Entrevista a Déborah Puig-Pey Stiefel



Entrevista a Déborah Puig-Pey Stiefel, realizada el 20 de marzo de 2011 por Sergi Ruiz, administrador de «Dos-Teorías.net».



Donde hay nilad es tu primera novela. Háblame un poco de tu trayectoria como escritora.


Yo escribo desde que era una niña pequeña, creo que desde que aprendí a escribir y a leer, ya empecé a escribir pequeñas rimas sencillas. Mi trayectoria como escritora es mi vida, otra cosa es la escritura con conciencia de que va a ser leída y comprendida, y supongo que hacia los 18, más o menos, ya empiezo a escribir cuentos más largos. En la pubertad ya escribía cuentos, lo que pasa es que nunca llegué a creerme escritora profesional, vocacional sí, pero la cosa de publicar y explicar, como estoy haciendo ahora, ha llegado muy, muy tarde, seguramente como parte de mi propia personalidad, que es lenta. 

¿Tu primer  texto publicado de hace cuánto es?

Si no estoy equivocada, lo primero que se publica en papel es el cuento que quedó finalista en el premio internacional Max Aub de narrativa breve, en el 2005; es un cuento independiente de una colección muy bonita de cuentos y publican los primeros y los finalistas; pero luego también he publicado en revistas, mucho en digital, algún ensayo también. Luego, tengo mucho escrito, aunque no publicado: un libro de cuentos completo, otra novela. Si sigo animada con esto de dar a conocer lo que escribo, ahora es cuando debería ser público lo que he venido haciendo hasta ahora, una trayectoria un poco “clandestina”, pero que espero que deje de serlo; ya me he cansado de escribir así, en soledad, aunque dicen que siempre se escribe en soledad, pero eso ya es otro tema.

Hablemos de esta novela,«Dónde hay nilad». ¿Cuánto tiempo has estado trabajando en ella?

Esta novela estaba pensada para tardar un año, pero tuve que interrumpirla y ha tardado tres, y durante estos tres años ha tenido tres interrupciones largas. Es ese año que yo pensé pero multiplicado por tres. Escribí seis meses, paré seis meses, hasta un total de tres años. Supongo que eso es normal, las novelas no se escriben de una tirada.

Me ha parecido que el tema principal de la novela era la memoria, en el sentido de que no se trata tanto, a mi parecer, de un relato de unos hechos en diversas generaciones y cómo enlazan unos con otros, sino que parecen hechos recordados. Pero en una segunda lectura me parecía que además de hablar de la memoria, que se puede pensar como una construcción subjetiva, también hablaba de la herencia, es decir de cómo el personaje de Judith tiene que hablar de la familia que le precede, quizás para comprenderse a sí misma, y eso es más una herencia.

En esta historia memoria y herencia tienen una especie de sinonimia. La memoria se hereda; es la memoria el tema, pero es la memoria que heredamos de otros y que se hace nuestra. Es un poco la parte invisible de nosotros mismos, lo que han vivido otros, que hemos captado de una forma consciente o no, que nos han contado, que hemos vislumbrado, que no lo hemos vivido directamente, pero que forma parte de nosotros y es infinitamente más rico que lo que le  hemos vivido directamente. Lo que pasa es que también es más difícil de clasificar, de medir, y las operaciones de subjetividad, como tú has dicho, se multiplican. La memoria va pasando de unos a otros, y la memoria ya tiene esa índole. Como si lo que estuviera diciendo «Donde hay nilad» es que hay una parte de nuestra vida importantísima que ya no se trata de que sea consciente o inconsciente sino que es heredada, que es recuerdo, que es móvil y que es invisible, y cómo rendir cuentas de esta parte. Yo creo que la historia ayuda mucho. Por ejemplo, en la novela hay un montón de episodios en que un hecho histórico cambia la vida de los individuos. En mi vida lo hay, en la vida de todos. Si el nazismo no hubiera existido en Alemania, mi abuelo no hubiera venido a España, no hubiera conocido a mi abuela y, por lo tanto, yo no sería quien soy o no sería. En una medida que en la realidad no se puede calibrar, "el nazismo me ha hecho". Todo ese conjunto forma parte de mí, de mi invisibilidad. Por eso digo que herencia y memoria son aquí casi las dos caras de la misma cosa.

Una cosa que me llamaba la atención de la novela es, más que la estructura, el orden en que pones las piezas. Al menos yo no acabé de adivinar si había alguna precisión meditada en ese orden o no. La novela contada cronológicamente seguramente perdería toda la gracia. ¿Cómo lo estuviste pensado?

Como si fuera la memoria la que narrara. Que no es exactamente ni el narrador omnisciente que habla en tercera persona ni el que habla en primera. El tiempo en la memoria no es igual que en la vida, porque enlaza las cosas por conexiones diferentes, no hay una linealidad. Pensé: tengo que hacerlo así, dando saltos, efectivamente como funciona la memoria, por asociaciones. Me puse en el pellejo de ese ente y de una forma imaginaria iba enlazando las cosas por la música que te recuerda tal cosa y a tal persona. Iba actuando como si fuera una memoria. Y también está el apoyo del lenguaje cinematográfico, los flashbacks. En muchos momentos improvisé y fue una decisión estética o intuitiva la que me hizo saltar de un lado a otro. Pero la mayor parte de las veces son conexiones parecidas a las que establecería mnemotécnicamente ese ente. Además, los ambientes y los personajes no serían nada sin el apoyo de las canciones y las películas que se ponen de moda en cada momento, todo ese subtexto, bagaje, que tiene que haber para que una vida sea vivida. Y esas son las cosas que yo creo que la memoria utiliza para hacer, esos detalles, esquinas, retales de las situaciones. Si esto funciona así, ¿por qué no escribirlo así también?

Me recuerda a «Retahílas», de Carmen Martín Gaite, en la que hay dos narradores, Germán y Eulalia (justo como uno de los personajes secundarios de Donde hay nilad), que se van explicando la vida el uno al otro, y sin ningún orden preestablecido; se ponen a conversar, y se van narrando fragmentos de sus vidas conforme los van recordando.

Es que parece que la vida vaya por un lado y pensarla vaya por otro. A veces no sabríamos cómo encontrar el pensamiento más acorde a cómo hemos vivido las cosas, que ha sido de una manera desordenada, directa. Y esto da un juego creativo fabuloso, este equívoco entre ambas cosas, que seguramente no existe en la realidad. El pensamiento es parte de la vida; pero cuando el pensamiento se independiza pasa esto: sabe cómo clasificar, pero tiene que escoger una solución habiendo muchas. Se tiene que quedar con una y descartar otras. El juego de la ficción tiene un enriquecimiento si el escritor o pintor, o cineasta, piensa en estos términos, de diálogo entre pensar la vida o vivirla.

La novela me hacía pensar en una frase de Otra mujer, de Woody Allen, en la que la protagonista, al final de la película, tras hacer rememoración de momentos de su vida que jamás se había detenido a pensar y se dice: uno no sabe si un recuerdo es algo que uno tiene o algo que uno ha perdido. Me lo hacía pensar en especial el personaje de Judith en el momento en el que va a buscar unos recuerdos de una persona a la que ni siquiera conoce.

Yo creo que son las dos cosas, algo que se tiene y algo que se ha perdido, es como el nombre de Manila. ¿Qué es lo ha quedado de nilad en Manila? El nombre. Es algo que se ha perdido, pero como recuerdo -el nombre- perdura. Por eso le puse ese título. Es las dos cosas; es el rastro de todo lo que ya no está pero que ha dejado su huella, y que, por lo tanto, también se ha perdido. Tengo muy buen recuerdo de esa película, por cierto; me pareció exquisita. La comprensión de uno mismo pasa por comprender lo otro. En nuestra cultura ya se habla de ello incluso desde los griegos, de conocer la alteridad para conocerse en espejo, pero no sólo en el espejo, no sólo como contraste con una pantalla, sino también lo que hay en nosotros y que no podemos ver porque es demasiado complejo para nuestra perspectiva. Es lo que le pasa a Judith, que de alguna manera se da cuenta de que una familia, un país, unas vivencias que no ha tenido la han creado a ella en buena medida y que algo que no es el egotismo tradicional la impulsa a recrear esa historia, como un asesino que tuviera que recrear la escena para "saber" qué hizo.

¿Habíamos tenido en mente algún otro título para «Donde hay nilad»?

No, ese es el título, hasta que no hubo este no había título. A veces las cosas vienen a sí. Sí que pensé que no es comercial, pero me vino así. Era como si la ciudad, Manila, reclamara sus derechos a través de ese nombre. A veces cuando escribo funciono así, hay cosas que me las dicta la misma creación, como a muchos escritores, y he aprendido a respetarlo.

¿Tienes ascendencia en Manila?

No, en la infancia viví con una persona que sí tiene ascendencia allí, pero yo no, soy como Judith.

Hablando del papel de la memoria y la herencia, y de la necesidad de comprenderse a uno, ¿qué hay de autobiográfico en esta novela?

Escribir ya tiene mucho de escribirse. Irá de una manera más o menos evidente, pero para escribir Donde hay nilad necesité una gran parte de proyección. Lo cual no quiere decir que no haya ficción, pero eso es lo interesante de la literatura: le da a la vida una nueva vida, con una dimensión que trasciende a la propia y que te libera de ella. Desde un punto de vista humano, la haces inmortal. Y desde el punto de vista de la palabra, le das dignidad, o lo intentas, que no está esclavizada por una realidad inmediata, que a menudo tampoco sabemos lo que es.

Uno puede inspirarse en hechos autobiográficos al escribir, pero en algún momento debe de dar un formato literario a eso y ahí uno puede distanciarse de los hechos originales. Juan José Millás contaba que le encargaron que escribiera su autobiografía y le acabó saliendo una novela,  «El Mundo», con muchos elementos exagerados, surreales, hiperbólicos, y cuando le preguntaban qué partes de la historia eran reales y cuáles no, no sabía decir cuáles lo eran y cuáles no.

Esa es una forma de lo que he dicho antes porque cada caso tendrá su manera de concluir la cuestión. Un día, hablando con Isabel Núñez, la escritora que presentó Donde hay Nilad, en la Central de Barcelona, hablábamos de que necesitamos escribir porque es una forma de transformar la realidad. Ahora bien, si un lector me pregunta ¿cómo has transformado la realidad? Yo ni querría ni podría darle una respuesta clara, es algo que sucede, pero como ya está del terreno de la realidad, para explicarlo tendría que escribir otra novela. Pero sí hay una transformación, un movimiento, una creación. La palabra creación es muy polisémica.

Me habías dicho que tienes ya escritos un libro de cuentos y una novela. ¿Hay intención de publicarlo?

Sí, aunque me muevo poco. Además corren tiempos malos. La cultura no tiene el protagonismo que tuvo. Yo me eduqué en un mundo en el que la cultura era muy importante, y no me estoy ajustando bien a uno en el la cultura es una cosa más. Tengo muchas contradicciones sobre el valor que le puedo dar a lo que tengo, a lo que puedo dar, si verdaderamente vale la pena otro texto en medio de tanto texto.

¿Donde hay Nilad te costó mucho publicar?

Tuve la inspiración de enviarle el manuscrito a Agustín Cerezales, presidente del jurado del Max Aub el año en que quedé finalista. Es hijo de Carmen Laforet, el primogénito, es un escritor excelente y una persona extraordinaria; le gustó mucho y enseguida se puso manos a la obra, contactó con editorial menoscuarto, que ha publicado cosas de su madre. José Ángel Zapatero, el editor, después de las lecturas correspondientes, aceptó publicar el texto y un año después el libro era una realidad. A esta editorial y a Agustín les estoy verdaderamente agradecida. Soy poco ducha en esto de venderme y esto de que aparezca el espíritu santo y te diga "mándaselo a Cerezales" me va muy bien.

¿Qué escritores te interesan?

Muchos. Soy politeísta. Yo he tenido mucha relación con Borges durante mucho tiempo, que es como una especie de modelo de ese tipo de escritura casi mitológica, casi es un mitógrafo, donde las cosas son breves, complejas y claras, y bellas porque Borges es muy poético en su prosa, casi más que en su poesía. Y hablan de un mundo superior al humano. El ser humano está allí como testigo ejemplar o a veces trágico de una estructura divina, lingüística, ignota, pero en cualquier caso superior a lo humano. Hay otros escritores que me interesan mucho, como Pere Calders. O escritores americanos como Monterrosso. Y de la literatura romántica, sobre todo las Brontë. 


A través de las críticas que han hecho a Donde hay nilad, algunos lectores me han comentado que la novela les ha recordado a Jean Rhys. Este tipo de literatura de mujeres un poco "autoextrañas", que tienen una vida con sombras. Otra autora, que es muchísimo más comercial y que no tiene nada que ver, y que me gusta es Daphne Du Maurier, que yo considero muy inteligente. Rebecca todavía se está reeditando en todos los idiomas. Y Hitchcock hizo Rebecca y Los Pájaros, sobre un cuento de Du Maurier, y La taberna de Jamaica. E intervino en muchos guiones. Ella es una aristócrata, hija de un ilustrador, nieta de un escritor, está todavía muy buen "puesta", casada con un militar, no tiene problemas económicos, escribe de una manera tradicional, atractiva, en seguida se dispararon su ventas, pero tiene una parte oscura. Se desató un escándalo cuando se reveló que era amante de una actriz teatral de fama. Y en sus textos tiene muchos registros, está el comercial, capaz de entusiasmar a Hitchock, y una parte oscura que me fascina. Charlotte, Anne y Emily Brontë también tienen los dos registros.

Ahora estoy leyendo un libro de un autor que yo no conocía, Jacques Yonnet. Se llama Calle de los maleficios. Y como subtítulo Crónica secreta de París. Es un libro estupendo. Creo que sólo escribió este libro. Hizo de periodista, de fotógrafo, en la época del Berlín ocupado. Es maravilloso, escribe con el talento de alguien que ha escrito veinte novelas.

Aprovechando que comentabas bastantes autoras femeninas, ¿qué piensas del tema de  que existe una literatura femenina o una sensibilidad particular de la mujer como escritora?

Creo que sí, pero es a posteriori. O sea, la que ha escrito tiene un parte femenina, igual que la puede tener el que ha escrito, y esa parte femenina tendrá que influir de un modo u otro, y se ve en el resultado, pero no ocupa toda la obra, es una parte de esa obra. Luego habrá una literatura que quiere ser femenina, que tiene la voluntad de inscribirse con ese título. Lo que no puede ser es que sea un etiqueta que globalice el contenido. Por ejemplo, a Edith Wharton la podemos reunir con Henry James o la podemos reunir con Carson McCullers. Depende del análisis de la plantilla que tú apliques. Hice un trabajo hace unos años para Sholem Aleijem, un escritor que era de un gueto en Ucrania, judío, que es de los primeros que escribieron en yiddish, y recuerdo que cuando escribía un prólogo, cité su epitafio, que pone: yo he escrito en lengua de los pobres, los humildes y las mujeres. Porque el yiddish, que era una mezcla de ruso, alemán y hebreo, no tenía la categoría del hebreo para los rabinos, para las autoridades de los judíos. Y era un lenguaje considerado doméstico, las mujeres hablan en yiddish: esto es una forma de literatura femenina, muchas mujeres escribieron obras literarias en esta lengua. Si hay una literatura femenina, en correspondencia con el rol histórico, es ésta, la que se manifiesta así, una lengua que no tiene las mismas reglas, que se mueve por los vericuetos de la domesticidad, que no quiere ser el número uno, el padre, el todo.

Te deseo mucha suerte con las ventas del libro.

Muchas gracias.



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