Marqués de Sade: el robo



Fragmento de Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos (incluido en La filosofía en el tocador, del Marqués de Sade)



(El robo)

El robo es el segundo de los delitos morales cuyo examen nos hemos propuesto.

Si recorremos la antigüedad, veremos el robo permitido y recompensado en todas las repúblicas de Grecia; Esparta o Lacedemonia lo favorecían abiertamente; algunos otros pueblos lo consideraron una virtud guerrera; es un hecho que mantiene el coraje, la fuerza, la destreza, todas las virtudes, en pocas palabras, que son útiles para un gobierno republicano y por lo tanto para el nuestro. Me atreveré a preguntar, sin parcialidad ahora, si el robo, cuyo efecto es igualar las riquezas, constituye un gran mal en un gobierno cuya meta es la igualdad. No, sin duda; pues, si por una parte mantiene la igualdad, por la otra hace al hombre más esmerado en la conservación de su bien. Hubo un pueblo que castigaba no al ladrón sino a quien se había dejado robar, a fin de enseñarle a cuidar sus bienes. Esto nos lleva a reflexiones más vastas.



Dios no permita que se entienda que quiero atacar o destruir aquí el juramento de respeto a la propiedad, que acaba de pronunciar la nación; pero, ¿se me permitirán algunas ideas sobre la injusticia de este juramento? ¿Cuál es el espíritu de un juramento pronunciado por todos los individuos de una nación? ¿Acaso no es mantener una perfecta igualdad entre los ciudadanos, someterlos a todos por igual a la ley protectora de las propiedades de todos? Ahora bien, os pregunto si es muy justa la ley que ordena a quien nada tiene respetar a quien todo lo tiene. ¿Cuáles son los elementos del pacto social? ¿No consiste en ceder un poco de su libertad y de sus propiedades para asegurar y mantener lo que se conserva de uno y de otro?

Todas las leyes están apoyadas en estas bases, que son los motivos de los castigos infligidos a quien abusa de su libertad; que autorizan también los impuestos; lo que hace que un ciudadano no proteste cuando se los reclaman es que sabe que por medio de lo que da, se le conserva lo que le queda; pero, una vez más, ¿en virtud de qué derecho quien nada tiene se encadenaría conforme a un pacto que sólo protege a quien todo lo tiene? ¿Si lleváis a cabo un acto de equidad al conservar, mediante vuestro juramento, las propiedades del rico, no cometéis una injusticia al exigir ese juramento del "conservador" que nada tiene? ¿Qué interés puede tener éste en vuestro juramento? ¿Y por qué queréis que prometa una cosa que favorece únicamente a quien difiere tanto de él por sus riquezas? Nada hay más injusto, ciertamente: un juramento debe tener un efecto igual sobre todos los individuos que lo pronuncian: es imposible que pueda llegar a quien no tiene interés alguno en su mantenimiento porque en caso contrario ya no sería el pacto de un pueblo libre: sería el arma del fuerte contra el débil, contra el cual éste debería rebelarse sin cesar; ahora bien, esto es lo que ocurre con el juramento de respeto a los bienes que acaba de exigir la nación; sólo el rico compromete al pobre, sólo el rico tiene un interés en el juramento que pronuncia el pobre, con tanta irreflexión que no ve que por medio de este juramento, arrancado de su buena fe, se compromete a no hacer una cosa que no puede hacérsele a él mismo.

Convencidos, como debéis estarlo, de esa bárbara injusticia, no agravéis entonces a quien todo lo tiene: vuestro desigual juramento le da a ello más derecho que nunca. Obligándolo al perjurio mediante este juramento absurdo para él, legitimáis todos los crímenes a que le lleve ese perjurio; ya no os corresponde castigar, por lo tanto, eso de que habéis sido la causa. Al respecto no añadiré nada más para hacer sentir la horrible crueldad que implica castigar a los ladrones. Imitad la sabia ley del pueblo a que me acabo de referir: castigad al hombre bastante descuidado para dejarse robar pero no pronunciéis pena alguna contra quien roba; pensad que vuestro juramento lo autoriza a esa acción y que, llevándola a cabo, se ha limitado a seguir el primero y el más sabio de los impulsos de la naturaleza: el de conservar la propia existencia, a expensas de quien sea.

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