Freud - Epistolario - Carta 127 - A Jung

Carta 127, A C.G. Jung

Roma, 19-9-1907.

Querido colega:

Al llegar aquí me encontré su carta describiéndome los últimos acontecimientos del Congreso, que no consiguieron deprimirme, y me doy cuenta con alegría de que a usted tampoco. Estoy seguro de que esta experiencia le reportará buenos frutos o, al menos, aquellos que yo más anhelo. En lo que a mí respecta, ha aumentado mi respeto por el psicoanálisis, pues estaba a punto de decirme: «¿Cómo? ¿Ya nos hemos ganado al mundo tan sólo con diez años de lucha? Entonces, estábamos equivocados.» Los últimos sucesos me han hecho recuperar la fe, mas, como usted verá, no existe base para la táctica que usted ha empleado hasta ahora. La gente no quiere aprender, y por ello está incapacitada por ahora para la comprensión de las cosas más sencillas. Cuando llegue el momento, ya verá cómo son capaces de entender las ideas más complejas. Hasta entonces no podemos hacer otra cosa que seguir trabajando y caer lo menos posible en vanas discusiones. Después de todo, lo único que podría uno contestar sería: «Es usted un idiota», o «Es usted un embustero... Y resulta natural que no podamos permitirnos la expresión de esas opiniones. Además, sabemos que son tan sólo unos pobres diablos que tienen, por una parte, miedo de ofendernos, por si ello hace peligrar su carrera, y están, en parte, encadenados por el temor a sus propias represiones. Tendremos que esperar hasta que se vayan extinguiendo o queden gradualmente reducidos a una minoría. Cualquier mente joven y alerta que surja estará sin duda a nuestro lado.

Desgraciadamente, me siento incapaz de repetir de memoria los magníficos versos de C. F. Meyer (1) en sus Huttens Letzte Tage, que terminan así:

The small bell here chimes out with so much mirth:
A little Protestant has come to earth (*).

Como subraya usted tan acertadamente, nuestros enemigos, que hacen gala de una esterilidad absoluta, se fatigarán inútilmente con sus arrebatos y encolerizados insultos, repitiéndose hasta el infinito, mientras nosotros y todos aquellos que elijan nuestro bando continuamos laborando y progresando. El anciano que suscitó su asombro no será, sin duda, el único ejemplo. En el año venidero sabremos que podemos contar con discípulos donde ahora nos parece imposible que surjan, y otros irán a engrosar su ya floreciente escuela.
En cuanto a mi ceterum censeo, fundemos nuestra revista (2). La gente la desaprobará, la comprará y la leerá, y un buen día, echando la vista atrás, se dará usted cuenta de que estos años de lucha han sido los más hermosos de su vida. Mas le ruego que no me erija usted un pedestal, pues soy demasiado humano para representar tan egregio papel. Su deseo de poseer mi fotografía me hace expresar una petición semejante, que será sin duda más fácil de complacer. Hace quince años que no me dejo retratar a sabiendas, porque soy tan presuntuoso que me horroriza contemplar sobre el papel mi deteriorización física.
Hace dos años me tuvieron que retratar para la Exposición de Higiene (por orden superior), pero detesto tanto esa fotografía que no me inclino a ponerla a su disposición. Por la misma época, mis hijos me hicieron otra en la que estoy muy natural y que me gusta mucho más, y, si le parece bien, intentaré encontrar el cliché en Viena. La reproducción mía mejor y que más me complace es el medallón que hizo C. F. Schwerdtner (3) cuando cumplí los cincuenta años. Si a usted no le disgusta, haré que se lo envíen.
Estoy completamente solo en Roma, dejándome llevar por toda clase de ensueños, y no pienso regresar a casa hasta fines de mes. Me alojo en el «Hotel Milán». Enterré la ciencia en una fosa muy honda al comenzar las vacaciones, y ahora intento recuperar el sentido y producir algo. Esta ciudad incomparable es la medicina más adecuada para lograrlo. Aunque mi tarea principal ya ha quedado quizá consumada, me gustaría mantener el contacto con usted y los demás colegas más jóvenes que yo durante el mayor tiempo posible.
Con los mejores saludos y esperando su respuesta con avidez, suyo sinceramente,

Dr. Freud.


Notas:


1. (↑) Conrad Ferdinand Meyer (1825-1895), autor suizo.
* (↑) La campanita tañe alegremente:
un pequeño protestante ha venido a la tierra.
2. (↑) Se refería al Jahrbuch für Psychoanalystiche und Psychopatologische Forschungen («Anuario de investigación psicoanalítica y psicopatológica»), que apareció unos dieciocho meses después.
3. (↑) Carl Maria Schwerdthner (1874-1916), escultor austríaco.
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