Las relaciones literarias: intertextualidad y traducción

Como apuntábamos en el trabajo anterior, la noción de autoría va a verse cuestionada a partir de los años 60 y 70. Además de lo argüido allí, este cuestionamiento va a verse reforzado por la noción de intertextualidad, que va a incidir sobre la concreción en los textos de las relaciones literarias; por el pensamiento sobre la traducción (la traductología) y su aplicación a los estudios literarios (los Translation Studies); y por el surgimiento de los estudios de la recepción y el papel del lector en la construcción del sentido de los textos. Todas estas aristas confluyen más o menos en el tiempo, produciendo un verdadero giro en la concepción del fenómeno literario.



Si bien el estudio de las relaciones literarias se hace presente en cualquier estudio de literatura comparada -ya el primer comparatismo persigue las influencias de unas literaturas en otras, de unos textos en otros- la sistematización de la misma no cuaja hasta la formulación por Julia Kristeva del término intertextualidad, reformulación, a su vez, del dialogismo de Bajtin. Para el autor ruso, el dialogismo era la presencia en un texto de “otras” voces además de la del autor, dando lugar a una polifonía (1) de voces múltiples e independientes entre sí, no encadenadas a las del autor. Kristeva introduce la intertextualidad en Francia, dentro del movimiento estructuralista, añadiendo al término bajtiniano las relaciones del texto con el contexto de recepción, resultando de ello un doble eje en el universo discursivo de todo texto: uno horizontal (sujeto de la escritura-lector) y otro vertical (texto-contexto). Ambos ejes confluyen “para desvelar un hecho capital: la palabra (el texto) es un cruce de palabras (de textos) en el que se lee al menos otra palabra (texto)” (citado del original por la autora) (2).

Queda establecida así la base sobre la que construir el nuevo papel que el lector desempeña en la producción de sentido, puesto que es él quien opera la lectura y establece las relaciones con otros textos, que no siempre serán establecidas de manera exhaustiva, sino que dependerá de sus conocimientos previos y de la molestia que se tome en la lectura de los textos. Hay que tener en cuenta, no obstante, que las operaciones de lectura acostumbran a estar controladas institucionalmente, respondiendo a menudo a intereses ideológicos y a los requerimientos de las estructuras de poder, por lo que al referirnos al lector no pretendemos insinuar que la lectura no esté mediada por todos estos “agentes”, siendo el lector individual poco más que otro agente de la ideología dominante. Es en este aspecto en el que el contexto desempeña su papel mediador, de recepción.

En el terreno ya puramente del análisis literario, Gerard Genette (3) sistematiza el término intertextualidad -al que él se refiere como transtextualidad-, subdividiéndolo a su vez en cinco tipos distintos que, en grado creciente de abstracción, se denominan: intertextualidad, que correspondería a la presencia efectiva de un texto en otro texto mediante la cita, la alusión o el plagio; la paratextualidad, que sería la relación del texto con los elementos que lo acompañan, como título, subtítulo, epígrafes, prólogos y epílogos, notas al pie, ilustraciones,… Su principal cometido es la influencia sobre el lector (sobre la lectura); el tercer tipo es la metatextualidad, que “es por excelencia la relación crítica” (4). De esta naturaleza son los comentarios críticos y las obras sobre obras. El cuarto tipo es la hipertextualidad, al que Genette le dedica toda la monografía. Por este término entiende Genette “toda relación que une un texto B (al que llamaré hipertexto) a un texto anterior A (al que llamaré hipotexto) en el que se injerta de una manera que no es la del comentario” (5). Pone el ejemplo de La Eneida de Virgilio y el Ulises de Joyce como dos casos de hipertexto cuyo hipotexto sería la Odisea de Homero. La forma de injertarse de una obra en otra puede producirse por transformación simple o indirecta. La transformación simple consistiría en contar lo mismo de distinta manera (Joyce), mientras que la transformación indirecta o imitación narraría hechos bien diferentes pero a la manera del hipotexto (6) (competencia genérica y temática, de las que nos ocuparemos en otro momento).

Por último, el nivel más abstracto de transtextualidad corresponde a lo que Genette llama architextualidad, que no es más que la adscripción genérica de un texto, explícita o implícitamente. Es una categoría de “pura adscripción taxonómica” que el texto “no está obligado a conocer, y mucho menos a declarar” (7). Hay que añadir que estas cinco categorías no son estancas, sino que están inextricablemente unidas, y sus relaciones son numerosas y a menudo decisivas. Así, la architextualidad genérica se establece casi siempre por medio de la hipertextualidad (imitación), y se declara por medio de indicios paratextuales, sin dejar de pertenecer a su vez a la metatextualidad, contenida además en los paratextos (notas al pie, prólogos, estudios introductorios,…) (8).

El concepto de intertextualidad, unido al cuestionamiento de la autoría y a las teorías de la recepción, permite que puedan establecerse relaciones entre obras más allá de la pura intencionalidad del autor, de sus influencias más o menos declaradas. Cabe incluso la posibilidad de que en una obra existan ecos de obras que el autor ni siquiera haya leído, debido al efecto que dichas obras ejercen sobre la cultura o la sociedad en la que el autor está inserto. Me refiero sobre todo a la influencia de determinadas corrientes de pensamiento, escuelas o corrientes, así como a la difusión de determinadas obras, autores o literaturas extranjeras en una nación dada. Una operación de lectura debe establecer las relaciones textuales y literarias con independencia de las limitaciones espacio-temporales del autor físico de la obra; las influencias serán determinadas por el propio texto, esto es, por su lectura, junto a los textos que convoca en su despliegue.

Un caso especial de lectura e intertextualidad: la traducción

El pensamiento sobre la traducción ha sido sistematizado en fechas recientes. Hasta mediados del siglo pasado, era la palabra la unidad sobre la que la traducción operaba, sin tener en cuenta otros aspectos como la totalidad del texto o la cultura de recepción (9). Asimismo, la literatura comparada renegó en sus inicios de la traducción, algo que no resultó en exceso difícil debido a que se centraba en las literaturas europeas. Pero cuando surgió la necesidad de traspasar las fronteras culturales, la traducción se hizo necesaria, considerándose un mal necesario. Históricamente los nombres de los traductores han sido ocultados al público, y su trabajo no ha sido valorado en su justa medida. Todo esto cambió a partir de los años setenta con las teorías de la recepción. Desde esta perspectiva, la traducción es una operación de lectura y una operación crítica sobre la obra fuente que hay que volcar en la lengua y la cultura de recepción, salvando las diferencias temporales y culturales. El traductor se convierte así en una posición influyente y de poder, pues depende de él la imagen y el impacto que una obra puede representar para la cultura de recepción. La competencia traductora incluye el dominio de las dos lenguas implicadas en el proceso de traducción, así como el conocimiento de ambas culturas y de la obra a traducir en toda la riqueza intertextual de la que la obra es portadora en ese momento sincrónico -si es que esto último es posible-. La traducción se convierte, por tanto, en una primera lectura que va a mediatizar la recepción de la obra en una lengua determinada. Es, por tanto, una operación crítica en toda regla. Como dice Lefevere, se trata de una re-escritura y, por tanto, se puede pensar que el traductor se convierte, por derecho propio, en co-autor de la obra. A su vez, el traductor no es un ser independiente que toma las decisiones de manera individual conforme a criterios estéticos bien definidos. Las implicaciones ideológicas a la hora de decidir qué se traduce y cómo se traduce son enormes. La traducción no es un acto neutro, inocente, sino que influye en la idea que una cultura se hace de otra, o puede influir también en la confección del canon de un país, al decidir qué autores se traducen (y cuáles no) y cómo. Esto lo pusieron de manifiesto los integrantes de la escuela de la manipulación y los pensadores de la teoría de los polisistemas, entre los que destaca Itamar Even-Zohar. Como resume muy bien Dora Sales, “para la escuela de la manipulación hay varios conceptos esenciales: polisistema, manipulación, poder y reescritura. Se entiende la traducción como parte de un contexto socio-cultural, un polisistema, en el que la ideología (otro de los conceptos clave desde la perspectiva de la manipulación) tiene una presencia innegable, y en el que las relaciones de poder determinan en gran medida la producción de textos y las posibles manipulaciones a las que éstos pueden verse sometidos” (10) (la cursiva es mía). Una de las aportaciones que me parecen más interesantes de esta escuela es la consideración de la literatura traducida como parte del (poli)sistema literario nacional, pudiendo influir sobre él o al contrario, viéndose influido por el sistema nacional. Es decir, las obras traducidas pueden introducir en un sistema dado nuevas formas o géneros desconocidos para ese sistema -esto suele producirse en literaturas jóvenes, débiles o ambas a la vez- ocupando en ese sistema un lugar central en la confección de un corpus o canon literario; o pueden reforzar estilos y géneros ya existentes en el sistema, ocupando por tanto un lugar periférico en el sistema receptor. Las implicaciones para la historia literaria, para la forma de historiar la literatura, son una vía sugerente aún por explorar. El lugar que ocupan las obras traducidas en el polisistema literario también depende en sumo grado de la posición dominante o secundaria de la lengua o cultura en cuestión: así, las traducciones al inglés representan un porcentaje muy pequeño del total de obras publicadas en los países de habla inglesa, mientras que en otros lugares el porcentaje de traducciones puede incluso superar el 50% del total de publicaciones.

Por otra parte, albergo serias dudas a la hora de optar por una traducción orientada a la cultura de recepción, como proponen los teóricos del polisistema o, por el contrario, apostar por una traducción extranjerizante, como sugiere Venuti (11), “que resalta la diferencia y defiende a las comunidades culturales minoritarias frente a las dominantes”. La verdad es que me siento más dispuesto a salvar las diferencias culturales que a leer a un autor extranjero españolizado (obviamente no es lo mismo traducir un artículo de periódico que una obra literaria). Se trata de decidir si se explicitan en la traducción los intertextos originales o se pone a dialogar el texto original con intertextos de la cultura receptora. Surgen también preocupaciones acerca de las manipulaciones para evitar palabras ofensivas, discriminatorias o perjudiciales para determinados grupos, en lo que ya se conoce como traducción políticamente correcta (12). Las relaciones de poder también determinan la traducción creciente de literaturas dominantes y la casi inexistente de literaturas de los países expoliados (me niego a llamarlos subdesarrollados, pues dicho subdesarrollo no es natural, sino fruto de la frenética actividad de expolio por parte de los países ¿civilizados?). La traducción juega un papel importante en los estudios poscoloniales, pudiendo servir a diferentes objetivos: puede seguir ejerciendo un papel colonizador, conjuntamente con la educación y el control de los mercados; puede servir para mantener las desigualdades culturales subsistentes tras el colapso del colonialismo; o puede ser un canal de descolonización. También surge, en este contexto, el concepto de hibridación, que dificulta enormemente la labor del traductor, pues es fuente de neologismos que contienen elementos de la lengua dominante y la colonizada (13) (probablemente una dificultad similar a los juegos de palabras). Todos estos flecos me llevan a concluir que los europeos tendemos a mirarnos demasiado el ombligo y a desatender las voces que nos llegan desde otros lados. Por otra parte, resulta imposible abarcar la historia literaria mundial en el plazo limitado de una vida, por lo que es necesario tomar decisiones. Optar una vez establecida una panorámica general de todas las literaturas me parece bien. Sólo hace falta apostar por esa opción educativa, aspecto en el cual los profesionales que elaboran los contenidos curriculares deberían esforzarse un poco más, por hablar sólo de un sector en el que me siento implicado en cierta medida.

El feminismo ha hecho hincapié en los aspectos sexistas y patriarcales de las traducciones -y del pensamiento sobre la traducción (las belles infidèles, la violación del texto)-, originando estudios que reparan en las marcas sexistas en las traducciones y el ocultamiento de las traductoras, así como la promoción de traducciones de escritoras y la traducción en femenino, que supone, en cierta medida, una subversión del lenguaje patriarcal, con propuestas revolucionarias como el secuestro del texto (¿quizás en oposición a violación?) -es decir, la apropiación del texto desde una óptica feminista- y la traducción mediante la introducción de neologismos, la supresión del genérico masculino, creación de nuevas significaciones, uso de marcas tipográficas para resaltar determinados elementos (desde esta dialéctica, además del secuestro hay que incluir la violación del texto, por muy feminista que sea). Todas estas operaciones, además de la inclusión de prefacios y notas al pie por parte de la traductora, pueden realizarse “gracias a la existencia de un intertexto feminista, de una complicidad intertextual, un corpus de obras feministas que crea un contexto favorable a la transgresión y que sirve de inspiración a la infidelidad” (14).

A manera de conclusión, y retomando las relaciones de los Translation Studies con la literatura comparada, Susan Bassnett va más allá de la simple reconciliación y afirma: “El campo de la literatura comparada ha reivindicado siempre los estudios de la traducción como subcampo, pero ahora, cuando los últimos se están estableciendo, por su parte, firmemente como disciplina basada en el estudio intercultural, ofreciendo además una metodología de cierto rigor, tanto en relación con el trabajo teórico como con el descriptivo, ha llegado el momento en que la literatura comparada ya no tiene tanto la apariencia de ser una disciplina propia, sino más bien la de constituir una rama de otra cosa (15). Una buena reflexión para dejarlo aquí y pensar en ello.



Bibliografía no consignada en el texto que ha podido influir en su redacción

- Bassnett, S. "From Comparative Literature to Translation Studies". En Bassnett, S. Comparative Literature. A Critical Introduction. Oxford: Blackwell, 1993.
- Even-Zohar, I. "La posición de la literatura traducida en el polisistema literario". En Iglesias Santos, M. Teoría de los polisistemas. Madrid: ARCO/LIBROS. Bibliotheca Philologica. Serie Lecturas, 1999.
- Guglielmi, Marina. "La traducción literaria". En Gnisci (ed.). Introducción a la literatura comparada. Barcelona: Crítica, 2002.


NOTAS

(1) (↑) Maracara Martínez, Carmen Isabel. Intertextualidad, subalternidad e ironía: la obra de Carlos Monsiváis. Bellaterra: Universidad Autónoma de Barcelona, 2001 (tesis doctoral sin publicar, consultada en línea: http://ddd.uab.cat/pub/tesis/2001/tdx-1108101-162932/cimm1de2.pdf, p. 129)
(2) (↑) Op. cit., p. 136. El entrecomillado remite a Kristeva, Julia. Semiótica 1. Fundamentos, Madrid 1978, p. 190.
(3) (↑) Palimpsestos. La literatura en segundo grado. Madrid: Taurus, 1989. El original francés es de 1982.
(4) (↑) Op. cit., p. 13.
(5) (↑) Op. cit., p. 14.
(6) (↑) Op. cit., p. 15.
(7) (↑) Op. cit., p. 13.
(8) (↑) Op. cit., p. 17.
(9) (↑) André Lefevere, «Introduction: Comparative Literature and Translation», Comparative Literature, 47 (1995), 1-10. Traducción de N. Carbonell. Texto procedente de María José Vega y Neus Carbonell (eds.), La literatura comparada: principios y métodos. Madrid: Gredos, 1998.
(10)  (↑) Sales Salvador, Dora. "La relevancia de la documentación en teoría literaria y literatura comparada para los estudios de traducción". En Translation Journal vol. 7, nº 3, 2003. Recurso electrónico: http://accurapid.com/journal/25documents.htm
(11) (↑) Venuti, Lawrence. The Translator’s Invisibility: a History of Translation. London: Routledge, 1995. Citado en Hurtado Albir, Amparo. Traducción y traductología: introducción a la traductología. Madrid: Cátedra, 2001 (p. 618).
(12) (↑) Op. cit., p. 619.
(13) (↑) Op. cit., p. 625.
(14) (↑) Op. cit., p. 629. Las consideraciones sobre el feminismo están extraídas básicamente de las páginas 626-630 de la citada obra.
(15) (↑) Bassnett, Susan. "¿Qué significa literatura comparada hoy?" En Romero López, D. (comp.) Orientaciones en literatura comparada. Madrid: ARCO/LIBROS. Bibliotheca Philologica. Serie Lecturas, 1998 (pp. 87-101). La cita corresponde a la p. 101. La cursiva es mía.


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