Biografía de Freud: El autoanálisis (1897-...)

Capítulo 14 del Tomo I, publicado en 1953, de "Vida y obra de Sigmund Freud" de Ernest Jones:



XIV. EL AUTOANÁLISIS (1897-...)

En el verano de 1897 el hechizo comenzó a disiparse y Freud emprendió la hazaña más heroica de su vida: un psicoanálisis de su propio inconsciente. Resulta difícil imaginarse ahora toda la trascendencia de este hecho, y esta dificultad es precisamente un hecho que fatalmente va unido, la mayor parte de las veces, a esta clase de realizaciones, destinadas a marcar nuevos rumbos. Pero ahí está, frente a nosotros, el carácter único de la hazaña. Una vez realizada, lo ha sido para siempre. Porque nadie más podrá ser ya el primero en explorar tales profundidades.

En la larga historia de la humanidad se registran frecuentes intentos de esta índole. Filósofos y escritores, desde Solón hasta Montaigne y desde Juvenal hasta Schopenhauer, trataron de seguir el consejo del oráculo de Delfos, pero todos se vieron derrotados en su intento. Las resistencias interiores habían bloqueado todo posible avance. De tiempo en tiempo se produjeron chispazos de intuición que de algún modo alumbraban el camino, pero invariablemente terminaban por extinguirse. La esfera del inconsciente, cuya existencia fue postulada con tanta frecuencia, seguía en la oscuridad, y continuaban en vigor las palabras de Heráclito: «El alma del hombre es un país lejano, al que no es posible aproximarse y que no podemos explorar».

Freud no contaba con ninguna ayuda, nadie podría prestarle el menor auxilio en la empresa. Peor aún: el hecho mismo que lo empujaba hacia adelante —cosa que él mismo debió haber percibido vagamente, por mucho que tratara de ocultárselo a sí mismo— sólo podía conducir a dañar o incluso cortar para siempre sus relaciones con el ser a quien se hallaba íntimamente unido y que había contribuido a afirmar su equilibrio mental. Era atreverse a mucho y era grande el riesgo. ¡Cuánto coraje, a la vez intelectual y moral debió necesitar en esa ocasión! Pero podía contar con ello.

Sólo a distancia, sin embargo, cabe apreciar el aspecto dramático de la situación. En aquél momento sólo podía tratarse de una lucha larga y como a ciegas, de una labor hercúlea que debe haberle hecho pensar a menudo «en todos los grandes aventureros del pasado, mis iguales». En cuanto a la decisión de iniciar tal empresa, difícilmente podía tratarse de algo referente a la voluntad consciente o a un motivo deliberado. No se trataba de un chispazo genial sino de una gradual intuición de algo fatal, inevitable. Una necesidad todopoderosa de alcanzar la verdad a toda costa era posiblemente el resorte interno más poderoso en la personalidad de Freud, algo a lo que todo lo demás —comodidades, éxito, felicidad— debió sacrificarse. Y, para decirlo con las profundas palabras de su amado Goethe: «La condición primera y la última de todo genio es el amor a la verdad.»

En tales circunstancias Freud no debió haber esperado recompensa alguna más allá de la satisfacción de esa imperiosa necesidad. Y debió transcurrir bastante tiempo antes de que se viera aflorar en forma apreciable aquel «indescriptible sentimiento de la belleza interior» que de vez en cuando cabía esperar de tales revelaciones. Durante tres o cuatro años el sufrimiento neurótico y la dependencia siguieron, en efecto, en aumento. Pero llegó un momento en que llegó a comprender que:

To bear all naked truths,
And to envisage circumstance all calm,
That is the top of sovereignity *.

* Soportar las verdades totalmente desnudas, Y enfrentar con toda calma las circunstancias He aquí la cumbre de la soberanía.

EI final de este esfuerzo y este sufrimiento representan la fase última en la evolución de su personalidad. De ahí surgió el Freud sereno y benévolo, enteramente dueño de sí mismo desde ese momento, y libre para proseguir con imperturbable gesto su labor.

Aquí tenemos que agregar algunos detalles acerca de este progreso y acerca de los cambiantes puntos de vista de Freud, que precedieron y acompañaron esa evolución, acerca de la sexualidad infantil. Pero antes de hacerlo vale la pena citar una frase que había escrito no menos de 15 años antes de esa época. «Siempre experimento cierta desazón cuando no puedo entender a alguien en términos de mí mismo.» Evidentemente había tomado a pecho la sentencia de Terencio: humani nihil a me alienum puto (Nada humano me es ajeno). Había en esto una razón más para fortalecer su deseo de conocerse acabadamente a sí mismo.

Dos importantes sectores en la investigación se hallaban íntimamente ligados a su autoanálisis: la interpretación de los sueños y su creciente valoración de la sexualidad infantil.

Un triple papel corresponde aquí a la interpretación de los sueños. Fue la observación y la investigación de sus propios sueños —el material más inmediatamente asequible para el estudio y el que fue utilizado más en su libro— lo que le inspiró la idea, en términos conscientes de proseguir su autoanálisis hasta llevarlo a su lógico final. Y fue este también el método principalmente utilizado para realizarlo. Más adelante expresó la opinión de que toda persona sincera, más o menos normal y que tuviera muchos sueños podía adelantar gran trecho en el camino del autoanálisis, pero, claro está, no todo el mundo es Freud. Su autoanálisis se fue desarrollando al mismo tiempo que componía su obra maestra, La interpretación de los sueños, en la que registró muchos detalles de aquél. Por último, era en el terreno de la interpretación de los sueños donde más seguro se sentía. Era la parte de su obra que le inspiraba la mayor confianza.

Si pasamos revista a la evolución de las opiniones de Freud sobre la sexualidad y la infancia hasta la época de su autoanálisis, tomando como base al mismo tiempo sus publicaciones y la correspondencia con Fliess, tendremos que llegar a las siguientes conclusiones. Su comprensión del problema fue mucho más lenta y gradual de lo que a menudo se supone. Algunas cosas que hoy son claras eran bastante oscuras a la sazón. Tuvo que partir necesariamente del convencional punto de vista acerca de la inocencia infantil y al toparse con los chocantes relatos acerca de la seducción de parte de los adultos prefirió también el punto de vista convencional de que esto representaba una estimulación precoz. Al comienzo no pensó que esto despertara sensaciones sexuales en el niño en ese momento. Sería únicamente más tarde, hacia la pubertad, que el recuerdo de estos incidentes terminaría por ser excitante. Este concepto está de acuerdo con el que expresó en 1895, en el sentido de que los recuerdos se hacen traumáticos años después de la experiencia misma. En 1896 ya suponía que tal vez «la misma edad infantil puede no hallarse exenta de ciertas delicadas excitaciones sexuales», pero está claro que éstas se consideran puramente autoeróticas, y no existe conexión entre esas excitaciones y otras personas. Un año más tarde se mostraba interesado en cuanto a la base orgánica de tales excitaciones y las localizaba en las regiones de la boca y el ano, si bien sugirió que podían interesar a la superficie total del cuerpo. En una carta del 6 de diciembre de 1896 utilizó la expresión zonas erógenas y en otra del 3 de enero de 1897 llamó a la boca «el órgano sexual oral».

Descubrió los aspectos aloeróticos de la sexualidad infantil de una manera curiosa e indirecta, no a través del niño sino del progenitor afectado en cada caso. Desde mayo de 1893, que fue cuando anunció esto por primera vez a Fliess, hasta setiembre de 1897, fecha en que admitió su error, sostuvo la opinión de que la causa esencial de la histeria es una seducción sexual de una criatura inocente de parte de una persona adulta, que por lo común sería el padre. La evidencia del material analítico parecía irrefutable. Se mantuvo en esta convicción durante cuatro años; si bien se sentía cada vez más sorprendido de la frecuencia de estos supuestos episodios. Empezaba a parecer que, en una proporción elevada, los padres eran protagonistas de tales ataques incestuosos. Y lo que es peor, habitualmente se trataba de episodios de índole perversa, que tomaban como punto de elección la boca o el ano. De la existencia de ciertos síntomas histéricos en su hermano y en varias de sus hermanas (nótese bien, no él mismo) dedujo que aún su propio padre debería ser acusado de tales hechos, si bien agregaba a continuación que la frecuencia de tales hechos provocaba a menudo ciertas dudas al respecto. Hacia el final de este período las dudas eran cada vez más numerosas, pero eran constantemente rechazadas en vista de supuestas nuevas pruebas. Cuando finalmente tuvo un sueño acerca de su sobrina Hella, de Estados Unidos, sueño que interpretó como que encubría un deseo sexual acerca de su propia hija mayor, tuvo la impresión de hallarse frente a una prueba de primera agua acerca de la exactitud de su teoría.

Cuatro meses más tarde, empero, Freud había descubierto la verdad del caso: que independiente de los deseos incestuosos de los progenitores hacia sus hijos e incluso de ocasionales actos de esa índole, de lo que se trataba en realidad era de la existencia, con carácter general, de deseos incestuosos de los niños hacia sus progenitores, y específicamente hacia el del sexo opuesto. Este otro lado de la cuestión se había mantenido enteramente oculto para él hasta ese momento. Quedó revelado en los dos primeros meses de su autoanálisis. Estaba empezando a comprender la verdad de la máxima de Nietzsche: «El propio ser es algo que a uno mismo se le oculta: de todos los tesoros ocultos el de sí mismo es el último en ser desenterrado.»

En ese momento Freud no había llegado aún, en realidad, a la idea de la sexualidad infantil tal como habría de entenderse más adelante. Los deseos y fantasías de incesto serían productos ulteriores, a ubicarse probablemente entre los 8 y los 12 años y que eran referidos al pasado, encubriéndolos tras la pantalla de la primera infancia. No es aquí donde tendría su origen. Lo más que llegaría a admitir era que los niños pequeños, incluso de 6 a 7 meses (!) tenían la capacidad de registrar y captar, en cierta forma imperfecta, el significado de los actos sexuales de los progenitores que habían llegado a presenciar o a escuchar (2 de mayo de 1897). Tales experiencias llegarían a tener importancia únicamente en el momento en que su recuerdo era reanimado años más tarde por fantasías, deseos o actos de carácter sexual.

No hay duda, por lo tanto, que de durante un período aproximado de cinco años, Freud consideró que los niños eran objeto inocente de deseos incestuoso y que sólo de una manera muy lenta —y sin duda a costa de una considerable resistencia interior— llegó a reconocer lo que desde entonces se conoce definitivamente como sexualidad infantil. Restringió este concepto mientras le fue posible a una edad posterior, en la suposición de que las fantasías eran proyectadas a una época anterior, y hacia el final de su vida se decidió a considerar el primer año de vida como un oscuro misterio tras del cual se esconden excitaciones difícilmente aprehensibles más bien que impulsos y fantasías de carácter activo.

A la luz de estas consideraciones, podemos volver ahora al autoanálisis. Podemos suponer como primer comienzo del mismo aquella histórica ocasión del mes de julio de 1895, cuando por primera vez analizó completamente uno de sus sueños. En los años que siguieron a esto, comunicó varias veces a Fliess los análisis de sus propios sueños. Gracias a esta correspondencia podemos señalar también la fecha en que estos análisis casuales se convirtieron en un procedimiento regular, con un propósito definido. Fue en julio de 1897.

Uno se pregunta naturalmente por qué fue tomada esa decisión precisamente en ese momento. Pero también aquí nos encontramos, probablemente, con una creciente y gradual presión de fuerzas inconscientes, más bien que de un súbito golpe de genio.

El padre de Freud había fallecido en octubre último. Al agradecer a Fliess su pésame, escribió: «Por uno de esos senderos obscuros que se esconden tras la consciencia oficial, la muerte de mi padre me ha afectado profundamente. Yo lo había valorado mucho y lo había comprendido con toda exactitud. Con ésa su peculiaridad mezcla de profunda sabiduría y fácil fantasía, significó mucho en mi vida. No hay duda de que al llegarle la hora ya se había sobrevivido a sí mismo, pero su muerte ha hecho revivir en mí todos mis sentimientos más tempranos. Ahora me siento completamente desamparado».

Freud nos ha dicho que fue esta experiencia lo que le condujo a escribir La interpretación de los sueños (1898), y la redacción de ese libro marchó unida con el primero o los dos primeros años de su autoánalisis. Tenemos derecho a considerar las dos cosas como muy unidas entre sí. En el prólogo a la segunda edición (escrito en 1908) dice que reconoció esa relación con la muerte de su padre sólo después de terminar el libro. «Se me reveló como una parte de mi autoanálisis, como mi reacción a la muerte de mi padre, es decir, al acontecimiento más importante, a la pérdida más amarga en la vida de un hombre».

En el mes de febrero que siguió a la muerte de su padre, Freud mencionaba el hecho de haberle acusado de actos de seducción, y tres meses más tarde anunciaba su propio sueño incestuoso, que puso fin, según decía, a sus dudas acerca del asunto de la seducción. Al mismo tiempo que este segundo anuncio, enviaba el manuscrito en que se refería a la hostilidad que los niños que más tarde serán neuróticos sienten hacia el progenitor del mismo sexo, primer indicio éste del complejo de Edipo. Ambos puntos de vista, a lo que parece, eran sostenidos al mismo tiempo.

A mediados de abril Freud se encontró con Fliess en Nuremberg , y diez días más tarde le envió el relato de un sueño con un análisis que revelaba un resentimiento y una hostilidad inconscientes hacia él.

Evidentemente se daba cuenta de cierto torbellino emocional, dado que en un párrafo (inédito) de una carta fechada cuatro días más tarde escribió: «mi recuperación sólo puede producirse mediante un trabajo en el inconsciente; no puedo arreglarme con los esfuerzos conscientes solamente.» Esto constituyó probablemente el primer indicio de la percepción, por parte de Freud, de que debía llevar a cabo un psicoanálisis personal, si bien todavía pasó un par de meses hasta que tomó tal decisión.

A esto siguió un período de apatía y «una parálisis intelectual tal como nunca había imaginado». Describió cómo estaba pasando por una fase neurótica: «curiosos estados de ánimo que la propia consciencia no puede captar: pensamientos crepuscu1ares, un velo sobre la mente y apenas, aquí y allá, un rayo de luz». Cada línea que escribe significaba un tormento y una semana más tarde decía que su inhibición para escribir era realmente patológica. Pronto descubrió, sin embargo, que el motivo de esto era el de estorbar la relación con Fliess. Viene luego el amargo párrafo antes citado de la carta del 7 de julio en el que habla de resistencias en las profundidades mismas de su neurosis, en las que de algún modo estaba envuelto Fliess. Pero aquí está a punto de aflorar algo que resultará sin duda más divertido. «Me parece estar como el gusano de seda en su capullo, y Dios sabe qué clase de bestia saldrá de aquí».

Poco después Freud se reunió con su familia en Aussee y el 14 de agosto escribió decididamente acerca de su propio análisis, que según dice: «se hace más duro que cualquier otro». «Pero habrá que llevarlo a cabo, y más aún, constituye una contraparte necesaria de mi labor (terapeútica)».

Una parte de su histeria ya está resuelta. Había reconocido claramente que sus propias resistencias habían estado obstaculizando su trabajo.

En cartas fechadas el 3, el 4 y el 15 de octubre, Freud proporcionaba detalles sobre el progreso de su análisis. Nos hemos ocupado de ellos en otra parte de este libro. Se había dado cuenta ya de que su padre era inocente y que había proyectado sobre él ideas propias. Habían surgido recuerdos infantiles de deseos sexuales hacia su madre en ocasión de haberla visto desnuda. Nos encontramos con un relato de sus celos y querellas de la infancia y del redescubrimiento de su vieja niñera, a la que atribuye gran parte de sus dificultades. El recuerdo revivido de que lo lavaba en agua roja, en la que previamente se había lavado ella, era un detalle particularmente convincente.

En la última de estas cartas Freud narraba que había interrogado a su madre acerca de su primera infancia. De esta manera tuvo una confirmación acerca de la verdad de sus hallazgos analíticos y obtuvo además algunos datos que aclaraban ciertas cosas acerca de la niñera, por ejemplo, que le habían producido gran extrañeza. Señalaba que su auto análisis prometía ser para él del más alto valor, si era conducido hasta el fin. Había descubierto en sí mismo la pasión hacia su madre y los celos que había sentido por su padre; estaba seguro que esto era un rasgo humano de carácter general y de que a partir de él se podía entender el vigoroso impacto de la leyenda de Edipo. Agregó incluso una interpretación correspondiente de la tragedia de Hamlet. Su mente estaba trabajando ahora, evidentemente, a plena velocidad, y hasta podemos hablar aquí de súbitas intuiciones.

La superación de sus propias resistencias le permitía una visión mucho más clara de las resistencias de sus pacientes, y ahora podía entender mucho mejor los cambios de estado de ánimo de éstos. «Encuentro aquí todo aquello que siento en los pacientes: días en que me encuentro vagando oprimido a causa de no haber podido entender nada de mis sueños, mis fantasías y mis estados de ánimo del día, y luego días en que un relámpago (ein Blitz) ilumina repentinamente las conexiones y me pone en condiciones de comprender esos momentos anteriores como una faz preparatoria de la visión actual».

Naturalmente, el análisis de Freud, como todos los otros análisis, no podía producir resultados mágicos de entrada. En cartas escritas en períodos posteriores hallamos característicos relatos de variaciones en su progreso: optimismo que alterna con pesimismo, exacerbación de síntomas, etc. La neurosis misma, así como la correspondiente dependencia de Fliess, pareció haber sido más intensa, o más manifiesta, en el año o dos que siguieron, pero la determinación de Freud de salir a flote, nunca desmayó y finalmente le dio la victoria. En una carta del 2 de marzo de 1899 nos enteramos de que el análisis le había hecho mucho bien y que se encontraba evidentemente mucho más normal de lo que había sido cuatro o cinco años antes.

Siendo qué pocos análisis, o acaso ninguno, llega a completarse jamás —puesto que la perfección absoluta es cosa vedada a los mortales—, sería poco razonable esperar que el autoanálisis de Freud, privado de la colaboración de un analista objetivo y sin la invalorable ayuda derivada más tarde del estudio de las manifestaciones de transferencia, pudiera hacer excepción a la regla. Acaso se nos brinde la ocasión, más adelante, de sugerir cuándo y cómo estas deficiencias pueden haber afectado algunas de sus conclusiones.

En el encabezamiento de este capítulo hemos puesto sólo la fecha inicial. La razón de ello es que Freud, según me había dicho, nunca dejó de analizarse, dedicando siempre a este fin la última media hora del día. He aquí una prueba más de su infatigable integridad. 


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