Freud - Epistolario - Carta 125 - A Jung

Carta 125. A C. G. Jung

«Hotel Wolkenstein», en St. Christina (1).
Gröden, 18·8-1907.

Querido colega:

Afortunadamente, ha terminado el empobrecimiento de mi personalidad producido por la interrupción de nuestra correspondencia. Lleno de pereza y corriendo mundo con mi familia, me doy cuenta de que se halla usted nuevamente en pleno trabajo, y sus cartas vienen a recordarme aquello que se ha convertido en el tema central para ambos. No se desespere. Probablemente lo que usted escribió era sólo una figura retórica. El hecho de que los representantes del mundo oficial le comprenden o no a uno de momento es indiferente. Entre las masas que se ocultan anónimamente tras ellos hay bastantes personas que quieren comprender y que, como he visto suceder en varias ocasiones, de repente darán un paso adelante y revelarán sus rostros. Después de todo, trabaja uno primariamente para los anales de la Historia, y en éstos su conferencia de Amsterdam será recogida como un hito. Lo que usted llama el lado histérico de su carácter, es decir, el deseo de causar impresión y de influir sobre las personas —cualidades que le convierten en maestro y pionero—, le abrirán camino, aunque no haga concesiones a la opinión predominante. Si, además, logra usted poner su levadura personal aún con mayor claridad en la cerveza de mis ideas en fermentación, dejará de haber diferencias, grandes o chicas, entre su causa y la mía.
No me encuentro lo bastante bien para lanzarme al viaje que había de llevarme a Sicilia en setiembre, pues al parecer el siroco impera allí en esta época, por lo que no sé dónde pasaré esas semanas. Permaneceré aquí hasta finales de agosto, dando paseos por la montaña y cogiendo edelweiss. No regresaré a Viena hasta fines de setiembre. En cualquier caso, es aconsejable que me escriba a mi dirección vienesa, pues el correo estival en las montañas es muy poco de fiar. Mi pequeña agenda no tiene escrita una sola palabra durante las cuatro últimas semanas, lo que indica claramente que todos mis canales intelectuales se han vaciado por completo. De todas maneras, le agradeceré que los estimule de cuando en cuando.
Alemania no querrá reconocer probablemente que el psicoanálisis existe, hasta que algún alto personaje se digne reconocerlo oficialmente. Quizá el modo más rápido de sacarlo adelante fuera atraer el interés del kaiser Wilhelm, que, según se dice, posee una mente universal. ¿Tiene usted amistades que lleguen tan alto? Yo, no. ¿Será posible que Harden, director del Zukunft («Futuro»), haya sido capaz de adivinar los venideros matices psiquiátricos de su trabajo? Ya se hará usted cargo de que bromeo. Confío en que su involuntario alejamiento del trabajo le haya aportado todo el descanso que yo espero hallar aquí. Siempre suyo,
Dr. Freud.

 (1) Lugar de veraneo en los Dolomitas.

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