Biografía de Freud 1901-1906 (2 de 2)

EL FIN DEL AISLAMIENTO (1901-1906) [parte 2 de 2]


En el consultorio de Freud el trabajo había aumentado hasta el punto de ocuparle todo el día. Tanto entonces como más tarde, eran pocos los pacientes vieneses. La mayor parte procedía de Europa Oriental, Rusia, Hungría, Polonia, Rumania, etc.


Los primeros años del siglo fueron relativamente tranquilos y felices. Representaron una transición entre las borrascas que los precedieron y las que vendrían a continuación. Nunca más llegaría a conocer Freud un periodo tan tranquilo y gozoso. Su vida transcurría invariablemente entre el trabajo profesional —incluyendo las publicaciones y los desahogos de la vida privada. Los fines de semana incluían la invariable partida de cartas de los sábados, su favorito tarock. Luego de dictar su clase semanal en la Universidad de siete a nueve, alquilaba un coche en el hospital y se dirigía a la casa de su amigo Königstein, donde se realizaba la partida. No veía mucho a sus hijos, excepto a la hora de comer y los sábados, de modo que todos ellos esperaban ansiosamente las largas vacaciones de verano para estar reunidos.


Freud era muy afecto a los panoramas montañosos y le gustaba escalar las alturas, aunque difícilmente podría llamársele un alpinista en el sentido estricto de la palabra. Sin embargo quien pudo escalar las estribaciones de Dachstein debió poseer condiciones excelentes para resistir el mareo y las demás contingencias del caso.


Su hijo Martin me ha referido un incidente en las primeras de estas vacaciones y que vale la pena recordar. Volviendo de un paseo, se encontraron con que tenían que atravesar el Thumsee para regresar al hotel, frente al cual se había agolpado una tumultuosa multitud que profería contra ellos consignas antisemitas. Enarbolando su bastón Freud arremetió decididamente contra ellos, con una expresión en su rostro que les hizo abrirle paso. Ésta no era indudablemente su primera experienda de esa índole, Freud era capaz, en algunas oportunidades, de producir una impresión formidable con cierto tono de mirada severa y un tanto torva. La última vez que ello sucedió, y también con éxito, fue cuando se enfrentó con los nazis en su propia casa, en 1938.


No siéndole posible llevar en carruaje a toda la familia en sus paseos largos, solía buscar casi siempre algún compañero, pues le resultaba muy desagradable viajar solo. Su mujer, atada a otras ocupaciones, raras veces se encontraba en condiciones de viajar, ni se ajustaba tampoco al ritmo inquieto de Freud y a su omnívora pasión turística. A veces le parecía injusto gozar él solo de estas excursiones y deseaba que ella pudiera acompañarlo en sus correrías. I


Hacia fines del verano de 1901 tuvo lugar un acontecimiento de la más alta significación afectiva para Freud, lo que ¿llamó «el momento culminante de mi vida». Se trataba de su primera visita a Roma, largamente anhelada. Era algo sumamente importante para él, de modo que la consideración de este asunto ha de revelamos algún secreto íntimo de su vida interior.


Sobre la constancia invariable de este anhelo no cabe la menor duda. Trátase de un tema al que volvía una y otra vez en su correspondencia con Fliess, especialmente cerca de fin de siglo, y del que se ocupó también abierta y extensamente en La interpretación de los sueños, dado que desempeñaba también un amplio papel en su vida onírica. Este anhelo se inició evidentemente en la adolescencia y, como él mismo decía, «Se transformó en el símbolo de una cantidad de deseos cálidamente acariciados».


Un indicio más de la fortaleza de su deseo de visitar Roma es la gran felicidad e incluso exaltación que sentía en cada una de sus visitas a Roma. La fascinación ejercida por esta ciudad no se atenuó en ningún momento, y una carta tras otra hablan de ella en el más esplendoroso lenguaje.


Al mismo tiempo tenemos pruebas, sin embargo, de que la realización de este gran deseo era resistida por él por algún misterioso tabú que le hacía dudar de que alguna vez aquél pudiera realizarse. Era algo demasiado bueno para ser verdad. A veces trataba de racionalizar su inhibición diciendo que el clima estival de Roma hacía imposible la visita, pero no ignoraba en ningún momento que lo que le retenía en esto era algo más profundo. Sus años de extensos viajes por el Norte y el centro de Italia apenas le hacían acercarse a Roma un poco más allá del Trasimeno (en 1897). Hasta aquí y nada más, le decía la voz interior, tal como dos mil años atrás le habla ocurrido en ese mismo lugar a Aníbal. Pero él, por lo menos, había llegado a tener ante su vista el Tíber.


Para Freud como para toda otra persona en el mundo, Roma significaba dos cosas. En realidad hay dos Romas (aparte de la Roma política natural). Está la antigua Roma, de cuya cultura e historia Freud estaba profundamente imbuido, la cultura de que proviene la civilización europea. Bastaría esto sólo para despertar un intenso interés en Freud, siempre preocupado por el tema de los orígenes y los comienzos. Luego está la Roma cristiana, que destruyó y reemplazó a la otra. Ésta no podía ser más que un enemigo de Freud, la fuente de todas las persecuciones que su pueblo había sufrido a través del tiempo. Pero un enemigo es siempre algo que se interpone entre uno mismo y un objeto amado y por lo tanto debe ser superado en lo posible. Aún después de satisfacer su anhelo, relataba Freud cómo la visión de esta segunda Roma, con todas las cosas que veía a su alrededor como parte de lo que él denominó, con su expeditivo lenguaje, «la mentira de la salvación», nublaba la alegría del encuentro.


No me propongo reinterpretar ninguno de los sueños de Freud, cosa que me parecería por lo menos aventurada, pero quiero citar uno de ellos que me parece oportuno recordar con respecto a esto. Es el sueño conocido con el nombre de «Mi hijo, el miope». Al ocuparse de él, escribió Freud: «Incidentalmente, la situación en el sueño que se refiere a sacar a mis hijos de la ciudad de Roma para salvarlos estaba deformada por su relación con un hecho análogo que ocurrió durante mi infancia: yo sentía envidia a ciertos parientes que, muchos años atrás, habían tenido la oportunidad de llevarse a los hijos a otro país». Freud se refería aquí abiertamente a sus hermanastros, que se habían trasladado a Inglaterra cuando él tenía trece años. Nunca dejó de envidiarles el que pudieran educar a sus hijos en un país mucho más libre de antisemitismo que el suyo. Se ve claramente, por ello, que Roma se componía de dos mitades, la una amada, la otra temida y odiada.


Dos hechos incontrovertibles hay que tener en cuenta además. Uno es que él haya citado el estudio de Rank sobre el simbolismo de las ciudades y de la Madre Tierra, en el que se registra el siguiente párrafo: «Es conocido también el oráculo dado a los Tarquinos, en el que les fue profetizado que Roma sería conquistada por aquel de entre ellos que primero besara a su madre». Este párrafo que Freud cita como una de las variantes de la leyenda de Edipo constituye evidentemente el reverso de la idea subyacente de que para dormir con la propia madre es totalmente necesario derrotar, en primer lugar, a un enemigo.


El otro hecho es la antigua y apasionada identificación de Freud con el semítico Aníbal. El intento de éste de apoderarse de Roma, la «madre de las ciudades», tropezó con cierta indefinida inhibición cuando ya estaba a punto de materializarse. Durante años enteros Freud, en sus sucesivas aproximacioes a Roma, apenas pudo rebasar el Trasimeno, el lugar en que finalmente se detuvo Aníbal.


Freud no tuvo inconveniente en admitir su amor a la primera Roma y su desamor a la otra, pero en cambio se alzaba en él formidables resistencias en cuanto a relacionar estos afectos con las correspondientes imágenes primarias que había llegado a simbolizar. Sólo después de cuatro años de decidido e implacable autoanálisis Freud se impuso a esa resistencia y entró triunfalmente en Roma. Con su característica subestimación del propio esfuerzo, añadió a la segunda edición de La interpretación de los sueños una nota que decía: «He descubierto hace mucho tiempo que sólo hace falta un poco de coraje para realizar deseos que hasta ese momento se habían considerado inalcanzables».


Uno de los signos que evidenciaba el efecto que sobre su autoconfianza ejerció el hecho de entrar en Roma fue su decisión de tomar las medidas necesarias para sobreponerse a las autoridades clericales y antisemitas que durante tantos años se habían opuesto a su bien ganado derecho de ingresar al núcleo de profesores de la Universidad. Al anunciar a su amigo Fliess el éxito obtenido en este propósito, admitía que había sido «un asno» al no haberlo logrado tres años antes y agregaba : «Hay gente que es bastante inteligente para hacerlo sin necesidad de conocer previamente Roma».


Luego de estas consideraciones preliminares hemos de retornar previamente el relato. El lunes 8 de setiembre de 1901, Freud acompañado por su hermano Alexander, llegó a Roma. Seis visitas más hizo a la Ciudad Eterna. Inmediatamente escribió a su casa diciendo que en el término de una hora había tomado un baño y se sentía un perfecto romano. Le resultaba incomprensible no haber llegado a Roma en tantos años. Y el hotel Milano tenía luz eléctrica y sólo cobraba cuatro liras por día.


Inició la mañana siguiente con una visita a las siete y media a San Pedro y el Museo del Vaticano, donde encontró un «raro goce» en Rafael. «Y pensar que durante años yo temía venir a Roma». No tardó en arrojar una moneda a la fuente de Trevi, expresando el deseo de regresar pronto a Roma, deseo que efectivamente se realizó al año siguiente. También arriesgó su mano en la Bocea della Veritá en Santa María de Cosmendi, gesto innecesario para un hombre tan íntegro como él ...


Al día siguiente pasó dos horas y media en el Museo Nazionale, después de lo cual un paseo en fiacre, a dos liras por hora, de tres a siete, le permitió tener una impresión general de la ciudad. Todo aquello resultaba espléndido, por encima de todo posible intento de descripción. Nunca en su vida se había sentido tan bien. Al otro día, echó su primera ojeada (a la que luego seguirían tantas otras) al «Moisés», de Miguel Ángel. Luego de contemplarlo un instante tuvo un relámpago de intuición, mientras reflexionaba sobre la personalidad de Miguel Ángel, que le permitió comprender ésta, si bien probablemente no se trataba en ese momento de la misma explicación que ofreció trece años más tarde. Fue un día de mucho movimiento, ya que volvió a inspeccionar el Panteón y exploró nuevamente el Museo del Vaticano, donde llamaron especialmente su atención el Laoconte y el Apolo Belvedere. Se hallaba aún en un estado de ánimo exaltado. A esto siguió, al día siguiente, el Palatino, que según me dijo se convirtió en su rincón favorito en Roma.


El 10 de septiembre estuvo nuevamente en el Museo del Vaticano de donde salió exaltado por la belleza de lo que había visto. Pasaron el día siguiente en el Monte Albano y Freud informó seguramente a sus hijos que había viajado dos horas sobre una mula.


Luego de doce días inolvidables en Roma, Freud partió el 14 de septiembre, para llegar a Viena después de dos noches de viaje en tren.


A fines de agosto de 1902, envalentonado por su triunfo sobre el calor de Roma el año anterior, planeó una visita a Nápoles y sus alrededores. Es allí donde se encontró, según nos relata, con su doble («otro nuevo, no Horch»), y en uno de sus momentos de superstición preguntaba :«¿Significa esto vedere Napoli e poi morire?». La idea de la muerte raras veces se hallaba lejos de sus pensamientos. A la mañana siguiente partieron para Venecia, vía Trento. También esta ciudad le pareció «indescriptiblemente hermosa» y en ella permanecieron desde el mediodía hasta las nueve de la noche.


Nápoles resultó ser de un «calor inhumano», de manera que se contentaron con hacer una visita al famoso acuario y dos días más tarde se trasladaron a Sorrento.


En este viaje, Freud visitó también Pompeya, Capri, Amalfi, Paestum y contempló el Vesubio.


En agosto de 1904, Freud, acompañado una vez más por su hermano Alexander, hizo un viaje a Grecia y salieron para Brindisi, en un viaje que durarla veinticuatro horas. Entre los pasajeros se hallaba el profesor Dörpfeld, el ayudante del famoso arqueólogo Schliemann. Freud miró con reverencia al hombre que había intervenido en el descubrimiento de la antigua Troya, pero se sintió demasiado tímido para acercarse a él. Al día siguiente pasaron tres horas en Corfú, que Freud comparo con Ragusa, y donde tuvo tiempo de visitar las dos viejas fortalezas venecianas. El barco se detuvo a la mañana siguiente en Patras, para proseguir luego hacia el Pireo, y el 3 de septiembre al mediodía los viajeros se encontraban en Atenas. La primera impresión inolvidable e indescriptible, les fue proporcionada por la visión del templo de Teseo.


A la mañana siguiente pasaron dos horas en la Acrópolis, visita para la cual Freud se preparó luciendo su mejor camisa. Al escribir a su familia les dijo que su experiencia aquí había sobrepasado todo lo que hasta entonces había visto o imaginado, y si recordamos la amplitud de los conocimientos clásicos que fue atesorando desde su adolescencia y su sensibilidad para la belleza podemos entender muy bien lo que estas impresiones significaron para él. Más de veinte años más tarde decía que las columnas color ámbar del Acrópolis eran la cosa más hermosa que había visto en su vida. Frente al Acrópolis tuvo una curiosa experiencia psicológica, que analizó muchos años después en una carta a Romain Rolland. Se trataba de una sensación peculiar de duda e incredulidad respecto a la realidad de lo que tenía ante sus ojos, y provocó el asombro de su hermano al preguntarle si era cierto que realmente se encontraban allí. En el sutil análisis que más tarde hizo Freud, relacionó este sentimiento de duda con la incredulidad con que, en sus años de estudiante pobre, consideraba la idea de que algún día pudiera hallarse en condiciones de visitar un lugar tan admirable. Lo cual a su vez relacionaba con el deseo prohibido de superar en éxitos a su padre. Comparó este mecanismo con el que había descrito en aquellas personas que son incapaces de admitir su propio triunfo, mecanismos del cual habremos de ocuparnos más tarde.


Freud tuvo oportunidad de comprobar en esa ocasión hasta qué punto difería el griego moderno del clásico. Estaba tan familiarizado con éste que en su juventud había escrito su Diario en griego, pero ahora, al darle al cochero las indicaciones para ser llevado al hotel Athena —y a pesar de todas las variantes de pronunciación que ensayó— fracasó rotundamente y tuvo que rebajarse a escribir el nombre del hotel.


Todo el día siguiente lo pasó nuevamente en el Acrópolis. Partieron de Atenas el 6 de setiembre por la mañana, tomaron el tren para Corinto y a través del Canal de Corinto llegaron a Patras, donde a las diez de la noche se embarcaron en viaje de regreso a Viena, vía Trieste.


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