Jung - Cartas de Freud - Carta A

En la autobiografía de Carl Gustav Jung (Recuerdos, sueños, pensamientos. 1961) se incluyen, con en el permiso de Ernst L. Freud,  tres cartas que Sigmund Freud escribió a Jung pero que no aparecen en el Epistolario de Freud. Esta es la primera de estas tres cartas:




Carta A

Viena, IX, Berggasse 19, 16 de abril del 1909

Querido amigo:

... Es interesante que la misma tarde en que yo le adoptaba a usted formalmente como hijo mayor, le consagraba como sucesor y príncipe heredero —in partibus infidelium—, que simultáneamente me despojaba de la dignidad de padre, acto que le parece gustar tanto como a mí, por el contrario, la investidura de su persona. Temo sin embargo que vuelva usted a pensar en su padre si hablo de mi relación con el espíritu golpeador; pero debo hacerlo porque es distinto de lo que usted podría creer. Yo no niego, pues, que sus comunicaciones y su experimento me impresionaron profundamente. Me propuse, después de su marcha, observar esto, y aquí le doy mis resultados.
En la primera habitación se oyó un ruido inesperadamente allí donde descansaban dos pesadas estelas egipcias sobre dos tablas de roble de la librería, esto es evidente. En la segunda habitación, allí donde lo oímos, se oye ruido muy raramente. Primeramente quería hacerlo valer como prueba si los ruidos tan frecuentes durante su visita no se hubieran repetido después de marchar usted. Pero se han repetido los ruidos y nunca en conexión con mis pensamientos y nunca cuando me ocupaba de usted o de sus especiales problemas. (Ahora no añado esto como provocación.) La observación quedó inválida muy pronto por otras. Mi creencia, o cuando menos mi crédula solicitud desapareció con el encanto de su presencia personal; me resultaba de nuevo totalmente improbable por ciertos motivos íntimos que deba suceder algo de este tipo; el mobiliario desembrujado está ante mí, como ante el poeta la naturaleza desdivinizada después de la partida de los dioses de Grecia.

Vuelvo, pues, a colocarme las cárneas gafas de padre y advierto al querido hijo que conserve la cabeza fría y es preferible no querer comprender que sacrificar a la comprensión, tan gran víctima, muevo la cabeza sobre la psicosíntesis y pienso: Sí, así son los jóvenes, sólo les proporciona auténtica alegría ir donde ellos no necesitan llevarnos, a donde en nuestro escaso aliento y cansadas piernas no nos es posible seguirles.

Luego, con el derecho que me confiere mi edad, me vuelvo parlanchín y hablo de otra cosa entre el cielo y la tierra que no se puede comprender. Hace algunos años descubrí en mí la convicción de que moriría entre los 61 y 62 años, lo que entonces me parecía todavía un largo plazo. (Hoy son sólo ocho años.) Entonces marché con mi hermano a Grecia y resultó inquietante cómo el número 61 o 60 en relación con el 1 y 2 se me presentaba de nuevo en los medios de transporte, lo que anoté cuidadosamente. Con el ánimo oprimido esperaba en el hotel de Atenas volver a tomar aliento, cuando se nos asignó una habitación en el primer piso; allí ciertamente no podía tratarse del número 61. Cierto, pero siquiera tuve el número 31 (con licencia fatal, pues es la mitad de 61-62) y este astuto y hábil número se manifestó más persistente en consecuencias que el primero. Desde el viaje de regreso hasta hace no mucho se me conservó fiel el 31, en cuya proximidad se encontraba a gusto el 2. Dado que también en mi sistema tengo regiones en las que sólo siento curiosidad por saber, pero no soy en absoluto supersticioso, desde entonces he intentado realizar el análisis de este convencimiento. Y aquí está este análisis.

Este convencimiento surgió en el año 1899. Entonces acontecieron conjuntamente dos hechos. Primeramente escribí el significado de los sueños (que está ya prefechado en 1900), en segundo lugar, recibí un número de teléfono que todavía hoy lo tengo: 14362. Algo de común entre ambos hechos se desprende fácilmente. En el año 1899, cuando escribí la interpretación del sueño tenía 43 años de edad. Qué había, pues, de más próximo sino que las otras cifras de mi término de vida debían significar 61 ó 62. De pronto el método se convierte en algo absurdo. La superstición de que yo moriría entre los 61 ó 62 se presenta como equivalente de la convicción de que había completado mi obra con la interpretación del sueño, es decir, ya no necesito decir nada más y puedo tranquilamente morir. Usted aceptará que después de esta experiencia no suena tan absurdo. Además en ello se esconde la secreta influencia de W. Fliess; en el año de su ataque la superstición desapareció también.

Nuevamente podrá usted constatar la naturaleza específicamente judía de mi mística. Por lo demás, estoy inclinado a decir que aventuras como la ocurrida con el número 61 encuentran explicación en dos momentos, primero por la acusada atención del inconsciente, que ve a Elena en toda mujer, y segundo, por la amigablemente existente «complacencia del azar» que desempeña la misma función para la ilusión que la complacencia somática en el síndrome histérico, lo idiomático en el juego de palabras.

Estaré, pues, dispuesto a seguir enterándome con interés en lo sucesivo de sus investigaciones acerca del complejo de los fantasmas, como de una obsesión benigna que no se comparte.

Afectuosos saludos para usted, señora e hijo.
su amigo.


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