Biografía de Freud - Los orígenes (1856-1860) [1]

Primer capítulo del Tomo I (de III) de "Vida y Obra de Sigmund Freud" de Ernest Jones en la versión abreviada por Lionel Trilling y Steven Marcus.


Texto ofrecido en dos partes. Parte 1:




LOS ORÍGENES (1856-1860) [parte 1 de 2]


Sigmund Freud nació a las 6,30 de la tarde del 6 de mayo de 1856, en la calle Schlossergasse n.° 117, en Freiberg, Moravia, y murió el 23 de setiembre de 1939, a las 20, en Maresfield Gardens, Londres. El nombre de Schlossergasse fue cambiado más adelante, en su honor, por el de Freudova ulice.

En su breve autobiografía (1925) Freud escribió: «Tengo razones para suponer que la familia de mi padre estuvo establecida por largo tiempo en la Renania (en Colonia), que en el siglo XIV o XV emigraron hacia el este huyendo de una persecución antisemita y que en el curso del siglo XIX regresaron de Lituania al Austria alemana, a través de Galitzia». Cuando los nazis pusieron en vigor sus doctrinas raciales, Freud objetó, un poco en broma pero contristado, que los judíos tenían por lo menos tanto derecho a vivir sobre el Rhin como los alemanes, ya que aquellos se establecieron en la región en los tiempos de Roma, cuando aún los últimos se hallaban empeñados en empujar a los celtas hacia el oeste.

En su juventud Freud se interesó por la historia de su familia, pero se ignora al presente qué prueba tuvo para lo que afirmó con respecto a la Renania, ni por qué prefirió señalar a Colonia, salvo el hecho históricamente establecido de que hubo en esa ciudad, en la época romana, una población judía. Su afirmación parece tener, sin embargo, una curiosa confirmación en el hecho de haberse descubierto en 1910, en la catedral de Brixen —actualmente Bressanone—, en el sur del Tirol, un fresco con la firma de «Freud de Colonia». Freud y su hermano fueron a esa localidad para examinarlo, pero no se pudo establecer si ese pintor fue realmente un antepasado de su familia, o siquiera si fue judío.

El bisabuelo de Freud era llamado Reb Efraim Freud y su abuelo Reb Schlomo Freud. Este último falleció el 21 de febrero de 1856, es decir poco antes del nacimiento de Freud. De él recibió éste su nombre judío Schlomo.

Su padre, Jakob Freud, nacido en Tysmenitz, Galitzia, el 18 de diciembre de 1815 y que vivió hasta el 23 de octubre de 1896, fue comerciante, dedicándose especialmente a la venta de lana. Se casó dos veces. De su primer casamiento, realizado cuando contaba diecisiete años, tuvo dos hijos: Emmanuel, nacido en 1832, y Philipp, nacido en 1836. El 29 de julio de 1855, a la edad de cuarenta años, y tres años después del fallecimiento de su primera mujer, Saly Kanner, contrajo nupcias en Viena, con Amalia Nathanshon. La vida de ésta fue más prolongada aún que la de su esposo, desde el 18 de agosto de 1835 al 12 de setiembre de 1930. Con estos aconteceres, un padre que vivió hasta los ochenta y uno y una madre que alcanzó la edad de noventa y cinco, Freud estaba normalmente destinado a una larga vida, y contaba realmente con una vitalidad que le hubiera llevado a sobrepasar considerablemente la edad de ochenta y tres años a que llegó, a no ser por su afección cancerosa. De Jakob Freud se sabe que era algo más alto que su hijo, que tenía un parecido físico con Garibaldi y que tenía un natural amable y era querido por todos en su familia. Freud observaba que él era una copia de su padre en lo físico, y hasta cierto punto también en lo intelectual. Describe también a su padre como una especie de Micawber, como una persona que «siempre confiaba en la esperanza de que algo bueno habría de acontecer». En el momento de contraer segundas nupcias ya era abuelo; su hijo mayor, que vivía cerca de él, tenía más de veinte años, y era padre a su vez de un niño, Hans, al que pronto seguiría una niña, Pauline. El joven Sigmund nació tío, como se ve, una de las muchas paradojas que su inteligencia infantil debió superar.

En cuanto a la madre de Freud, de vivida personalidad, el autor de este libro conserva numerosos recuerdos, tanto de Viena como de Ischl, donde ella acostumbraba pasar todos los veranos, entretenida a veces en jugar a los naipes a una hora en que la mayoría de las señoras mayores descansan ya en su lecho. El alcalde de Ischl la felicitaba el día de su cumpleaños (que coincidía casualmente con el cumpleaños del Emperador), haciéndose presente con un ceremonioso obsequio floral, aun cuando, al cumplir ella los ochenta, él anunció jocosamente que de ahí en adelante esas visitas semi-reales habrían de realizarse solamente cada diez años. A la edad de noventa años rechazó el obsequio de un hermoso chal, alegando que «le haría parecer demasiado anciana». A los noventa y cinco, seis semanas antes de morir, su fotografía apareció en los periódicos: «es una mala copia —comentó—, me hace aparentar un siglo de edad». Resultaba extraño, para un joven visitante, oírla referirse al gran maestro como «mi aúreo Sigi» (mein goldener Sigi), y evidentemente existió, en todo y por todo, un estrecho vínculo entre ambos. En sus años de juventud fue esbelta y hermosa, y mantuvo hasta el fin su espíritu alegre y despierto y su aguda inteligencia. Era oriunda de Brody, en la Galitzia nororiental, cerca de la frontera con Rusia. Había pasado parte de su niñez en Odesa, donde se habían establecido dos de sus hermanos. Sus padres se habían mudado a Viena siendo ella muy niña aún, y conservaba vividos recuerdos de la revolución de 1848 en esta ciudad. Conservaba una fotografía que mostraba huecos de disparos hechos durante la revolución. Casada antes de los veinte años, dio a luz a Sigmund, el primogénito, a la edad de veintiuno, y tuvo después cinco hijas y dos hijos más, en el siguiente orden: Julius, que murió a los ocho meses de nacido, Ana, que nació cuando Freud tenía dos años y medio (el 31 de diciembre de 1858), Rosa, Marie (Mitzi), Adolfine (Dolfi), Paula, Alexander, este último exactamente diez años menor que Sigmund. Todos los que llegaron a la edad adulta se casaron, con excepción de Adolfine, que se quedó con la madre. Con el advenimiento de nietos y biznietos, la familia Freud llegó a ser considerable. Freud provenía, pues, de una estirpe prolífica.

De su padre heredó Freud su sentido del humor, su sagaz escepticismo acerca de las inciertas vicisitudes de la vida, su hábito de traer a colación un principio moral apocándolo en el relato de una anécdota judía, su liberalismo y sus actitudes de librepensador, y quizás también su propensión a dejarse conducir por su mujer. De su madre le venía, según él mismo decía, su «sentimentalismo». Este término, especialmente ambiguo en alemán, debe tomarse probablemente en el sentido de denotar su vivo temperamento, con las apasionadas emociones de que era capaz. En cuanto a su inteligencia, era simplemente suya.

Josef es el único tío a quien menciona por su nombre. Debe mencionarse de paso que este nombre tiene a menudo cierto papel en su vida. Pasó sus años de estudiante (1875-83) en la Josefstrasse de Viena. Josef Paneth («mi amigo José», de la Interpretación de los sueños) fue su amigo y colega en el Instituto de Fisiología, en el que le sucedió, y Josef Breuer fue para él, durante años, un personaje importante, el hombre que le guió por el sendero que le condujo al psicoanálisis. Josef Popper-Lynkeus fue el que más próximo estuvo en anticipársele en la teoría sobre los sueños. Y sobre todo el José de la Biblia, famoso intérprete de sueños, fue una figura tras de la cual a menudo se escondía Freud en sus propios sueños.

Nació con abundante cabello, rizado y negro, tanto que su joven madre le puso por mote «mi negrito». Siendo adulto ya, su cabello y sus ojos eran negros, pero no era moreno de tez. Había nacido con la cabeza cubierta por una membrana fetal, hecho éste que se interpretó como seguro augurio de felicidad y fama. Y cuando cierto día una anciana, con quien la joven madre se topó por casualidad en un almacén de pastas, reforzó esta creencia, informándole que había traído al mundo un gran hombre, la orgullosa y feliz mamá creyó firmemente en la predicción. Manto y ropaje de héroe venían tejiéndose, pues, para él, desde la misma cuna. Pero Freud, el escéptico, no habría de apropiárselos fácilmente. He aquí lo que escribió: «Profecías como estas deben ser muy frecuentes. Son muchas las madres felices y esperanzadas, muchas las ancianas campesinas, y otras mujeres ancianas que, luego de ver perdido aquello que les dio en un tiempo su poder mundano, vuelven sus ojos hacia el futuro. No es probable, por otra parte, que una profetisa haya de sufrir en modo alguno a causa de sus profecías.» El relato de lo ocurrido debe haberse repetido con tanta frecuencia que, a pesar de todo, cuando una nueva profecía vino a reforzar la primitiva —a los once años—, no dejó de sentirse ligeramente impresionado. Esto lo describió más tarde en los siguientes términos:

«Cierta noche, hallándonos en un restaurante en el Prater, adonde mis padres solían llevarme cuando yo tenía once o doce años de edad, advertimos la presencia de un hombre que iba de mesa en mesa y por una pequeña paga improvisaba unos versos sobre cualquier tema que se le indicaba. Me mandaron a que lo trajese a nuestra mesa, por lo que el hombre demostró gratitud. Antes de pedir que se le indicara un tema, hizo oír unas rimas que se referían a mí, y dijo que, si podía dar crédito a su inspiración, yo llegaría algún día a ser «ministro». Puedo recordar todavía con nitidez la impresión producida por esta segunda profecía. Era la época del «ministro Burgués». Mi padre había traído a casa, hacía poco, los retratos de los graduados universitarios burgueses Herbst, Giskra, Unger, Berger y otros, en homenaje a quienes iluminamos nuestra casa. Había entre ellos incluso judíos, de modo tal que todo escolar judío aprovechado llevaba en su mochila una cartera ministerial. Es posible que sea a causa de la impresión que me quedó de esa época el hecho de que, hasta poco antes de ingresar a la Universidad, yo haya querido estudiar jurisprudencia y sólo haya cambiado de parecer a último momento.»

En un sueño que describió años más tarde aparece como ministro de gabinete, en una época en que esta particular ambición debió haber desaparecido ya de sus pensamientos en la vigilia. En su vida de adulto su interés por la política y por las formas de gobierno no fue mayor que el del común de la gente.

A medida que el niño crecía, otro hecho, exteriorización también del orgullo y el amor que la madre sentía por su primogénito.

Como más tarde escribiría Freud: «Cuando un hombre ha sido el favorito indiscutido de su madre, logra conservar durante toda la vida un sentimiento de vencedor, esa confianza en el éxito que a menudo conduce realmente, al éxito». Pocas veces se vio afectada esa confianza en sí mismo, una de las características sobresalientes de Freud, y este tuvo razón en señalarle como origen aquella seguridad respecto al amor de su madre. Vale la pena mencionar aquí que, como cabía suponer, fue alimentado al pecho de su madre.

En la casa había también una nodriza, vieja y fea, con esa mezcla profesional de cariño hacia los niños y severidad para todo lo que en ellos fuera una transgresión. Se desempeñaba con capacidad y eficiencia. En sus obras, Freud se refiere a menudo a la que denomina «esa vieja prehistórica». Él le profesaba cariño, y solía darle todas sus monedas, y se refiere a este último como a un recuerdo encubridor [1]. Es posible que esto estuviera relacionado con el hecho de habérsela despedido, más tarde, por robo, cuando él contaba dos años y medio de edad. Ella era checa, y ambos conversaban en checo, si bien Freud olvidó más tarde este idioma. Y lo que era más importante, era católica, y solía llevar con ella al niño para asistir a los servicios religiosos. Implantó en su ánimo las ideas de cielo e infierno y probablemente las de salvación y resurrección. De regreso de la iglesia, el niño solía ponerse a predicar y a explicar cómo se las arregla el buen Dios. Sólo unos pocos recuerdos conscientes conservaba Freud de sus tres primeros años, cosa que ciertamente puede afirmarse también de sus primeros seis o siete años. Pero en su autoanálisis desenterró indudablemente muchos otros de importancia, que había olvidado. Logró esto —según afirma— a la edad de cuarenta y dos años. Entre las cosas olvidadas figura cierto conocimiento que tenía del checo. Entre las recordadas (conscientemente) figuran unas pocas, insignificantes en sí mismas, que sólo tienen el interés que les confiere el ser los únicos recuerdos salvados de la amnesia. Uno de ellos se refiere a haber penetrado en el dormitorio de los padres, impulsado por la curiosidad (sexual), y haber sido expulsado de allí por la protesta indignada del padre.

A la edad de dos años aún mojaba la cama, y era el padre, no su indulgente madre, quien le regañaba. Recordaba haber dicho en una de esas oportunidades: «No te preocupes, papá. Voy a comprarte una hermosa cama roja, nueva, en Neutitschein» (ciudad principal del distrito). De hechos como éste fue de donde surgió su convicción de que es el padre quien representa para el hijo, típicamente, los principios de denegación, coacción, restricción y autoridad. Él padre ocupa el lugar del «principio de realidad», la madre el del «principio de placer». No hay motivo para suponer, sin embargo, que su padre fuera más riguroso de lo que es habitualmente todo padre. Hay pruebas más bien de lo contrario: que fue amable, cariñoso y tolerante, si bien justo y objetivo. Claro está que si, por otra parte, veía en su padre, como otros niños lo hacen a esa edad, como «al más poderoso, más sabio y más rico de los hombres», pronto habría de verse desilusionado de una manera particularmente dolorosa.

Un incidente que no podía recordar era el de haberse caído de un taburete, a la edad de dos años, y haber recibido un fuerte golpe en la mandíbula al chocar con el borde de la mesa que estaba explorando en busca de una golosina. Se hizo una herida de cierta importancia, que requirió puntadas y que sangró profusamente. Le quedó una cicatriz para toda la vida.

Otro hecho, más importante que éste, y registrado un poco antes, fue la muerte de su hermanito, cuando Freud tenía diecinueve meses y el pequeño (Julius) ocho. Antes del nacimiento de éste, el pequeño Sigmund no había tenido que compartir con nadie el afecto y la leche de la madre, pero luego hubo de experimentar hasta qué punto pueden ser poderosos los celos infantiles. En una carta dirigida a Fliess (1897), admite los malos sentimientos que abrigaba contra el rival y agrega que la realización de los mismos con la muerte del pequeño había hecho surgir en él autorreproches, y que una tendencia hacia los mismos le había quedado desde entonces [2] . En la misma carta relata cómo fue estimulada su libido dirigida hacia la madre, entre los dos años y dos y medio, en ocasión de haberla contemplado desnuda. Vemos así que el pequeño Freud sintió bien temprano el impacto de los grandes problemas del nacimiento, el amor y la muerte.

Todo hace pensar que, después de sus padres, la persona más importante para Freud, en su primera infancia, fue su sobrino Hans, un niño que sólo contaba un año de edad más que él. Eran compañeros inseparables, y existen indicios de que sus juegos no siempre fueron del todo inocentes. Como era de esperar, alternaban entre ellos el cariño y la hostilidad, pero no cabe duda de que los sentimientos en este caso profesados, por lo menos en lo que a Sigmund se refiere, eran de una intensidad mucho mayor que la habitual. Más tarde escribió éste, al referirse a sus héroes de la infancia, Aníbal y el mariscal Massena: «Es posible que el origen de este ideal bélico deba buscarse más lejos aún, en los primeros tres años de mi infancia, en los deseos que, en mis relaciones con un niño que tenía un año más que yo, relaciones alternativamente amistosas y hostiles, tienen que haber surgido en el más débil de los dos». Hans era, naturalmente, el más fuerte, pero el pequeño Sigmund supo comportarse en la ocasión y no se quedó atrás en nada. No hay duda de que se hallaba dotado de una considerable dosis de belicosidad, si bien más tarde, con la madurez, ésta se vio mitigada. Era dable conocerle bastante de cerca sin sospechar todo el fuego que ardía, o había ardido, tras de su mesurado aspecto.

* * *
[Fin de la parte 1 de 2]


1. (↑) Recuerdo de poca importancia, de que se echa mano en lugar de otro que es importante, y al que está asociado.

2. (↑) Resulta asombroso, a la luz de esta confesión, que Freud haya podido escribir, veinte años más tarde, que era casi imposible que un niño sintiera celos de otro más pequeño si cuenta solamente quince meses de edad al nacer el segando.


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