Psicología de masas del fascismo: El hombre apolítico

Psicología de masas del fascismo, Wilhelm Reich


Capítulo VIII. Algunas cuestiones de la práctica sexo-politica
  • 1. Teoría y práctica
  • 2. El combate contra la mística librado hasta ahora
  • 3. La felicidad sexual contra la mística
  • 4. La erradicación individual del sentimiento religioso
  • 5. La práctica de la economla sexual y las objeciones contra ella
  • 6. El hombre apolítico

6. El hombre apolítico


Arribamos por fin a la cuestión del llamado hombre apolítico. Hitler no sólo había establecido su poder desde un principio sirviéndose de masas que hasta entonces habían sido esencialmente apolíticas, sino que también dio su último paso hacia la victoria de marzo de 1933 con la movilización de no menos de cinco millones de personas que hasta ese momento no votaban, que eran por tanto apolíticas, con lo cual pudo acceder al poder de modo legal. Las izquierdas habían hecho todos los esfuerzos posibles por ganarse a las masas indiferentes, sin plantearse la pregunta de qué es lo que significa ser «indiferente» o «apolítico».

Si el propietario de una fábrica o el latifundista son claramente derechistas, ello puede comprenderse fácilmente a partir de sus intereses económicos inmediatos. Una orientación política de izquierdas sería contradictoria con su situación social y debería ser atribuida a meros motivos irracionales. Si el obrero industrial es izquierdista, también esto es perfectamente racional: es una consecuencia de su posición económica y social en la producción. Pero si el obrero o el empleado tienen una orientación política de derechas, ello se debe a una falta de claridad política, es decir a un desconocimiento de su posición social. Cuanto menos politizado esté un hombre que pertenece a la gran masa de los trabajadores, tanto más accesible será a la ideología de la reacción política. Esta apoliticidad no es, como se podría creer, un estado psíquico pasivo, sino una conducta sumamente activa, un rechazo del sentido de la responsabilidad social. El análisis de este rechazo del pensamiento consciente de la responsabilidad social brinda resultados evidentes que responden varios oscuros interrogantes sobre la conducta de las amplias capas apolíticas. Puede comprobarse fácilmente que en el caso del intelectual medio que «no quiere tener nada que ver con la política» subyacen intereses económicos inmediatos y temores respecto de su posición social, que depende de la opinión pública. Estos temores le obligan a realizar los más grotescos sacrificios en relación con sus conocimientos y convicciones. Las personas situadas en algún escalón del proceso de producción y que no obstante carecen de responsabilidad social pueden dividirse en dos grandes grupos. En el caso de uno de los grupos, el concepto de política se asocia inconscientemente con la violencia y el peligro físico, es decir con un miedo intenso que impide a sus integrantes una orientación realista. En el otro grupo, que debe ser el mayoritario, la falta de responsabilidad social se debe a conflictos y preocupaciones personales, entre las que predominan las preocupaciones sexuales. Si una empleada joven, que tendría sobrados motivos económicos para ser consciente de su responsabilidad social, es esencialmente irresponsable, en noventa y nueve de cien casos ello se debe a las llamadas «historias de amor» o, para emplear términos más apropiados, a sus conflictos sexuales. Esto vale exactamente del mismo modo para la mujer pequeño-burguesa que debe emplear todas sus fuerzas psíquicas para dominar su situación sexual y quedar hecha pedazos. Hasta ahora, el movimiento revolucionario no ha comprendido esta situación y ha intentado politizar al hombre «apolítico» tratando de concienciarle respecto de sus intereses económicos no satisfechos. La práctica nos enseña que la masa de estos individuos «apolíticos» apenas atiende cuando se le habla de sus problemas económicos, pero que se deja arrastrar fácilmente por la fraseología mística de un nacionalsocialista, sin que éste mencione sus intereses económicos más que al pasar. ¿Cómo se explica esto? Los graves conflictos sexuales (en el sentido más amplio del término), sean conscientes o inconscientes, inhiben el pensamiento racional y el desarrollo de la responsabilidad social, amedrentan al individuo y lo encierran en sí mismo. Ahora bien: si este individuo se encuentra con un fascista que trabaja con los medios de la fe y de la mística, es decir con medios sexuales y libidinosos, le brindará toda su atención. Y no lo hace porque el programa fascista le impresione más que el liberal, sino porque en la devoción al Führer y a la ideología del Führer experimenta un alivio momentáneo de su constante tensión interna; inconscientemente puede dar una forma distinta a su conflicto, con lo cual cree resolverlo; es más, esto le permite considerar a veces que los fascistas son revolucionarios y que Hitler es el Lenin alemán. No hace falta ser un psicólogo para comprender por qué la forma erótico-provocativa del fascismo ofrece una especie de gratificación si bien distorsionada, a una mujer pequeño-burguesa sexualmente frustrada y que jamás ha pensado en su responsabilidad social, o a una pequeña vendedora que no ha podido encontrar el camino hacia la conciencia social a causa de su insuficiencia intelectual determinada por sus conflictos sexuales. Hay que conocer la vida de esos cinco millones de hombres socialmente oprimidos, «apolíticos», que sin embargo deciden la política, hay que saber cómo se desarrolla su existencia entre bastidores para comprender el papel subterráneo que tiene la vida privada —es decir, esencialmente la vida sexual— en la vida social en general. Esto no lo muestran las estadísticas; además, no veneramos la aparente exactitud de la estadística que pasa por alto la vida real, mientras Hitler, con su negación de la estadística, toma el poder aprovechándose de las escorias de la miseria sexual.

El hombre socialmente irresponsable es el hombre absorbido por conflictos sexuales. Querer concienciarle de su responsabilidad social excluyendo la sexualidad, como se ha hecho hasta ahora, no sólo carece de sentido, sino que es además el método más seguro para entregárselo a la reacción política, que se aprovecha brillantemente de las consecuencias de su miseria sexual. Un simple cálculo nos muestra que queda un solo camino: el de comprender su vida sexual desde un punto de vista social. Yo mismo habría rechazado en otra época semejante conclusión, por trivial que parezca. Puedo comprender, por tanto, que los políticos y economistas de pro la consideren el engendro de un cerebro seco y sin experiencia política, propio de un sabio de escritorio. Pero quien ha asistido a reuniones sexo-económicas sabe que la mayoría de los asistentes eran personas que jamás habían estado en una asamblea política. Las organizaciones sexo-económicas del oeste de Alemania estaban formadas mayoritariamente por hombres y mujeres no organizados apolíticos. Cuán presuntuosos son los juicios formulados por los políticos es una cuestión fácilmente demostrable por el hecho de que la organización internacional del misticismo ha realizado una asamblea sexo-política espectacular, en su sentido del término cada pequeño pueblo del mundo, de por lo menos una semana por los miles de años transcurridos. Las reuniones dominicales y las ceremonias religiosas de los mahometanos, judíos, etc., no son sino reuniones sexo-políticas. En vista de la experiencia del trabajo sexo-económico y de los conocimientos sobre la relación entre la mística y la represión sexual, una omisión o un rechazo de estos hechos constituye un inexcusable apoyo —reaccionario, desde el punto de vista del movimiento de liberación— a la dominación del medioevo espiritual y de la esclavitud económica.

Finalmente, quiero tratar un hecho que excede en mucho la labor cotidiana: el entumecimiento biológico del organismo humano y su relación con la lucha por la libertad social e individual.
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