Jung sobre Freud (2 de 3)

Segundo fragmento (de tres) del capítulo "Sigmund Freud" de la autobiografía de Carl Gustav Jung:



Siempre que el alma, en virtud de una experiencia numinosa, es sometida a una brusca oscilación, existe el peligro de que los hilos, de los cuales cuelga, se rompan. De este modo, un hombre cae en un absoluto «sí» y otro en un «no», igualmente absoluto. «Nirvana» (libre de los Dos) dice el Oriente. No lo he olvidado. El péndulo espiritual oscila siempre entre la sensatez y el absurdo y entre lo verdadero y lo falso. El peligro del numinoso estriba en que conduce a los extremos, y que una verdad humilde se toma por la verdad y un pequeño error es tenido por un fatal extravío. Tout passe; lo que ayer era verdad, es hoy desilusión y lo que anteayer pasaba por conclusión falsa, puede ser mañana un descubrimiento, y naturalmente mucho más en cuestiones psicológicas acerca de las cuales en realidad sabemos todavía muy poco. No nos hemos dado cuenta siempre de lo que significa que no exista nada en absoluto, si una consciencia pequeña —¡oh, tan efímera!— no ha observado algo de ello.
La conversación con Freud me mostró que él temía que la luz numinosa de su teoría sexual pudiera extinguirse por la «negra avalancha». De ello surgió una situación mitológica: la lucha entre luz y tinieblas. Esto explica la numinosidad de esta cuestión y el recurrir inmediatamente a un refugio religioso, a un dogma. En mi próximo libro, que se ocupa de la psicología de la lucha heroica [1], describo el trasfondo mítico de la extraña actitud de Freud.

La interpretación sexual por una parte y las ansias de poder del «dogma» por otra me condujeron, en el transcurso de los años, al problema tipológico, así como a la polaridad y energética del alma. A ello siguió la investigación, durante varios decenios, de la «negra avalancha del ocultismo»; intenté comprender las premisas históricas conscientes e inconscientes de nuestra psicología actual.

Me interesaba oír las opiniones de Freud sobre la precognición y sobre parapsicología en general. Cuando le visité en 1909 en Viena le pregunté qué pensaba acerca de ello. De acuerdo con su prejuicio materialista, rechazó radicalmente la cuestión como algo absurdo, basándose en un positivismo tan superficial, que me fue difícil no responderle con acritud. Transcurrieron todavía algunos años hasta que Freud reconoció la importancia de la parapsicología y la autenticidad de los fenómenos «ocultos».

Mientras Freud exponía sus argumentos, yo sentí una extraordinaria sensación. Me pareció como si mi diafragma fuera de hierro y se pusiera incandescente —una cavidad diafragmática incandescente. Y en este instante sonó un crujido tal en la biblioteca, que se hallaba inmediatamente junto a nosotros, que los dos nos asustamos. Creímos que el armario caía sobre nosotros. Tan fuerte fue el crujido. Le dije a Freud: «Esto ha sido un fenómeno de exteriorización de los denominados catalíticos.»
«¡Bah —dijo él—, esto sí que es un absurdo!»
«Pues no», le respondí, «se equivoca usted, señor profesor. Y para probar que llevo razón le predigo ahora que volverá inmediatamente a oírse otro crujido». Y, efectivamente: ¡apenas había pronunciado estas palabras se oyó el mismo crujido en la biblioteca!

No sé aún hoy por qué tenía tal certeza. Pero sabía con toda exactitud que el crujido iba a repetirse. Freud me miró horrorizado. No sé qué pensaba o qué miraba. En todo caso, este hecho despertó su desconfianza hacia mí y yo tuve la sensación de haberle hecho algo. Nunca más volví a hablarle de esto. [2]

El año 1909 fue un año decisivo en nuestras relaciones. Fui invitado a la Clark University (Worcester, Mass.) para dar unas conferencias sobre el ensayo de asociación. Independientemente de mí, Freud recibió también una invitación y decidimos viajar juntos. [3] Nos encontramos en Bremen, nos acompañaba Ferenczi. En Bremen sucedió el incidente tan discutido del desmayo de Freud. Fue provocado —indirectamente— por mi interés por las «momias del pantano». Yo sabía que en ciertas regiones del norte de Alemania se habían hallado los llamados cadáveres de los pantanos. Son en parte cadáveres de hombres prehistóricos que se ahogaron en los pantanos o fueron enterrados allí. El agua del pantano contiene ácidos húmicos que atacan a los huesos, a la vez que curten la piel de tal modo que ésta, al igual que los cabellos, quedan perfectamente conservados. De este modo se realiza un proceso natural de momificación en el que, sin embargo, por la acción del peso del fango los cadáveres han quedado aplanados por completo. Se les encuentra ocasionalmente en las tumberas de Holstein, Dinamarca y Suecia.

Estas momias de los pantanos, sobre las cuales había yo leído algo, me vinieron a la memoria cuando estábamos en Bremen, pero estaba algo «confundido» y ¡los había tomado por las momias de las cámaras de plomo de Bremen! Mi interés irritó a Freud. «Pues ¿qué le pasa a usted con estos cadáveres?», me preguntó varias veces. Se disgustó mucho y durante una conversación sobre ello en la mesa sufrió un mareo. Después me dijo que estaba convencido de que esta charla sobre cadáveres significaba que yo le deseaba la muerte. Quedé más asombrado por esta opinión suya. Quedé asustado y ciertamente por el poder de sus fantasías que podían llegar a ocasionarle un desmayo.

De modo parecido, Freud padeció un desmayo en otra ocasión en mi presencia. Fue durante el Congreso psicoanalítico en Munich en 1912. Alguien guió la conversación hacia Amenofis IV. Se recalcó que su actitud hostil respecto a su padre le llevó a destruir las inscripciones en las estelas funerarias y que detrás de su gran intuición de una religión monoteísta se ocultaba su complejo de padre. Esto me irritó e intenté explicar que Amenofis fue un hombre genial y profundamente religioso, cuyos hechos no pueden explicarse por antagonismos personales contra su padre. Por el contrario, honró la memoria de su padre y su celo destructor se orientó exclusivamente contra el nombre del dios Amón, que hizo suprimir en todas partes, y naturalmente quitó también de las inscripciones funerarias de su padre la palabra Amón-hotep. Además, también otros faraones hicieron sustituir en los monumentos y en las estatuas los nombres de sus antepasados, divinos o auténticos, por el suyo propio, dado que se sentían, con justo título, encarnaciones del mismo Dios. Pero no habían instaurado ni una nueva religión ni un nuevo estilo.

En este instante Freud cayó desmayado de la silla. Todos le rodearon azorados. Entonces le tomé en brazos y le llevé a la habitación contigua donde le deposité en un sofá. Ya mientras le llevaba en brazos comenzó a volver en sí y la mirada que me dirigió no la olvidaré nunca. En su impotencia me miró como si yo fuera su padre. Lo que contribuyó a provocar este desmayo —la atmósfera estaba muy tensa— fue, igual que en el caso anterior, la fantasía sobre el asesinato del padre.

Con anterioridad, Freud había formulado ante mí repetidas alusiones a que me consideraba su sucesor. Estas predicciones me resultaban penosas, pues yo sabía que no sería capaz de patrocinar correctamente sus opiniones, es decir, con el significado que él les daba. Además, tampoco había logrado exponer mis objeciones de tal modo que él pudiera aceptarlas, y sentía demasiado respeto por él para poder exigir una explicación definitiva. La idea de que debía encargarme de la dirección de un grupo me resultaba desagradable por muchos motivos. No me interesaba una cosa así. No podía sacrificar mi independencia espiritual y este aumento de prestigio me resultaba incómodo porque no significaba otra cosa que un abandono de mis verdaderos fines. Para mí se trataba de la investigación de la verdad y no de una cuestión de prestigio personal.

Nuestro viaje a los Estados Unidos, que emprendimos en 1909 en Bremen, duró siete semanas. Estuvimos juntos todos los días y analizábamos nuestros sueños. Tuve entonces sueños importantes, con los que Freud no supo qué hacer. No le hice por ello censura alguna, pues al mejor analista le puede suceder que no pueda descifrar el acertijo de un sueño. Era un fallo humano y nunca me hubiera inclinado a interrumpir nuestros análisis y nuestra relación me resultaba sobremanera valiosa. Consideraba a Freud una personalidad de más edad, más madura y de mayor experiencia, y a mí como a un hijo. Sin embargo, sucedió algo que supuso un duro golpe a nuestras relaciones.

Freud tuvo un sueño cuyo contenido no estoy autorizado a exponer. Lo interpreté lo mejor que supe, pero añadí que se podían deducir muchas más cosas si quería comunicarme algunos detalles de su vida privada. A estas palabras, Freud me miró extrañado —su mirada estaba llena de desconfianza— y dijo: «El caso es que no puedo arriesgar mi autoridad.» En este instante la perdió. Esta frase se me grabó en la memoria. En ella estaba escrito el final de nuestra relación. Freud colocaba la autoridad personal por encima de la verdad.

Freud no pudo, tal como he dicho, interpretar mis sueños de entonces más que parcialmente o incluso en absoluto. Se trataba de sueños de significado colectivo con gran cantidad de material simbólico. Especialmente uno de ellos fue importante para mí, pues me sugirió por vez primera el concepto de «inconsciente colectivo» y constituyó una especie de introducción a mi libro Wandlungen und Symbole der Libido.

Tal fue el sueño: Me encontraba en una casa desconocida para mí que tenía dos plantas. Era «mi casa». Yo me hallaba en la planta superior. Allí había una especie de sala de estar donde se veían bellos muebles antiguos de estilo rococó. De la pared colgaban valiosos cuadros antiguos. Yo me admiraba de que tal casa pudiera ser la mía y pensé: ¡no está mal! Pero entonces caí en que todavía no sabía qué aspecto tenía la planta inferior. Descendí las escaleras y entré en la parte baja. Allí todo era mucho más antiguo y vi que esta parte de la casa pertenecía aproximadamente al siglo XV o XVI. El mobiliario era propio de la Edad Media y el pavimento era de ladrillos rojos. Todo estaba algo oscuro. Yo iba de una habitación a otra y pensaba: ¡Ahora debo explorar toda la casa! Llegué a una pesada puerta, que abrí. Tras ella descubrí una escalera de piedra que conducía al sótano. Bajé y me hallé en una bella y abovedada sala muy antigua. Inspeccioné las paredes y descubrí que entre las piedras del muro había capas de ladrillos; la argamasa contenía trozos de ladrillos. Ahora mi interés subió de punto. Observé también el pavimento, que constaba de baldosas. En una de ellas descubrí un anillo. Al tirar de él se levantó la losa y nuevamente hallé una escalera. Era de peldaños de piedra muy estrechos que conducían hacia el fondo. Bajé y llegué a una pequeña gruta. En el suelo había mucho polvo, y huesos y vasijas rotas, como restos de una cultura primitiva. Descubrí dos cráneos humanos semidestruidos y al parecer muy antiguos. Entonces me desperté.

Lo que le interesó particularmente a Freud fueron los dos cráneos. Una y otra vez volvió a hablar de ellos y me insinuó que intentara hallar un deseo en relación con ellos. ¿Qué pensaba yo sobre los cráneos? ¿Y de quién procedían? Naturalmente, yo sabía exactamente por dónde iba: que aquí se ocultaban deseos de muerte. Pero ¿qué quiere exactamente?, pensaba yo para mis adentros. ¿A quién debo desearle la muerte? Me opuse tenazmente a tal interpretación e incluso llegué a vislumbrar qué significaba realmente este sueño. Pero entonces no confiaba realmente en mis opiniones y quería oír la suya. Quería aprender de él. Así pues, me dejé llevar por sus intenciones y dije: «Mi mujer y mi cuñada» —¡pues tenía que nombrar a alguien a quien valiese la pena desearle la muerte!

Entonces hacía poco que estaba casado y sabía con exactitud que nada en mí indicaba tales deseos. Pero no podía someter a Freud mis propias opiniones sobre la interpretación del sueño sin encontrar incomprensión y una tenaz oposición. No me sentía preparado para esto y temía también perder su amistad si persistía en mi punto de vista. Por otra parte, quería saber qué se desprendería de mi respuesta y cómo reaccionaría él, si le llevaba por un camino erróneo, pero sin salirse de su doctrina. Así, pues, le expliqué una mentira.

Era plenamente consciente de que mi proceder no era moralmente irreprochable. Pero no me hubiera sido posible permitirle que se enterase de mi ideología. El abismo entre ésta y la suya era demasiado grande. De hecho, Freud pareció aliviado por mi respuesta. Me di cuenta de que se hallaba indefenso frente a tales sueños y se refugiaba en su doctrina. Pero a mí me interesaba hallar el verdadero sentido del sueño.

Me resultaba evidente que la casa representaba un tipo de psiquis, es decir, mi estado de conciencia de entonces con sus complementos hasta entonces ignorados. La consciencia estaba representada por la sala de estar. En el ambiente se notaba que estaba habitada, pese al estilo antiguo.

En la planta baja comenzaba ya el inconsciente. Cuanto más descendía yo, tanto más extraño y oscuro se volvía. En la gruta hallé restos de una cultura primitiva, es decir, el mundo de los hombres primitivos en mí, que apenas puede ser ya alcanzado o iluminado por la consciencia. El alma primitiva del hombre linda con la vida del alma animal, como también las cuevas prehistóricas fueron habitadas las más de las veces por animales, antes de que los hombres se las apropiaran.

Me resultó entonces especialmente consciente cuán profundamente sentía yo la diferencia entre la actitud espiritual de Freud y la mía. Me había educado en la atmósfera intensamente histórica de Basilea a fines del siglo pasado y había adquirido, gracias a la lectura de los filósofos antiguos, una cierta información sobre la historia de la psicología. Cuando meditaba sobre los sueños y el significado del inconsciente no lo hacía sin establecer una comparación histórica; en mi época universitaria me había servido siempre del viejo diccionario de filosofía de Krug. Conocía especialmente los autores del siglo XVIII, así como los de principios del siglo XIX. Este mundo constituía la atmósfera de mi cuarto de estar en el primer piso. Frente a esto tuve la impresión como si la Historia del Espíritu de Freud se enraizase en Büchner, Moleschott, Dubois-Reymond y Darwin.

A mi estado de conciencia ya reseñado, el sueño añadía ahora más estratos de consciencia: la planta baja, desde hacía tiempo deshabitada y de estilo medieval, después el sótano romano y finalmente la gruta prehistórica. Representaban tiempos pasados y estratos de consciencia superados.

Muchas cuestiones me habían preocupado vivamente la víspera del sueño: ¿sobre qué premisas se apoya la psicología de Freud? ¿A qué categoría del pensamiento humano pertenece? ¿En qué relación se encuentra su casi exclusivo personalismo con respecto a las premisas generales históricas? Mi sueño dio la respuesta. En él se retrocedía hasta los fundamentos de la historia de la cultura, de una historia de estados de consciencia sucesivos. Representaba algo así como un diagrama estructural del alma humana, una premisa de naturaleza completamente impersonal. Esta idea dio en el blanco: it clicked, como dicen los ingleses; y el sueño se convirtió para mí en una imagen directriz que en los próximos años se confirmaría de un modo desconocido por mí. Me dio el primer presentimiento de una psiquis colectiva a priori de la personal que al principio interpreté como huellas de las primitivas funciones. Sólo más tarde, al acrecentar mi experiencia y más profundos mis conocimientos, reconocí en las funciones las formas instintivas, los arquetipos.




1. (↑) Wandlungen und Symbole der Libido (Transformaciones y símbolos de la libido), 1912. Nueva edición: Symbole der Wandlung (Símbolos de la transformación), 1952.

2. (↑) Cfr. Apéndice «De las cartas de Freud a Jung (1909 a 1911)» de «Recuerdos, sueños, pensamientos».

3. (↑) Cfr. Apéndice «De las cartas de Jung  a su mujer desde los Estados Unidos (1909)» de «Recuerdos, sueños, pensamientos».


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