El cine y la pena de muerte: valentía y cobardía



A lo largo del siglo XX, diversidad de estados occidentales han ido avanzando en la abolición de la pena de muerte. El cine no ha sido ajeno a este asunto, y existen un buen puñado de películas cuya propuesta ética consiste en una condena explícita a la pena capital. Sin duda, el film de referencia para cualquier cineasta y para el espectador es Más allá de la duda (Beyond a reasonable doubt, 1956), de Fritz Lang. 

En ella, un periodista contrario a la pena de muerte intenta fingir un asesinato para poner de manifiesto el riesgo de condenar a muerte a un hombre inocente. La película adquiere una nueva lectura al resultar que el periodista acaba cometiendo realmente el asesinato y que está a punto de poder librarse de ello precisamente por haber planeado él la trampa (juego argumental que se repite en la más reciente Minority report), pero lo que nos interesa aquí es el hecho de usar el argumento de la presunción de inocencia como motivo para criticar la pena de muerte.

En ningún estado moderno, el motivo para abolir la pena de muerte se debe a la posibilidad de culpar a un inocente. Si fuera por esto, podríamos criticar la propia existencia de las prisiones, del código penal mismo, porque la posibilidad de condenar a un inocente, sea cual sea la condena, siembre es posible. Lo que está en juego al condenar la pena capital es la idea de que el Estado tiene que tener sus límites a la hora de infligir su violencia sobre los ciudadanos y que uno de esos límites es la vida del condenado.

El cine, a la hora de condenar la pena de muerte, ha apostado en general por los mismos argumentos con que se abre Más allá de la duda. Es decir, se escoge a un personaje inocente condenado a pena de muerte para mostrar al espectador el horror de este tipo de condena. Error muy cobarde a mi parecer. Lo valiente es escoger a un personaje efectivamente culpable y mostrar al espectador que aun así la pena de muerte sigue siendo un horror.


Hay una película que juega simultáneamente con estas dos posibilidades argumentales: La milla verde (The Green Mile, 1999), de Frank Darabont. En ella, John Coffey (Michael Clarke Duncan), un enorme hombre de raza negra y con poderes sobrenaturales es condenado a la silla eléctrica. Durante gran parte del metraje, desconocemos si es culpable o inocente de lo que se le culpa (el asesinato de dos niñas), pero la historia se encarga de que empaticemos con él con independencia de lo que sospechemos. Finalmente se nos descubre su inocencia y tenemos que aceptar con pena que va a acabar siendo electrocutado. Hasta aquí, el modo de condena de la pena de muerte usa las mismas premisas que el citado film de Fritz Lang. Ahora bien, a media película una historia paralela se encarga de mostrarnos el horror de la pena capital con una escena en que se muestra una electrocución fallida de un preso efectivamente culpable. La secuencia muestra cómo sufre y arde en llamas un preso mientras el público presente en la ejecución (y también nosotros como público de la sala de cine) queda horrorizado. Darabont usa aquí un truco muy interesante: hiperbolizar el sufrimiento del condenado y el triste espectáculo visual de presenciarlo para despertar rechazo en el espectador, rechazo a la pena de muerte. Desde luego lo consigue sobradamente. Y la secuencia es valiente, porque el condenado es culpable.

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About Sergi Ruiz

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1 comentarios:

Nico dijo...

Muy buen artículo Sergi. Sin embargo me veo obligado a discrepar en un punto:
El rechazo a la pena de muerte tiene para mí una doble justificación. Por un lado está lo que dices sobre limitar la violencia del estado, pero por otro lado hay un argumento ligado a la presunción de inocencia.
Es cierto que cualquier condena corre el riesgo de castigar injustamente a un inocente, y en algunos casos los efectos sobre la vida del condenado pueden ser dramáticos, pero la pena de muerte es la única condena absolutamente irreversible. Una vez ejecutada no existe marcha atrás, ni compensación posible, ni nada que pueda reparar en lo más mínimo el error cometido.
Es este argumento, en conjunción con el anterior, el que me parece especialmente contundente para defender que incluso la cadena perpetua es preferible a la pena capital.