Apuntes sobre la "Spanish revolution".

Plaça Catalunya, Barcelona. Tarde del 19-mayo-2011
(click para ampliar)

El pasado otoño, en una tertulia filosófica organizada en un bar de Barcelona, alguien decía que las revoluciones populares de algunos países árabes no tardarían en llegar a Europa, empezando por España. Fui escéptico a aceptar este juicio, no porque no hubiera motivos para rebelarse en Europa, o al menos en particular en España, sino porque no veía a cambio de qué se rebelaba uno. En los países árabes se trataba de derrocar una dictadura para pasar a un gobierno parlamentario, pero ¿en Europa? ¿Derrocar al gobierno para poner qué?


Sigo sin saber el “para poner qué”, pero me equivocaba al pensar que estas revueltas no llegarían. En cualquier caso, el éxito de los que estos días estamos llenando las plazas de las ciudades españolas depende de que mantengamos los actos reivindicativos, y de que vayamos generando ideas —que lo vamos haciendo— sobre qué queremos proponer, y encontrar medios para llegar a la acción.

En Plaça Catalunya de Barcelona, anoche (viernes) se proponían propuestas tales como eliminar las pensiones vitalicias de los parlamentarios, elevar el salario mínimo y limitar los salarios máximos, eliminar los desahucios saldando la hipoteca con la entrega del piso, modificar la ley electoral —que quita voz a los partidos minoritarios, que suelen ser los más reivindicativos, y que no contabiliza ni el voto el blanco ni la abstención—. Se pedía también la unión de todos los gremios, que se ven mal representados por los sindicatos, incluyendo los Mossos d’esquadra, candidatos a desalojar a aquellos que estamos manifestándonos por los derechos de todos, incluidos los de la policía.

Ahora bien, ¿todo esto a dónde llegará? Podemos mantener las reivindicaciones ad eternum, podemos ser un millón de ciudadanos en lugar de 10.000, pero si la clase política no inicia alguna reforma legislativa que tenga en cuenta la voz de los que hemos sido llamados “indignados”, esto no irá a ningún lugar, o bien aparecerá la fuerza como único modo de realizar las reformas. A estas horas, lo único que se ha logrado es que el Ministerio y las Consejerías de Interior no desalojen a casi nadie.

En las tertulias políticas de radio y televisión, así como en diversos artículos de opinión de prensa, estamos oyendo, desde sectores de izquierda, algunas voces críticas con este movimiento. A algunos les molesta que se compare la acampada de Puerta del Sol con la Plaza Tahryr porque, como indicaba antes, aquí no tenemos una dictadura. Es cierto, en España hay libertad política y de expresión, muy a pesar de la declaración de ilegalidad de las acampadas durante la jornada de reflexión (hoy) y durante el día de las elecciones (mañana). Sin embargo, ¿de qué sirve disponer de libertad de expresión y de voto si los políticos, sean del color que sean, a los que hemos elegido para tirar adelante el país son ineficaces? Esto es, pues, otro modo de dictadura, si bien no en el sentido habitual del término.

No obstante, durante los primeros días, el movimiento de acampadas me ha recordado más al Mayo del 68 parisino que no a las recientes revueltas árabes. Espero que no sea así. Una de las pintadas espontáneas que estos días podemos leer en Barcelona reza: «Esto puede ser el nuevo “Mayo del 68”. Ojalá esta vez no acabe “integrado” como aquél». Gran reflexión. En consonancia con esto, en el turno abierto de palabra en la asamblea del jueves noche, un hombre que, tanto por su aspecto y voz como por sus palabras, aparentaba haber sido joven durante los últimos años del franquismo y la transición, declaraba que ellos habían luchado en su día por una sociedad mejor, que hicieron lo que pudieron pero que, entonando un mea culpa, son ellos quienes nos han dejado el estado de cosas actual que nosotros denunciamos, y que esperaba que nosotros corrigiéramos ese error.

Tanto por esta intervención como por la pintada sobre el Mayo del 68, tuve una triste fantasía. Me imaginé que lográbamos algo y que algunos de los que estábamos allí, en especial los más activos de las comisiones, llegában a ser los líderes de una nueva política y que de aquí a 30 ó 50 años también nosotros pasábamos a “integrarnos” y que nuestros hijos o nietos volverían a salir a las calles para denunciar la nueva mierda que les podemos llegar a dejar. Es fácil indicar que evitar este futurible depende de nosotros; pero no es tan fácil satisfacerlo.

Sea como fuere, el movimiento es todavía muy joven y todas las impresiones volcadas en este texto pueden perder pleno sentido en pocos días o incluso en horas.

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About Sergi Ruiz

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1 comentarios:

Natalia dijo...

Algo así como lo que muestra Orwell en "Rebelión en la granja". Ens agradi o no.