Jung sobre Freud (1 de 3)

En 1961, Carl Gustav Jung publicó su autobiografía bajo el nombre de  Recuerdos, sueños, pensamientos. El libro contiene un capítulo titulado "Sigmund Freud", en el cual Jung habla de su relación con Freud, tanto en el ámbito personal con él como en el de las disputas teóricas. A continuación, podéis leer el primer fragmento de este capítulo, que será publicado en tres entradas:





SIGMUND FREUD [1]


La aventura de mi evolución espiritual comenzó al hacerme psiquiatra. De modo insospechado comencé a observar, desde fuera, pacientes clínicamente anormales. En ello me encontré con procesos psíquicos de naturaleza extraña que yo registraba y clasificaba, sin la menor comprensión por su significado, y que parecía bastar con calificarlos de «patológicos». En el transcurso del tiempo, mi interés se concentró cada vez más en aquellos enfermos en quienes veía yo algo comprensible, es decir en los casos de paranoia, en las demencias maníaco-depresivas y en los desequilibrios psicógenos. Desde el principio de mi carrera psiquiátrica despertaron en mí profundo interés los estudios de Breuer y Freud, además de los trabajos de Pierre Janet. Especialmente las aportaciones de Freud a un método de análisis de los sueños y su interpretación me resultaron valiosos para la comprensión de las manifestaciones esquizofrénicas. Ya en 1900 leí la obra de Freud Traumdeutung [2] (Interpretación de los sueños). Dejé el libro a un lado porque no lo comprendía aún. A los veinticinco años carecía de experiencia para poder comprobar las teorías de Freud. Sólo fue más tarde cuando pude hacerlo. En 1903 volví a leerlo y descubrí la relación con mis propias ideas. Lo que me interesó principalmente en esta obra fue la aplicación al campo del sueño del concepto «mecanismo de represión», procedente de la psicología de la neurosis. Esto era importante para mí, porque en mis experimentos de asociación de palabras con frecuencia surgían represiones: a ciertas palabras sugerentes, los pacientes no sabían dar una respuesta asociativa, o se tomaban un tiempo considerablemente largo para reaccionar. Como se comprobó posteriormente, se presentaba este trastorno cada vez que la palabra sugerente afectaba a un dolor o conflicto anímico. Pero ello era en la mayoría de los casos desconocido por el paciente, y a mi pregunta acerca de la causa del trastorno respondían de modo extraño y rebuscado. La lectura de la Interpretación de los sueños de Freud me mostró que aquí actuaba el mecanismo de la represión y que los hechos observados por mí coincidían con su teoría. No podía más que constatar sus conclusiones.

Algo distinto sucedió en relación con el tema de la represión. En este aspecto no podía dar la razón a Freud. Él veía como causa de la represión el trauma sexual y ello no me bastaba. En mi consulta conocí numerosos casos de neurosis en los cuales la sexualidad desempeñaba un papel meramente secundario, mientras que había otros factores en primer plano, por ejemplo, el problema de la adaptación social, de la opresión por circunstancias de la vida, las pretensiones de prestigio, etc. Posteriormente le presenté a Freud tales casos, pero él no admitía otros factores que no fueran la sexualidad. Esto me pareció muy poco satisfactorio.

En principio no me resultó fácil asignar a Freud el lugar adecuado en mi vida o situarme correctamente respecto a él. Cuando conocí su obra, tenía yo todavía ante mí toda una larga carrera y estaba en vías de acabar un trabajo que debía llevarme hacia adelante en la universidad. Pero Freud, en el mundo académico de aquella época, era persona no grata, y el estar en relaciones con él era perjudicial a cualquier celebridad científica. La «gente importante» le mencionaba, todo lo más, a escondidas y en los congresos se le discutía sólo en los pasillos, nunca en las sesiones. Así pues, no me resultó agradable tener que constatar la coincidencia de mis ensayos de asociación con las teorías de Freud.

En cierta ocasión me hallaba en mi laboratorio preocupado por esta cuestión cuando el demonio me sugirió que tenía derecho a publicar los resultados de mis experimentos y mis conclusiones, sin mencionar a Freud. Realmente había elaborado mis ensayos mucho antes de comprenderlo. Pero entonces oí la voz de mi segunda personalidad: «Si tú haces como si no conocieras a Freud, ello constituye una falsedad. No se puede situar la vida sobre una mentira.» Con ello el caso estuvo solucionado. Desde entonces me declaré públicamente a favor de Freud y combatí por él.

Rompí la primera lanza por él con motivo de un Congreso en Munich en que se trataba de neurosis forzosas, pero su nombre fue deliberadamente silenciado. En 1906 escribí en relación con ello un artículo para la Münchner Medizinische Wochenschrift (Semanario médico de Munich) en que citaba la teoría de las neurosis de Freud, que tanto había contribuido a la comprensión de las neurosis forzosas [3]. Sobre este artículo me escribieron cartas de advertencia dos profesores alemanes: si continuaba al lado de Freud y persistía en defenderle, mi futuro académico estaba en peligro. Yo respondí: «Si lo que dice Freud es la verdad, entonces persisto en mi postura. Renuncio a una carrera cuya premisa consiste en suprimir la investigación y silenciar la verdad.» Y continué manifestándome a favor de Freud y sus ideas. Sólo que a causa de mis propias experiencias no podía aceptar el que todas las neurosis estuvieran motivadas por la represión sexual o traumas de carácter sexual. Para ciertos casos esto era exacto, pero para otros, no. En todo caso, Freud había abierto nuevos caminos a la investigación y la indignación de entonces contra él me pareció absurda [4].

No hallé mucha comprensión para las ideas expresadas en Die Psychologie der Dementia praecox, y mis colegas se burlaron de mí. Pero por este trabajo me encontré con Freud. Me invitó a visitarle y en febrero de 1907 tuvo lugar nuestro primer encuentro en Viena. Nos encontramos a la una del mediodía y hablamos durante trece horas ininterrumpidamente, por así decirlo. Freud era el primer hombre realmente importante que yo conocía. Ningún otro hombre de los que entonces conocía podía equiparársele. En su actitud no había nada de trivial. Le encontré extraordinariamente inteligente, penetrante e interesante en todos los aspectos. Y pese a ello mis primeras impresiones sobre él fueron poco claras y en parte incomprendidas.

Lo que me decía acerca de su teoría sexual me impresionó. Sin embargo sus palabras no lograron disipar mis dudas y reflexiones. Se las planteé más de una vez, pero siempre me objetaba mi falta de experiencia. Freud llevaba razón: entonces no poseía yo la experiencia suficiente para fundamentar mis argumentos. Vi que su teoría sexual era extraordinariamente importante para él, tanto en el sentido personal como filosófico. Ello me impresionó, pero no podía explicarme exactamente hasta qué punto esta valoración positiva dependía en él de premisas subjetivas y hasta qué punto de experiencias concluyentes.

En especial, la posición de Freud respecto al espíritu me pareció muy cuestionable. Siempre que en un hombre o en una obra de arte se manifestaba el lenguaje de la espiritualidad, le parecía sospechoso y dejaba entrever una «sexualidad reprimida». Lo que no podía explicarse directamente como sexualidad, lo caracterizaba como «psicosexualidad». Yo objetaba que su hipótesis, llevada a sus lógicas conclusiones, conducía a un juicio demoledor sobre la cultura. La cultura aparecía como una mera farsa, como fruto morboso de la sexualidad reprimida. «Ciertamente —concedía él—, así es. Ello es una maldición del destino contra la cual nada podemos.» Yo no estaba dispuesto en absoluto a darle la razón. Sin embargo, no me sentía maduro todavía para entablar una polémica.

Hay todavía algo en este primer encuentro que me resultó significativo. Concierne a cosas que, sin embargo, sólo logré comprender y meditar después del fin de nuestra amistad. Era evidente que la teoría sexual de Freud resultaba singularmente sugestiva. Cuando Freud hablaba de ello, su voz se hacía imperiosa, angustiosa casi, y ya no se notaba nada de su actitud crítica y escéptica. Una expresión extrañamente agitada, una causa que no lograba yo aclarar, animaba su rostro. Me impresionó profundamente que la sexualidad significara para él un numinosum.(*) Mi impresión quedó confirmada por una conversación que tuvo lugar unos tres años después (1910), nuevamente en Viena.

Recuerdo todavía muy vivamente cómo me dijo Freud: «Mi querido Jung, prométame que nunca desechará la teoría sexual. Es lo más importante de todo. Vea usted, debemos hacer de ello un dogma, un bastión inexpugnable.» Me dijo esto apasionadamente y en un tono como si un padre dijera: «Y prométeme, mi querido hijo, ¡que todos los domingos irás a misa!» Algo extrañado le pregunté: «Un bastión ¿contra qué?» A lo que respondió: «Contra la negra avalancha», aquí vaciló un instante y añadió: «del ocultismo». En primer lugar fueron el «dogma» y el «bastión» lo que me asustó; pues un dogma, es decir, un credo indiscutible, se postula sólo allí donde se quiere reprimir una duda de una vez para siempre. Pero esto ya no tiene nada que ver con una opinión científica, sino sólo con un afán de poder personal.

Esto constituyó un rudo golpe para nuestra amistad. Yo sabía que nunca podría aceptar esto. Lo que Freud parecía entender por «ocultismo» era, más o menos, todo lo que la filosofía y la religión, incluyendo la parapsicología, que por entonces estaba de moda, tenían que decir sobre el alma. Para mí la teoría sexual era igualmente «oculta», es decir, indemostrable, pura hipótesis posible, como muchas otras concepciones especulativas. Una verdad científica era para mí una hipótesis satisfactoria por el momento, pero no un artículo de fe para todos los tiempos.

Sin poder entonces comprender esto correctamente, había observado en Freud una secuela de factores religiosos inconscientes. Manifiestamente quería alistarme para una defensa común contra amenazadores signos inconscientes.

La huella que me dejó esta conversación contribuyó a mi confusión; pues hasta entonces no había atribuido a la sexualidad el alcance de una cuestión indecisa a la que se debe prestar fidelidad porque pudiera perderse. Para Freud la sexualidad significaba, por lo visto, más que para los demás. Era para él una res religiose observanda. Bajo la influencia de tales ideas y cuestiones se incurre, por regla general, en la desconfianza y la reserva. Así, nuestras conversaciones terminaron pronto, tras algunos balbucientes intentos por mi parte.

Yo estaba profundamente impresionado, confuso y desconcertado. Tenía la sensación de haber lanzado una ojeada a un país nuevo y desconocido, de donde me llegaban volando bandadas de nuevas ideas. Una cosa estaba clara para mí: Freud, que siempre hacía hincapié en su irreligiosidad, se había construido un dogma, mejor dicho, en lugar del Dios celoso que había perdido, había puesto una imagen forzosa, concretamente a la sexualidad; una imagen que no era menos apremiante, exigente, despótica, amenazadora y ambivalente moralmente. Del mismo modo que al más fuerte psíquicamente y por lo tanto, terrible, corresponden los atributos de «divino» o «diabólico», la «libido sexual» había adoptado en él el papel de un deus absconditus, de un Dios oculto. La ventaja de esta mutación consistía para Freud en que el nuevo principio numinoso le parecía irreprochable científicamente y libre de todo lastre religioso. Pero en el fondo subsiste la numinosidad como propiedad psicológica de los principios antagónicos inconmensurables racionalmente: Jehová y sexualidad. Sólo había variado la denominación y con ello ciertamente también el punto de vista: no era en lo alto donde había que buscar lo perdido, sino abajo. Pero ¿qué le importa, al fin y al cabo, al más fuerte, si se le define de éste o de otro modo? Si no existiera psicología alguna sino sólo objetos concretos, se habría en efecto destruido a uno, para colocar a otro en su lugar. En la realidad, es decir, en el campo de la experiencia psicológica, no ha desaparecido empero nada en absoluto de la urgencia, angustia, coacción, etc. Como antes, se plantea la cuestión de cómo aparece o desaparece el miedo, el remordimiento, la culpa, la coacción, la inconsistencia y la impulsividad. Si no proviene del lado diáfano, idealista, entonces quizá lo haga del oscuro, del biológico.

Como llamas momentáneamente oscilantes pasaron por mi cabeza estos pensamientos. Mucho más tarde, cuando medité sobre el carácter de Freud, se me hicieron importantes y revelaron su significado. Un rasgo de su carácter me preocupaba en especial: la amargura de Freud. Ya me llamó la atención en nuestro primer encuentro. Durante mucho tiempo no logré comprenderlo hasta que pude relacionarlo con su actitud respecto a la sexualidad. Para Freud la sexualidad significaba ciertamente un numinoso, pero en su teoría se expresa exclusivamente como función biológica. Sólo la inquietud con que hablaba de ello permitía deducir que en él resonaba más profundamente. En última instancia quería enseñar —así por lo menos me lo pareció a mí— que, vista desde dentro, la sexualidad implicaba también espiritualidad o tenía sentido. Su terminología concreta era, sin embargo, demasiado limitada para poder expresar esta idea. Así pues, me daba la impresión de que trabajaba contra su propio objetivo y contra sí mismo; y no existe amargura peor que la de un hombre convertido en el más encarnizado enemigo de sí mismo. Según su propia expresión, se sentía amenazado por la «negra avalancha», él, que había propuesto principalmente vaciar las oscuras profundidades.

Freud no se preguntó nunca por qué debía hablar constantemente sobre el sexo, por qué este pensamiento le poseía. Nunca tendría consciencia de que en la «monotonía del significado» se expresaba la huida de sí mismo, o de aquella otra parte suya que quizás pudiera definirse como «mística». Sin reconocer esta parte no podía sentirse acorde consigo mismo. Era ciego frente a la paradoja y la ambigüedad de los significados del inconsciente, y no sabía que todo cuanto emerge del inconsciente posee algo superior e inferior, algo interno y externo. Cuando se habla de lo externo —y esto hizo Freud— se considera sólo la mitad de ello y, consiguientemente, surge en el inconsciente una fuerza antagónica.

Contra esta parcialidad de Freud no había nada que hacer. Quizás una íntima experiencia personal le hubiera podido abrir los ojos; pero a lo mejor su mente lo hubiera reducido también a «mera sexualidad» o «psicosexualidad». Fue prisionero de un punto de vista y justamente por ello veo en él una figura trágica, pues era un gran hombre.

Después de aquella segunda conversación en Viena comprendí también la hipótesis del poder, de Alfred Adler, pues hasta entonces no le había prestado suficiente atención: Adler había aprendido del «padre», como muchos hijos, no lo que éste dijo sino lo que hizo. Entonces el problema del amor —o eros— y del poder me pareció un lastre del espíritu tal como él mismo me dijo. Freud nunca había leído a Nietzsche. Ahora veía yo su psicología como un ardid de la historia del espíritu que compensaba la deificación por Nietzsche del principio del poder. El problema no se planteaba manifiestamente «Freud versus Adler», sino «Freud versus Nietzsche». Me pareció significar mucho más que una mera querella familiar en la psicopatología. Comencé a darme cuenta de que eros e impulso de poder eran como hermanos desavenidos e hijos de un mismo padre, una fuerza espiritual constructiva, la cual —como carga eléctrica positiva y negativa— se manifiesta en la experiencia de forma antagónica: una como un patiens, el eros, y la otra como un agens, el impulso de poder, y viceversa. El eros recurre al impulso de poder tanto como éste al primero. ¿Dónde puede hallarse un impulso sin el otro? El hombre está sometido, por una parte, al impulso, por otra parte intenta dominarlo. Freud muestra cómo el objeto sucumbe al impulso y Adler cómo el hombre se sirve de éste para dominar el impulso. Nietzsche, entregado y supeditado a su destino, tuvo que crearse un «superhombre». Freud, así concluí yo, quedó tan impresionado por el poder del eros que quiso elevarlo a un numen religioso, incluso a dogma —aere perennius. No es ningún secreto que Zaratustra es el heraldo de un evangelio, y Freud compite incluso con la Iglesia en su intención de canonizar los principios. No hizo esto de un modo demasiado ostensible, pero sí, sin embargo, con la intención, sospechosa para mí, de querer pasar por profeta. Levanta la trágica reivindicación y la destruye a la vez. Así sucede casi siempre con las numinosidades, y esto es lógico, pues en cierto aspecto son verdaderas y en otro, inciertas. La vivencia luminosa se eleva y se hunde a la vez. Si Freud hubiera observado mejor la verdad psicológica de que la sexualidad es numinosa —es un Dios y un Diablo— no se hubiera quedado atascado en la estrechez de un concepto biológico. Y Nietzsche, con su entusiasmo, no se hubiera situado al margen del mundo, si hubiera dado más importancia a los fundamentos de la existencia humana.




Notas:


1. (↑) Este capítulo debe considerarse nada más que como un complemento a los numerosos escritos de C. G. Jung sobre Sigmund Freud y su obra. [Cfr., entre otros estudios, Der Gegensatz Freud und Jung (La oposición entre Freud y Jung), 1929; en Seelenprobleme der Gegenwart (Problemas anímicos de actualidad), 5.a edición, 1950; Sigmund Freud als kulturhistorische Erscheinung (Sigmund Freud como fenómeno histórico-cultural), 1932, etc.]

2. (↑) En su artículo necrológico sobre Freud (Basler Nachrichten, 1 de oc tubre de 1939), Jung caracteriza esta obra como de las que «hacen época» y «ciertamente uno de los intentos más audaces que se han realizado para captar el enigma de la psiquis inconsciente y trasladarla al terreno aparentemente firme de lo empírico... Para nosotros, que entonces éramos jóvenes psiquiatras, constituyó una de las fuentes de inspiración, mientras que para nuestros viejos colegas fue motivo de mofa».


3. (↑) Die Hysterielehre Freuds, eine Erwiderung auf die Aschaffenburgsche Kritik (La teoría de Freud sobre la histeria, réplica a la crítica de Aschaffen-burg), Obras completas, vol. IV.


4. (↑) Después de que Jung (1906) envió a Freud su trabajo sobre los Diagnostischen Assoziationsstudien (Estudios diagnósticos de la asociación) comenzó la correspondencia entre ambos investigadores. El intercambio de cartas se prosiguió hasta el año 1913. En 1907, Jung envió también su trabajo Die Psychologie der Dementia praecox a Freud. A. J.


* (↑) Numinosum. Concepto de Rudolf Otto («lo sagrado») para lo indecible, lo enigmático, lo horripilante, lo completamente distinto, la propiedad experimentable directamente sólo en lo divino que le incumbe.

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