Biografía de Freud - Los orígenes (1856-1860) [2]

Primer capítulo del Tomo I (de III) de "Vida y Obra de Sigmund Freud" de Ernest Jones en la versión abreviada por Lionel Trilling y Steven Marcus.

Texto ofrecido en dos partes. Parte 2:




LOS ORÍGENES (1856-1860) [parte 2 de 2]

Cuando Freud se puso a la tarea de pasar revista a su infancia, señaló repetidas veces como su ambivalencia frente a Hans condicionó el desarrollo de su carácter. «Hasta que cumplí cuatro años habíamos sido inseparables. Nos habíamos querido y nos habíamos peleado, y esta relación infantil, como ya lo he dado a entender, determinó todos mis sentimientos ulteriores, en la relación con personas de mi misma edad. Mi sobrino Hans volvió a encarnarse repetidas veces, para mí, después de aquellos años, haciendo revivir, un día un aspecto, otro día otro, de un carácter que se halla indeleblemente grabado en mi memoria inconsciente. Debió haberme tratado algunas veces muy mal, y yo debo haber enfrentado a mi tirano en forma valerosa... ». Y más adelante: «Un amigo íntimo y un odiado enemigo fueron siempre indispensables a mi vida emocional. Siempre me he mostrado capaz de crearlos en cada caso, y con no escasa frecuencia mi ideal infantil estuvo tan cerca de realizarse que amigo y enemigo coincidían en una misma persona, aunque no simultáneamente, desde luego, como fue el caso en mi primera infancia».

Pronto se dio cuenta de que este compañero, casi de la misma edad que él, era para él, un sobrino, hijo de su hermano Emmanuel, y que como tal llamaba abuelo a papá Jakob. Habría sido seguramente más natural que el niño mayor y más fuerte fuera el tío y no él. No hay duda de que Freud nació intelectualmente bien dotado, pero la complejidad de las relaciones en la familia debe haber representado un poderoso incentivo para su naciente inteligencia, para su curiosidad y su interés. Desde muy temprano se vio precisado a resolver desconcertantes problemas, y problemas que desde el punto de vista emocional eran de la mayor importancia para él. Vale la pena, por eso, insistir en este aspecto de la complejidad, y tratar de imaginarse lo que ello pudo significar para su mente en desarrollo.

Cuando más adelante (probablemente cuando contaba diecinueve años) su medio hermano Emmanuel le hizo el comentario de que la familia comprendía en realidad tres generaciones —que Jakob, en efecto, debería haber sido abuelo de Sigmund— la observación le pareció iluminadora. Evidentemente ella coincidía con lo que él mismo sintió desde temprano. El problema de las relaciones familiares llegó a un punto decisivo con el nacimiento de su primera hermana, Ana, cuando él tenía exactamente dos años y medio de edad. ¿Cómo y por qué había aparecido esta usurpadora, con la que tendría que compartir nuevamente el cálido amor de su madre, que antes fue para él solo? Los cambios operados en la figura de la madre aclaraban, a los ojos de este niño observador, la procedencia de la criatura, pero no explicaban cómo había ocurrido todo aquello. Y en ese preciso momento, mientras la madre se hallaba en la cama con la recién nacida, desapareció la niñera.

Como lo supo más tarde, se la había sorprendido robando su dinero y sus juguetes, y Philipp [1] había insistido en que se la detuviera. Fue condenada a diez meses de cárcel. Como tenía motivos para sospechar que Philipp tuviera algo que ver con esta desaparición, Freud le preguntó qué se había hecho de la mujer, recibiendo de él esta contestación jocosa y ambigua: Sie ist eingekastelt. Para un adulto esto significaría «ha sido puesta en prisión», pero para su mente infantil aquella expresión tomó un significado más literal: «Ha sido metida en un armario». Esto se relaciona con un fascinante análisis que él mismo hizo cuarenta años más tarde, de un recuerdo aparentemente incomprensible de su infancia. Se veía parado ante un cajón que su medio hermano mantenía abierto, y preguntando a éste, con lágrimas en los ojos. A continuación de esto, y aparentemente proveniente de la calle, entra en la habitación su madre, notablemente delgada (es decir, no embarazada). Al principio creyó que se trataba de alguna mala broma de su hermano, interrumpida por la llegada de su madre. Al ser psicoanalizado el recuerdo, el episodio cobró un aspecto completamente diferente. Freud echaba de menos a su madre, que seguramente habría salido a dar un paseo, y se había dirigido al perverso hermano que había puesto a su niñera en un cajón, suplicándole que no hiciera seguir a la madre igual suerte. El hermano abrió gentilmente el cajón para cerciorarle de que no estaba la madre en el interior del mismo, a continuación de lo cual el pequeño se echó a llorar. El análisis ulterior demostró que el cajón era un símbolo del vientre materno, y que la ansiosa requisitoria al hermano no se refería solamente a la momentánea ausencia de la madre, sino también al problema, más inquietante, de si otro inoportuno hermanito había sido colocado en ese importante lugar. Philipp era el que tenía que ver con eso de colocar gente en «cajones», y el pequeño se había forjado la fantasía de que su medio hermano y su madre, que eran de la misma edad, habían colaborado en hacer aparecer a la usurpadora Ana.

La experiencia a que acabamos de referirnos debe haber tenido un efecto duradero, ya que Freud nunca demostró simpatía a dicha hermana. Pero evidentemente se resignó a los hechos de esta índole, y el episodio siguiente despertó el lado cariñoso de su naturaleza; Rosa, fue, en efecto, su hermana favorita, y en segundo término, con buenos títulos, lo fue Adolfine (Dolfi).

Si contemplamos las cosas a través del lente de la infancia, no parecerá extraño que papá Jakob y la niñera ocuparan el mismo plano, como personas de autoridad y capaces de prohibir. Inmediatamente después venían Emmanuel y su mujer, y luego quedaban Philipp y Amalia, los dos de una misma edad. Todo esto resultaba muy correcto y muy lógico, pero ahí estaba el hecho desazonante de ser Jakob, y no Philipp, quien dormía en la misma cama con Amalia. Todo esto resultaba muy intrigante.

Este orden de colocación de las figuras familiares, por parejas, cosa que de por sí nos pareció natural, tendría como motivación una ventaja psicológica más profunda, por el hecho de que, colocando al padre en una perspectiva más lejana dentro de la constelación familiar, se le podía liberar de la rivalidad con respecto a la madre, por lo que se refiere a traer nuevos niños intrusos. Tenemos todos los motivos para suponer que la actitud consciente de Freud con respectó a su padre, pese a lo que éste representaba como autoridad y frustración, fue invariablemente de cariño, admiración y respeto. Todo componente hostil era íntegramente desplazado a las figuras de Philipp y Hans. Por eso representó para él una verdadera sacudida el descubrir, cuarenta años más tarde, su propio complejo de Edipo y tener que admitir que su inconsciente había adoptado, con respecto a su padre, una actitud muy diferente de la actitud consciente. No fue pura casualidad que llegara a tal convicción cuando apenas había transcurrido un año o dos de la muerte de su padre.

Al tratar de rastrear, de la manera más eficaz posible, los orígenes de los descubrimientos originales de Freud, podemos considerar, por lo tanto, con legítimo fundamento, que el más grande de estos descubrimientos —la universalidad del complejo de Edipo— se vio poderosamente facilitado por su propia desusada constelación familiar, por el espolonazo que ésta significó para su curiosidad y por la oportunidad que representó para su completa represión.

En sus escritos, Freud no hizo nunca alusión a la mujer de Emmanuel. Su sobrina Pauline, en cambio, tuvo para él cierta significación emocional. En el recuerdo encubridor puesto al descubierto por el doctor Bernfeld se pone de manifiesto cierta atracción amorosa hacia ella, y detrás de esto una fantasía de violación perpetrada en su persona entre él y Hans. Freud mismo relató la forma cruel en que solían tratarla él y su sobrino, y se puede suponer que esta conducta incluía un componente erótico, manifiesto o no. Este último rasgo constituye el primer signo de que la constitución sexual de Freud no era exclusivamente masculina. Corretear entre dos significa, después de todo, compartir la propia gratificación con otra persona del mismo sexo.

Freiberg es una pequeña y tranquila ciudad en el sudeste de Moravia, cerca de los límites de Silesia y a ciento cincuenta millas al nordeste de Viena.

La ciudad era dominada por el campanario de la iglesia de Santa María, de doscientos pies de altura, que pretendía ocupar el primer lugar en la provincia por el repique de sus campanas. La población, que en la época en que nació Freud era de cinco mil habitantes, era católica apostólica y romana en su casi totalidad, no pasando del dos por ciento los protestantes, y otro tanto los judíos. Un niño tenía que darse cuenta, bien pronto, que su familia no formaba parte de la mayoría y no asistía a la iglesia de modo que las armonías de ese repique no significaban amor fraternal sino hostilidad, para el pequeño círculo de los no creyentes.

Para el hombre sobre quién recaía la responsabilidad de esta pequeña familia, los tiempos que corrían eran más que angustiosos. Jakob era un comerciante en lanas, y en los últimos veinte años la fabricación de tejidos, fuente principal de ingresos de la ciudad, había decaído mucho. Tal como sucedía en toda Europa Central, la introducción de maquinarias comportaba una creciente amenaza para el trabajo manual. La nueva línea férrea de Viena, el Ferrocarril del Norte inaugurado después de 1840, había soslayado Freiberg, dislocando su comercio y produciendo una considerable desocupación. La inflación que siguió a la Restauración de 1851 acentuó aún más la pobreza en la ciudad, que en 1859, el año de la guerra italo-austríaca, se encontraba económicamente arruinada.

Los negocios de Jakob se vieron directamente afectados. Pero a la angustia consiguiente se unieron otros presagios, aún más siniestros. Una de las consecuencias de la revolución de 1848-9 había sido la de convertir el nacionalismo checo en un factor poderoso dentro de la política austríaca, y estimular con ello el odio de los checos contra la población austroalemana, la clase dirigente de Bohemia y Moravia. Bien pronto esto se volvió contra los judíos, que eran alemanes por su idioma y educación, y de hecho, en Praga, la revolución comenzó con motines de los checos contra los fabricantes textiles judíos. El infortunio económico se alió al nacionalismo naciente para volverse una vez más contra el chivo emisario tradicional, los judíos. Incluso en la pequeña Freiberg, los fabricantes de ropa, todos ellos checos sin ninguna excepción, comenzaron, en su descontento, a considerar a los comerciantes textiles judíos como responsables de su difícil situación. No parecen haberse registrado verdaderos actos de violencia contra ellos o contra sus bienes, pero de todos modos no es posible sentirse seguro en una comunidad pequeña y mal dispuesta.

Y aun suponiendo que todo esto no fuera así, hay que tener en cuenta que los medios educacionales con que se podía contar en una pequeña ciudad remota y en decadencia no eran muy promisores para el cumplimiento de aquella profecía de la campesina acerca del futuro de grandeza del pequeño Sigmund. Jakob tenía todos los motivos para pensar que Freiberg no encerraba ningún futuro favorable para él y los suyos. Y es así como en octubre de 1859, cuando Sigmund contaba tres años de edad, hubo de reiniciarse el viejo éxodo de la familia —Palestina, Roma, Colonia, Lituania, Galitzia, Moravia— tal como habría de reiniciarlo él mismo, una vez más, unos ochenta años más tarde.

En el viaje hacia Leipzig, donde la familia se aposentó un año, antes de ir a Viena, pasaron por Breslau, donde Freud, por primera vez tuvo ocasión de ver alumbrado a gas, que le hizo pensar... ¡en almas de difuntos ardiendo en el infierno! Ese viaje señala también el origen de una «fobia» a los viajes en tren, que le hizo padecer bastante durante cerca de doce años (1887-99) hasta que fue capaz de resolverla mediante el análisis. Resultó que estaba ligada al miedo de abandonar su casa (y en última instancia el pecho de la madre), un temor pánico de morir de hambre, que a su vez debe haber sido una reacción a cierta voracidad infantil. Algunos vestigios de aquélla perduraron más adelante, bajo la forma de una leve angustia (injustificada) acerca de perder el tren.

En el viaje de Leipzig a Viena, un año más tarde, Freud tuvo ocasión de ver desnuda a su madre: un temible acontecimiento que relató cuarenta años más tarde a Riess... ¡pero en latín! Cosa curiosa, la edad que señala en su carta es entre dos años y dos y medio, siendo que en realidad tenía cuatro años cuando realizaba ese viaje. Se debe sospechar la superposición de dos recuerdos diferentes a una tal situación.

Emmanuel, con su mujer, sus dos chicos, y su hermano Philipp, se fue a Manchester, donde su conocimiento de la industria del vestido le valió bastante y le procuró cierto éxito. Su medio hermano nunca dejó de envidiarle esta migración, e Inglaterra siguió siendo, durante toda su vida, el país de sus preferencias. Satisface pensar que sus últimos días los pasó en ese país, confortado por la cálida recepción y las comodidades que allí le esperaban.

Freud nos ha enseñado que las bases esenciales del carácter quedan asentadas a la edad de tres años, y que los acontecimientos ulteriores sólo pueden modificar, pero no cambiar, los rasgos establecidos en esa época. A esa edad es cuando él fue sacado, o bien, meditando bien las circunstancias del caso, podría decirse arrancado del feliz hogar de su primera infancia, y nos vemos precisados a examinar detalladamente lo poco que se conoce de este período, para aquilatar debidamente su influencia sobre el desarrollo ulterior de su vida.

Estaría fuera de lugar aquí el entregarse a especulaciones. Podemos afirmar que era aparentemente un niño sano y normal, y sólo podemos anotar brevemente las pocas peculiaridades que distinguen su infancia del común de los niños. Son pocas pero importantes.

Era el mayor de los hijos, al menos en cuanto a la madre, y por ello el centro de lo que puede llamarse la familia interna. Este hecho ya es interesante de por sí, dado que el primogénito es siempre diferente, para bien o para mal, de los otros hijos. Esta situación puede conferir al niño un sentimiento especial de importancia y responsabilidad, así como puede crearle un sentimiento de inferioridad por el hecho de ser —mientras no llega otro niño— el miembro más débil de su pequeña comunidad. No cabe duda de que en el caso de Freud sucedió lo primero. El sentimiento de responsabilidad con respecto a todos sus parientes y amigos llegó a convertirse en un rasgo primordial de su carácter. Este giro favorable se debió en parte, evidentemente, al cariño, digamos la adoración, que le profesó su madre. La solidez de su autoconfianza fue tal que sólo en raras ocasiones se vio conmovida.

Esta situación ventajosa, por otra parte, no podía considerarse tampoco como una cosa indiscutida. Su privilegio se vio amenazado, y tuvo que hacer frente a la amenaza. Si bien él era el único hijo, había que contar con Hans, a quien le correspondía, por derecho, el segundo lugar, pero que, paradójicamente, era mayor y más fuerte que Sigmund. Este debió hacer acopio de todo su vigor para luchar con el rival y mantener a salvo su situación de primacía.

Problemas más sombríos aún surgieron el día que vislumbró que cierto hombre tenía con su madre relaciones aún más íntimas que las de él. Antes de cumplir dos años, y por segunda vez, había ya otro bebé en camino, y pronto ello se hizo evidente. Era inevitable que surgieran tanto los celos contra el intruso como el odio hacia la persona quienquiera que fuera, que había inducido a la madre a tan desleal proceder. Haciendo caso omiso de lo que sabía en cuanto a la distribución de las camas y de las personas que en ellas dormían, rechazaba la idea insoportable de que la nefasta persona en cuestión pudiera ser su amado y perfecto padre. Para salvar su amor al padre lo sustituyó en esto por su medio hermano Philipp, contra quien subsistía, además, la inquina por haberle privado de su niñera. De este modo, las cosas parecían más verosímiles, y eran seguramente menos desagradables.

La solución que halló era de carácter efectivo, no intelectual, pero desde el comienzo de su vida hasta sus últimos días, Freud no era hombre de conformarse con soluciones solamente efectivas. Sentía una verdadera pasión por comprender. Esta necesidad de comprender se vio estimulada desde el comienzo, en tal forma que hacía imposible la evasiva. Su inteligencia se encontró con una tarea ante la que no retrocedió en ningún momento hasta que, cuarenta años más tarde, encontró una solución que a la vez había de inmortalizar su nombre.


1. (↑) No deja de llamar la atención la coincidencia (?) de que el niño a quien Freud debió sus primeros conocimientos de índole sexual en el período de Freiberg se llamara también Philipp (G.W., II-III, 598), Obr. Cpl., t. VII, 286. Parece harto extraño que recordara este nombre, y se tomara también el trabajo de registrarlo, pero fue gracias a su hermano Philipp que llegó a saber algo del tema del embarazo.


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