Jung sobre Freud (3 de 3)

Tercer (y último) fragmento del capítulo titulado "Sigmund Freud" de la autobiografía de Carl Gustav Jung.


No pude nunca darle la razón a Freud de que el sueño es una «fachada» tras la cual se oculta su sentido; un sentido que es ya consciente, pero que está implícito en la consciencia, por así decirlo, de modo maligno. Para mí los sueños son naturaleza a la cual no es inherente ninguna tentativa de engaño, sino que expresa algo, lo mejor que puede —como una planta que crece, o un animal que busca su alimento. Así también los ojos no quieren engañar, pero quizás nos engañamos porque los ojos son miopes. O bien oímos mal, porque los oídos son algo sordos, pero no porque ellos quieran engañarnos. Mucho antes de que conociera a Freud había considerado lo inconsciente, así como a los sueños, su expresión inmediata, como un proceso natural en el cual no cabe nada arbitrario ni intención engañosa alguna. No veía motivos para suponer que los estados de consciencia se extiendan también a los procesos naturales del inconsciente. Por el contrario, la experiencia cotidiana me enseñaba cuán tenazmente se oponía el inconsciente a las tendencias de la consciencia.

El sueño de la casa produjo en mí un efecto especial: despertó mi antigua afición por la arqueología. Al regresar a Zurich abrí un libro sobre excavaciones babilónicas y leí diversas obras sobre los mitos. Entre ellos cayó en mis manos el Symbolik und Mythologie der alten Völker (Simbolismo y mitología de los pueblos antiguos), de Friedrich Creuzer,[1] ¡y qué apasionante! Leía como obsesionado y me abrí paso con apasionado interés por entre montañas de cuestiones mitológicas y finalmente también de cuestiones gnósticas. Terminé en una confusión total. Me encontré en una situación de parecida desorientación como otrora en la clínica, cuando intentaba comprender el significado del estado mental psicopático. Me sentí como en un manicomio imaginario y comencé a analizar y «tratar» todos los centauros, ninfas, dioses y diosas, como si fueran mis pacientes. En este trabajo no pude menos que descubrir fácilmente la próxima relación de la mitología antigua con la psicología de los primitivos, lo cual me exigió un posterior estudio intensivo. Los intereses paralelos de Freud en este aspecto me causaron algún malestar, pues creí reconocer en él un predominio de su teoría frente a los hechos.

Durante este estudio hallé el trabajo de una joven americana desconocida para mí, Miss Miller. Este trabajo ha sido publicado por mi admirado amigo de la familia Théodore Flournoy en los Archives de Psychologie (Ginebra).[2] Enseguida quedé impresionado por el carácter mitológico de las fantasías. Produjeron en mí el efecto de un catalizador para las ideas estancadas en mí y todavía desordenadas. Progresivamente surgió de ellas, y de mis conocimientos sobre los mitos, el libro Wandlungen und Symbole der Libido. Mientras trabajaba en él tuve sueños significativos que acusaban la ruptura de relaciones con Freud. Uno de los más impresionantes tenía lugar en una región montañosa en las cercanías de la frontera suizo-austríaca. Era por la tarde y vi un anciano con el uniforme de funcionario de aduanas austríaco. Pasó ante mí algo encorvado, sin reparar en mí. La expresión de su cara era huraña, algo melancólica y enojada. Había otros hombres y alguien me informó de que el anciano no era real, sino el espíritu de un funcionario de las aduanas, muerto hacía años. «Éste es uno de los que no podían morir», se decía.

Ésta es la primera parte del sueño.

Cuando empecé a analizarlo, la aduana me pareció idéntica a la «censura»; la frontera me recordaba la existente entre la conciencia y el inconsciente, por una parte, y por otra, aquélla entre las opiniones de Freud y las mías. La inspección —minuciosa— en la frontera me pareció representar el psicoanálisis. Con ello se descubren premisas ignoradas. Él anciano aduanero había presenciado en su profesión tan pocas cosas satisfactorias y alentadoras que su concepción del mundo le prestaba una expresión amarga. No podía prescindir de las analogías con Freud.

Precisamente entonces (1911) Freud había perdido en cierto sentido su autoridad para mí. Pero significaba ahora como antes una descollante personalidad en la que yo proyectaba a mi padre y esta proyección en la época en que tuvo lugar el sueño perduraba todavía. Cuando ocurre una proyección de este tipo, no se es objetivo, sino que se tiene un criterio dividido. Por una parte se está sometido y por otra parte existen resistencias. En la época en que tuvo lugar el sueño yo valoraba todavía muy alto a Freud; pero, por otra parte, adoptaba yo una actitud crítica ante él. Ésta actitud dividida denotaba que yo, en tal situación, era todavía inconsciente y no la había reflejado. Esto es característico de todas las proyecciones. Él sueño me ayudó a adquirir claridad.

Bajo la influencia de la personalidad de Freud me había privado en lo posible de mi propio juicio y reprimido mi sentido crítico. Esto constituía la condición previa bajo la que podía colaborar. Me decía a mí mismo: «Freud es mucho más experimentado y más hábil que tú. Ahora escucha simplemente lo que él dice y aprende de él.» Y entonces, para mi asombro, soñé que él era un funcionario amargado de la monarquía austríaca, le soñé muerto, pero como inspector de aduanas aún «en activo». ¿Significaba esto el deseo de muerte que Freud mencionaba? Yo no podía hallar a nadie en mí que normalmente hubiese podido abrigar tal deseo, pues quería, por así decirlo, à tout prix, colaborar y participar de la riqueza de sus experiencias de un modo resueltamente egoísta, y para ello resultaba muy apreciable su amistad. Así pues, no tenía motivo alguno para desearle la muerte. Ciertamente el sueño podía ser una corrección, una compensación de mi estima y admiración conscientes que —inoportunamente para mí— iban por lo visto demasiado lejos. El sueño traslucía una postura algo crítica. Estaba sorprendido, aunque la conclusión del sueño parecía incluir un presagio de inmortalidad.

El sueño no terminó con el episodio del aduanero, sino que, tras un hiato, siguió una segunda parte muy significativa. Me hallaba en una ciudad italiana y era mediodía, entre las doce y la una. Un ardiente sol calcinaba los callejones. La ciudad estaba construida sobre una colina y me recordaba un lugar determinado de Basilea, el Kohlenberg. Las callejuelas, que desde allí conducían al Birsigtal, que cruza la ciudad, estaban formadas en parte por escaleras. Unas escaleras de este tipo descendían a la Barfüsserplatz. Era Basilea y, sin embargo, era una ciudad italiana, algo así como Bérgamo. Era verano y el radiante sol se hallaba en su cénit, todo se encontraba inundado de intensa luz. Mucha gente transitaba ante mí y yo sabía que los comercios estaban cerrados y la gente se dirigía a casa a comer. Entre esta marea humana iba un caballero con toda su indumentaria. Subió las escaleras y pasó ante mí. Llevaba un yelmo con aberturas para los ojos y un traje de mallas. Encima llevaba una túnica blanca en la que estaba bordada, por delante y por detrás, una gran cruz roja.

Pueden ustedes imaginarse qué impresión me causó ver de pronto en una ciudad moderna al mediodía, en el momento de máximo tráfico, acercárseme un cruzado. Particularmente me extrañó el que ninguna de las muchas personas que transitaban parecía reparar en él. Nadie se volvía hacia él, ni le miraba, me parecía como si fuera por completo invisible para los demás. Yo me preguntaba qué significaba este fenómeno y fue como si alguien me respondiera —pero allí no había nadie que tal dijese—: «Esto es un fenómeno corriente. Siempre, entre doce y una, pasa por aquí el caballero y esto desde hace mucho tiempo (tenía la impresión que desde hacía siglos) y todo el mundo lo sabe.»

El sueño me impresionó profundamente, pero entonces no supe comprenderlo en absoluto. Estaba impresionado y confuso y no hallaba explicación alguna.

El caballero y el aduanero eran figuras entre sí opuestas. El aduanero era sombrío, como alguien que «todavía no podrá morir» —un fenómeno que se va extinguiendo—. El caballero, por el contrario, estaba lleno de vida y era totalmente real. La segunda parte del sueño era en gran medida luminosa, la escena en la frontera, trivial, y en sí no impresionante, y sólo me impresionó después de meditar sobre ellas.

Hice muchas interpretaciones sobre la enigmática figura del caballero sin llegar a captar por completo su significado. Sólo mucho más tarde, tras haber meditado mucho tiempo sobre el sueño, pude comprender en cierto modo su sentido. Ya en el sueño sabía que el caballero pertenecía al siglo XII. Es la época en que comenzó la alquimia y la cuestión del Santo Grial. Las historias del Grial desempeñaron para mí, desde muy joven, un importante papel. Cuando tenía quince años leí por vez primera acerca de esta cuestión y ello constituyó un acontecimiento inolvidable, una impresión que no me abandonó nunca. Sospechaba que allí se ocultaba todavía un misterio. Así pues, me pareció totalmente natural que el sueño evocara de nuevo el mundo de los caballeros del Grial y su sacrificio, pues ello era, en su sentido más íntimo, mi mundo, que apenas tenía nada que ver con el de Freud. Todo en mí buscaba lo todavía desconocido, lo que podía otorgar un sentido a la banalidad de la vida.

Me causaba profunda desilusión el que, pese a todos los esfuerzos de la ciencia, aparentemente no pudiera descubrirse en las profundidades del alma nada más que lo «genéricamente humano» sobradamente conocido. Crecí en el campo entre campesinos y lo que no pude aprender en el establo lo aprendí en las agudezas de Rabelais y en las ingeniosas fantasías del folklore de nuestros campesinos. Incestos y perversidades no eran para mí novedades especiales ni requerían una explicación especial. Pertenecían, con la criminalidad, al negro poso que me hacía perder el gusto por la vida, mientras que no hacía más que ponerme ante los ojos, con demasiada claridad, la fealdad y la insensatez de la existencia humana. Era para mí algo evidente que las berzas crecieran sobre el estiércol. Tuve que admitir que no podía descubrir en ello ninguna idea interesante. Son siempre las gentes de ciudad quienes nada saben de la naturaleza y del establo humano, pensaba yo, los que hace tiempo que están hartos de estos infortunios.

Naturalmente, los hombres que nada saben de la naturaleza son neuróticos, pues no se adaptan a la realidad. Son demasiado ingenuos, como niños, y se les debe explicar, por así decirlo, que son hombres como los demás. Es verdad que con ello los neuróticos no están todavía curados y sólo pueden conseguir recuperar la salud si se desprenden del cieno de cada día. Pero sólo se encuentran a gusto en su situación de represión, y ¿cómo podrían librarse de ella, si el psicoanálisis no les revela algo mejor y distinto, si incluso la teoría los aprisiona y sólo les deja como posibilidad de solución la decisión «razonable» o «racional» de renunciar definitivamente a sus chiquilladas? Pero esto es precisamente lo que, por lo visto, no pueden hacer. ¿Y cómo podrían hacerlo si no se les descubre algo en que poder apoyarse? No se puede rechazar ninguna forma de vida sin sustituirla por otra. Un modo de vivir totalmente razonable es en la práctica generalmente imposible, máxime cuando, en principio, se es un neurótico.

Ahora comprendía por qué me resultaba del mayor interés la psicología personal de Freud. Debía saber a toda costa cómo surgió su «solución razonable». Ello era para mí una cuestión vital por cuya respuesta estaba yo dispuesto a sacrificar mucho. Ahora lo veía claro. Él mismo tenía una neurosis y concretamente fácil de diagnosticar por sus síntomas bastante desagradables, como descubrí en nuestro viaje a América. Me descubrió entonces que todo el mundo es algo neurótico y que, por lo tanto, hay que ser tolerante. Pero no me sentía dispuesto a quedar satisfecho con esto, sino que quería saber mucho más, es decir, cómo se puede evitar una neurosis. Había visto que ni Freud ni sus discípulos podían comprender qué significaba el psicoanálisis en la teoría y en la práctica, puesto que ni siquiera el maestro había logrado resolver su propia neurosis. Cuando anunció su intención de identificar y dogmatizar la teoría y el método, ya no pude cooperar más con él, y no me quedó más opción que retrotraerme a mí.

Cuando llegué en mi trabajo sobre Wandlungen und Symbole der Libido al final del capítulo sobre el sacrificio sabía de antemano que ello me costaría la amistad con Freud. Tenía que exponer allí mi propia noción del incesto, la transformación decisiva del concepto de la libido, además de otras ideas por las que me diferenciaba de Freud. Para mí el incesto significaba sólo en muy raros casos una complicación personal. En la mayoría de casos representaba algo de naturaleza altamente religiosa, razón por la cual desempeña en casi todas las cosmogonías y en numerosos mitos un papel decisivo. Pero Freud persistía en la interpretación textual y no podía captar el significado espiritual del incesto como símbolo. Yo sabía que él nunca podría aceptar esto.

Hablé con mi mujer y le comuniqué mis temores. Ella intentó tranquilizarme, pues opinaba que Freud aceptaría generosamente mis opiniones, aunque para sí no pudiese admitirlas. Yo estaba convencido de que no era capaz de ello. Estuve dos largos meses sin tocar la pluma y preocupado por esta cuestión: ¿debo silenciar lo que pienso o debo arriesgar mi amistad? Finalmente me decidí a escribir y me costó la amistad con Freud.

Después de la ruptura con Freud todos mis amigos y conocidos se separaron de mí. Mi libro fue declarado un mamotreto. Riklin y Maeder fueron los únicos que me apoyaron. Pero yo había previsto ya este ostracismo y no me había hecho ilusiones sobre la reacción de los que se llamaban mis amigos. Era un punto en el que había meditado mucho. Sabía que me jugaba el todo por el todo y que debía responder de mis propias convicciones. Vi que mi capítulo «El sacrificio» significaba mi sacrificio. Con esta idea pude volver a escribir a pesar de que preveía que nadie comprendería mi opinión.

Mirando hacia atrás puedo decir que he sido el único en seguir ocupándose debidamente de los dos problemas que más interesaron a Freud: el de los «restos arcaicos» y el de la sexualidad. Es un error muy frecuente pretender que no he sabido ver el valor de la sexualidad. Por el contrario, desempeña un importante papel en mi psicología, concretamente como expresión esencial —aunque no única— de la integridad psíquica. Fue también mi objetivo principal investigar y explicar su significado personal y su aspecto espiritual más allá de la función biológica y su sentido numinoso: es decir, expresar lo que fascinó a Freud, pero que no pudo comprender. Las obras Die Psychologie der Übertragung (Psicología de la transferencia) y Mysterium Coniunctionis contienen mis ideas sobre este tema. Como manifestación de un espíritu etónico, la sexualidad es de la mayor importancia. Pues aquel espíritu es «la otra cara de Dios», la parte oscura de la imagen de Dios. (*) Las cuestiones del espíritu etónico me preocuparon desde que penetré en el mundo ideológico de la alquimia. En el fondo, este interés se me despertó en aquella primera conversación con Freud al comprobar la profunda emoción que sentía él por la sexualidad, sin que pudiera yo explicármelo.

El mérito de Freud consistió en que tomó en serio a sus pacientes neuróticos y penetró en su propia e individual psicología. Tuvo el valor de dejar hablar a la casuística y de este modo adentrarse en la psicología individual del enfermo. Veía, por así decirlo, con los ojos del enfermo y consiguió de este modo adquirir una comprensión de la enfermedad más profunda de lo que hasta entonces fue posible. En este aspecto tuvo imparcialidad y valentía. Esto le llevó a superar multitud de prejuicios, a destronar falsos dioses, a poner en evidencia un montón de hipocresías y falsedades y denunciar despiadadamente a la luz del día la corrupción del alma contemporánea. No temió tener que soportar la impopularidad de tan audaz empresa. El impulso que ha dado a nuestra cultura consiste en haber descubierto un acceso al inconsciente.

Al reconocer el sueño como la más importante fuente de información sobre los fenómenos del inconsciente arrebató al pasado y al olvido un valor que parecía irremisiblemente perdido. Demostró empíricamente la existencia de una psiquis inconsciente que anteriormente sólo existía como postulado filosófico, concretamente en la filosofía de Carl Gustav Carus y Eduard von Hartmann.

Se puede decir que la actual consciencia cultural, en su expresión filosófica, no ha aceptado todavía la idea del inconsciente y sus consecuencias, a pesar de que se la confronta con él desde hace más de medio siglo. La idea fundamental y básica de que nuestra existencia psíquica tiene dos polos continúa siendo una tarea del futuro.


1. (↑) Leipzig y Darmstadt, 1810-1823.
2. (↑) Sobre Th. Flournoy, cfr. Apéndice, p. 436 y s.
* (↑) Cfr. Glosario: Imagen de Dios. El concepto procede de los padres de la Iglesia según los cuales la imago Dei (imagen de Dios) está acuñada en el alma del hombre. Si una imagen de este tipo emerge espontáneamente en sueños, fantasías, visiones, etc., debe entenderse dentro del modo de observación psicológico como un símbolo del Mismo (véase Mismo).
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