E. Jones - Vida y obra de S. Freud - Prólogo

Prólogo de Vida y obra de Sigmund Freud, de Ernest Jones.


PRÓLOGO

No nos proponemos ofrecer aquí una biografía popular de Freud: varias son las que han visto la luz hasta ahora, y en ellas nos encontramos con serias deformaciones y atentados a la verdad. Nuestra finalidad es, por una parte, determinar y fijar los hechos principales de su vida, mientras está aún a nuestro alcance el establecerlos, y por otra parte —y este propósito es más ambicioso ya—, intentar hallar una correlación entre su personalidad y las experiencias de su vida, por un lado, y por otro, el nacimiento y desarrollo de sus ideas.


Este libro no podría haber contado con la aprobación de Freud. Tenía éste la sensación de haber divulgado, en diferentes pasajes de sus obras, bastantes detalles de su vida privada —cosa que, por cierto, lamentó bastante años después— y que tenía el derecho de no revelar nada más: el mundo debería limitarse a aprovechar sus contribuciones a la ciencia y olvidarse de su personalidad. Pero su arrepentimiento en cuanto a tales confesiones había llegado demasiado tarde. No faltaron las personas malintencionadas empeñadas ya en deformar el sentido de determinados pasajes, con un propósito de difamación, y esto sólo podía ser contrarrestado, restableciendo la verdad, mediante una divulgación más amplia aún de su vida externa e interior.

La familia de Freud, como era fácil de suponer, respetó aquel deseo suyo de no divulgar su vida íntima, y en realidad lo compartió. A menudo le protegieron de la avidez inquisitiva de un público simplemente curioso. Lo que les hizo cambiar de actitud fue la aparición de numerosas y falsas historias, inventadas por gente que nunca lo había conocido, historias que gradualmente iban integrándose en una leyenda mendaz. Fue entonces cuando decidieron proporcionarme el más cordial apoyo en mi empeño de ofrecer un relato de la vida de Freud tan fiel a los hechos como me fuera posible.

Es cosa generalmente admitida que los grandes hombres, por el hecho mismo de la posición eminente que llegan a ocupar, pierden el derecho, acordado a los mortales más modestos, de poseer dos vidas, una pública y otra privada. Sucede a menudo que aquello que ellos se han reservado resulta ser de no menos valor que lo que han expresado. Freud mismo lamentó a menudo la parquedad de los detalles conservados respecto a la vida de los grandes hombres, tan dignos de estudio y emulación. Mucho sería lo que perdería el mundo si no se supiese nada de su vida. Lo que él dio al mundo no es una acabada teoría de la psique, una filosofía que, como tal, podría tal vez ser discutida prescindiendo de su autor, sino una perspectiva, un panorama gradualmente ampliado, oscurecido o confuso en algún momento, y nuevamente aclarado a continuación. La visión que él aportó fue cambiando y desarrollándose de acuerdo no sólo con la ampliación creciente de sus propios conocimientos, sino también con la evolución de su pensamiento y de su concepto de la vida. El psicoanálisis, tal como cualquier otra rama de la ciencia, sólo puede ser estudiado provechosamente si se lo encara en su proceso histórico, nunca como un conjunto acabado de conocimientos, y su evolución estuvo ligada, de una manera muy peculiar e íntima, a la de su creador.

Freud tomó complicadas precauciones, como luego veremos, para resguardar su vida íntima, especialmente en lo que se refiere a sus primeros años. En dos ocasiones destruyó completamente toda su correspondencia, sus notas, diarios y originales. Es verdad que en los dos casos hubo razones objetivas para tal procedimiento: la primera vez fue cuando debía abandonar su residencia en el hospital para iniciar una existencia sin domicilio fijo, y la segunda con motivo de un cambio completo a realizarse en su casa. Por suerte esta segunda vez, que fue en 1907, fue la última: desde entonces conservó cuidadosamente su correspondencia. Sobre la primera vez que procedió a destruir sus papeles hay una interesante descripción contenida en una de sus cartas a su prometida, del 28 de abril de 1885. Estaba por cumplir 29 años.

Dice así: «Acabo de realizar algo que cierto grupo de personas, aún no nacidas y ya condenadas a un destino aciago, van a lamentar vivamente. Puesto que no puedes adivinar de qué se trata, te lo diré: me refiero a mis biógrafos. He destruido todos mis diarios de los últimos catorce años, además de cartas, anotaciones científicas y los originales de mis publicaciones. He conservado solamente las cartas de familia. Las tuyas, querida mía, no han estado nunca en peligro. Todas mis viejas amistades y vinculaciones volvieron a pasar ante mis ojos, y silenciosamente siguieron su triste destino (mis pensamientos están puestos aún en la historia de Rusia). Todas las reflexiones y los sentimientos que me había inspirado el mundo en general, y en particular en cuanto afecta a mi persona, fueron declarados indignos de sobrevivir. Todos estos temas tengo que volverlos a pensar. Y la verdad es que había hecho muchas anotaciones. Pero la masa de papeles ya me estaba envolviendo y cubriendo, como las arenas del desierto cubren a la Esfinge, y pronto ya no se vería más que la punta de mi nariz emergiendo del informe montón. No puedo abandonar este alojamiento ni puedo morir sin antes librarme de la inquietante idea de que mis viejos papeles pueden caer quién sabe en manos de quién. Por otra parte, todo lo acaecido antes del momento más decisivo de mi vida, antes de nuestro encuentro y de mi elección, lo he dejado atrás: todo ello hace mucho que ha muerto, y no se le debe negar un entierro honroso. Que rabien los biógrafos; no vamos a facilitarles la tarea. Que se haga la idea, cada uno de ellos, de que su “idea de la evolución del héroe” es la correcta; desde ahora ya me divierte el pensamiento de cuán lejos van a estar todos ellos de la verdad.»

Aun cuando no dejamos de estimar en lo que vale el categórico tono de regocijo que revela esta interesante fantasía, nos atrevemos a confiar, con todo, en que las últimas palabras han de resultar exageradas.

La tarea que supone hacer una biografía de Freud es aterradoramente inmensa. Los datos disponibles son tantos que sólo resulta posible ofrecer una selección de los mismos; esperamos, eso sí, que la selección sea adecuada. Quedará siempre un amplio margen para investigaciones más intensivas acerca de determinadas fases de su desarrollo. La razón que me llevó a aceptar, con todo, la sugestión de emprender esta labor fueron los siguientes hechos —insistentemente invocados al efecto—: la circunstancia de ser yo el único sobreviviente del reducido círculo de colaboradores (el «Comité») que estuvieron en continuo contacto íntimo con Freud, el haber sido íntimo amigo suyo durante cuarenta años y haber desempeñado, además, durante ese período un papel principal dentro de lo que se ha dado en llamar «movimiento psicoanalítico». El hecho de haber pasado por las mismas disciplinas que Freud, antes de llegar al psicoanálisis —filosofía, neurología, trastornos del lenguaje, psicopatología, en el mismo orden que él—, me hizo más fácil seguir su labor de la época preanalítica, así como la transición al período analítico. El hecho de haber sido el único extranjero —y el único no judío, dicho sea de paso— en ese círculo, me ha ofrecido quizá la oportunidad de ser más objetivo que los demás. Con todo lo inmensurablemente grande de mi respeto y mi admiración tanto por la personalidad como por la obra de Freud, mis propias inclinaciones en el sentido del «culto a los héroes» ya habían pasado por cierto proceso de elaboración antes de producirse nuestro encuentro. Por otra parte, la extraordinaria integridad personal de Freud —uno de los rasgos más destacados de su personalidad— impresionaba de tal manera a quienes le rodeaban que apenas puedo imaginarme una profanación mayor del respeto que le debo que la que hubiera significado el pretender ofrecer de él una imagen idealizada, alejada de lo humano. Sus títulos a la grandeza residen en gran parte, en efecto, en la honestidad y el coraje con que luchó para superar sus dificultades internas y sus conflictos emocionales de una manera tal que resultó ser de inestimable valor para los demás.


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About Sergi Ruiz

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