollos, camisas, libros, viviendas, etc., conforme a la ideología de los desposeídos. La estabilización de los medios sociales de producción ha comenzado a descomponer en el último siglo la disponibilidad privada de éstos en todos los países capitalistas, en algunos más, en otros menos.

Dado que los trabajadores no se adaptaron en su estructura y capacidad de libertad al gigantesco desarrollo de las organizaciones sociales, fue el Estado el que realizó los actos en realidad reservados a la «comunidad» de los trabajadores. En la Rusia soviética, la pretendida ciudadela del marxismo, no puede hablarse de una «socialización de los medios de producción». Los partidos marxistas simplemente habían confundido «socialización» con «estatalización». En esta última guerra se ha demostrado que el gobierno norteamericano tiene el mismo derecho y la misma posibilidad de estatalizar empresas que funcionen mal. Una socialización de los medios sociales de producción, su transferencia de la propiedad privada de algunos individuos a la propiedad social, suena mucho menos horrenda si se tiene presente que hoy día, como consecuencia de la guerra, no quedan más que unos pocos propietarios individuales y en cambio muchos propietarios colectivos con responsabilidad estatal; y que, además, en la Rusia Soviética las empresas sociales no están de ningún modo a disposición de los obreros que trabajan en ellas, sino que son manejadas por grupos de funcionarios estatales. La socialización de los medios sociales de producción estará madura y será posible tan sólo cuando las masas de trabajadores estén maduros, es decir, sean conscientes de su responsabilidad para administrarlos. La inmensa mayoría de ellos no está hoy día madura ni dispuesta a hacerlo. Es más: una socialización de grandes empresas en el sentido de que las administren sólo los trabajadores manuales, sin tener en cuenta a los técnicos, ingenieros, directores, administradores, distribuidores, etc., es algo sociológica y económicamente carente de sentido. Hasta los propios obreros manuales rechazan hoy día una idea tal. Si no fuera así, los partidos marxistas habrían tomado el poder en todas partes hace tiempo.

Éste es el motivo ideológico esencial por el que la economía privada del siglo XIX se está convirtiendo cada vez más en todas partes en una economía planificada de capitalismo de Estado. Hay que decir claramente que tampoco hay un socialismo de Estado en la Rusia soviética, sino un estricto capitalismo de Estado; esto en el estricto sentido marxista del término. La condición social de «capitalismo» no está dada, como creen los marxistas vulgares, por la existencia de capitalistas individuales, sino por la del específico «modo de producción capitalista». Es decir, por la economía de mercancías en vez de la economía de uso, por el trabajo asalariado de las masas y por la producción de plusvalía, independientemente de que esta plusvalía beneficie al Estado a través de la sociedad o a capitalistas individuales a través de la apropiación privada de la producción social. En este sentido estrictamente marxista, pues, en Rusia persiste el sistema capitalista. Y persistirá mientras las masas sigan irracionalmente infectadas y ávidas de autoridad como hasta ahora.

La psicología sexo-económica de la estructura agrega a la descripción económica de la sociedad la descripción del carácter y la biológica. Con la eliminación de los capitalistas individuales y la construcción del capitalismo de Estado en vez del capitalismo privado, en Rusia la estructura del carácter típicamente indefensa y autoritaria de las masas no se ha modificado en lo más mínimo.

Además, la ideología política de los partidos marxistas de Europa operaba con condiciones puramente económicas, que correspondían a un período de unos doscientos años, aproximadamente de los siglos XVII-XIX, en los que se desarrollaron las máquinas. En cambio, el fascismo del siglo XX planteó la cuestión básica de la conformación del carácter humano, de la mística humana y de las ansias de autoridad, que corresponden a un período de unos cuatro a seis mil años. También aquí el marxismo vulgar intentó meter a un elefante en una cueva de zorro. La sexo-economía social no se ocupa de una estructura humana que surgió en los últimos doscientos años, sino de una que refleja una civilización autoritaria y patriarcal de muchos milenios. Es más, incluso afirma que los oprobiosos excesos de la era capitalista de los últimos trescientos años (imperialismo depredador, privación de derechos de los trabajadores, opresión racial, etcétera) no habrían sido posibles sin la estructura ávida de autoridad, incapaz de asumir la libertad y mística de las ingentes masas que soportaron todo eso. Que esta estructura no sea innata, sino que haya sido engendrada social y educativamente no modifica sus efectos, pero permite la salida de la reestructuración hacia la libertad. En el estricto y buen sentido, el punto de vista de la biofísica sexo-económica es, por tanto, infinitamente más radical que el de los marxistas vulgares, si por radical se entiende el «ir a la raíz de las cosas».

De todo ello surge la conclusión de que no puede superarse la peste de masas fascistas con medidas propias del marco de los últimos trescientos años, al igual que no puede introducirse por la fuerza a un elefante (seis mil años) en una cueva de zorro (trescientos años).

Hay que considerar el descubrimiento de la democracia laboral biológica natural en las relaciones humanas internacionales como la respuesta al fascismo. Esto a pesar de que ningún economista sexual, biofísico orgónico o demócrata laboral contemporáneo pudiera llegar a ver su realización completa y su victoria sobre la irracionalidad en la vida social. 
Maine, agosto de 1942
WILHELM REICH


NOTA:
1 (↑). Deutsches Reichsgesetzblatt (hoja del Reich con nuevas leyes):

Nº 213. 13 de abril de 1935.
A causa del decreto del 4-2-33, los impresos Qué es conciencia de clase de Ernst Parell (seudónimo de Wilhelm Reich), Materialismo dialéctico y psicoanálisis de Wilhelm Reich, los números 1 y 2 de la serie de escritos político-psicológicos de la Editorial para Política Sexual de Copenhague-Praga-Zurich, así como todos los impresos que aún han de aparecer en la misma serie de escritos, se incautan y requisan policialmente para Prusia, puesto que atentan contra la seguridad y el orden público.
41230/35 II 2 B 1
Berlín, 9-4-35
GESTAPO

Nº 2146, 7 de mayo de 1935
Por decreto del presidente del Reich, del 28-2-33 se ha prohibido en lo sucesivo la distribución de todos los impresos extranjeros de la serie de escritos político-psicológicos de la Sex Pol. (Edito­rial para Política Sexual, Copenhague, Dinamarca, y también Praga, Checoslovaquia, y Zurich, Suiza) en el interior de la nación.
III P 3952 53
Berlín, 6-5-35
R.M.d.I. (Ministerio del Interior del Reich)

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1 comentarios:

erickk monroyy dijo...

http://condor.zaragoza.unam.mx/fesz_website_2011/wp-content/publicaciones/libros/FundamentosPsicologiaPolitica.pdf