Freud - Epistolario - Carta 246 - A Romain Rolland


Carta 246. A Romain Rolland.


Viena, IX, Berggasse, 19, 19-1-1930.

Querido amigo:

Mis más expresivas gracias por el regalo de su obra bicéfala en tres volúmenes [1]. Contrariamente a mis cálculos, mi «insatisfecho» librito precedió al suyo, anteponiéndosele por varias semanas. Ahora intentaré con su ayuda penetrar en la jungla hindú, de la que hasta hoy me había apartado una mezcla bastante ambigua de amor helénico hacia la proporción σωφεοσϋνμ, sobriedad judía y timidez filistea. En realidad, debiera haberme aventurado antes por ella, y las raíces que esconde su suelo no debieran serme extrañas, pues a veces he excavado buscándolas hasta cierta profundidad. Pero no es tan fácil rebasar los límites de la propia Naturaleza.
Naturalmente, descubrí pronto la sección del libro que me interesó más, es decir, el comienzo, en el que ataca a los racionalistas extremos, como yo. Me ha caído muy bien que me llame usted «grande» en esta parte, y me siento incapaz de poner objeciones a una ironía que va mezclada con tanta amabilidad. En cuanto a su crítica del psicoanálisis, me permitirá unas cuantas observaciones: la distinción entre «extrovertido» e «introvertido» deriva de C. G. Jung, que también se inclina hacia la mística y que ha estado separado de nosotros desde hace años. No damos nosotros demasiada importancia a esta distinción y sabemos bien que la gente puede ser ambas cosas al tiempo y que habitualmente lo es. Además, algunas de nuestras expresiones, tales como regresión, narcisismo, principio de placer, etc., son de naturaleza puramente descriptiva y no llevan implícito ningún intento de evaluación. Los procesos mentales pueden cambiar de dirección o combinar respectivamente sus fuerzas, e incluso el mecanismo de la reflexión constituye un proceso regresivo, sin que ello le haga perder alguna de su dignidad e importancia. Finalmente, el psicoanálisis posee también su escala de valores, pero su único objetivo es la incrementada armonía del yo, que esperamos medie satisfactoriamente entre las exigencias de la vida instintiva (el ello) y las del mundo exterior; es decir, entre las realidades endógena y exógena.

Nuestros pensamientos respectivos siguen caminos más divergentes en cuanto al papel que asignamos a la intuición. Usted, con su misticismo, confía en ésta para enseñarnos a resolver la incógnita del universo. Nosotros creemos, por el contrario, que no puede revelarnos sino impulsos y actitudes primitivos e instintivos, muy valiosos para una embriología del alma cuando se interpretan correctamente, pero inútiles en cuanto a la orientación en el mundo exterior y foráneo.

Si nuestras sendas vuelven a cruzarse alguna otra vez en la vida, sería agradable cambiar impresiones acerca de todo esto. Desde la distancia, un saludo cordial es mejor que la polémica. Otra cosa: no soy un escéptico total, ya que estoy seguro de que hay ciertas cosas que no podemos saber por ahora.

Deseándole toda clase de venturas, su devoto

Freud.



1. (↑) Essai sur la mystique et l’action de l’Inde vivante: 1. «La Vie de Rama Krishna», Stock, Paris, 1929. 2. La Vie de Vivekananda et l’Evangile Universel, 2 volúmenes, Stock, París, 1930.

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