El cine imita al cine

Oscar Wilde se preguntaba por dos teorías sobre el arte: si el arte imitaba a la vida o si la vida imitaba al arte y se decantaba por lo segundo. La pregunta es extensible al cine como modo de arte: ¿el cine imita a la vida o la vida imita al cine? Posiblemente nos decantemos por una respuesta o por otra en función de en qué nos fijemos.
El cine clásico norteamericano, aposentado primero en los Felices Años 20 y después en el espectáculo cinematográfico como alternativa para el público a la Gran Depresión, se presentaba ante el espectador no sé si como un modelo a seguir, pero al menos sí como un modelo a desear, un modelo en el que todos éramos guapos y exitosos, y vivíamos aventuras que hacían parecer a nuestra vida un pleno aburrimiento. En este caso, aparecía el deseo que la vida imitara al cine.

Muy poco después, en Europa, con el realismo costumbrista, se partía de una base diametralmente opuesta a la norteamericana. En esta ocasión, el cine buscaba expresar, en general con sátira, las condiciones de vida del pueblo, muy alejadas de las historias heroicas que nos llegaban de Hollywood. Los escenarios eran naturales y los personajes podían ser feos o frustrados, guapos o admirados.Aquí era el cine el que imitaba a la vida.

En cualquier caso, estamos hablando más o menos de los inicios del cine, en un momento en que la filmación de películas era un ámbito creativo nuevo y tenía que buscar sus propias influencias. Jacinto Benavente dijo en cierta ocasión que "por mucho que lo llamen cine, en realidad es teatro". Y razón no le faltaba. Una parte muy importante del cine clásico norteamericano de los años 30 y 40 era filmado sólo en escenarios artificiales, sin salir del los estudios, y sin saber usar travellings, picados, contrapicados o planos cortos, limitándose a un plano medio con una cámara estática que, para el espectador, asemejaba la visión de una película en una sala a la asistencia a una obra teatral. Al cine le costó ciertamente emanciparse de esta idea y, en efecto, y jugando con el tema de este artículo, si a algo imitaba el cine era al teatro.

Ahora bien, en los últimos cuatro siglos, el teatro nunca ha sido el medio de masas que ha llegado a ser el cine. Así que puede que el teatro imite a la vida, pero es raro que la vida imite al teatro: la gente prefiere disfrazarse de Darth Vader que de Hamlet. Y ahí una muestra de la vida imitando al cine. ¿Cuántos de nosotros no hemos pensado o incluso dicho "esto puede ser el principio de una gran amistad" en alguna situación personal? ¿Cuántas veces hemos oído decir a alguien "juro que jamás volveré a pasar hambre" ante una penuria o "me parece que vamos a necesitar un barco más grande" ante un problema mayor de lo que pensábamos en un principio? Ahora que la pornografía se ha abierto a todos los públicos, ¿en cuántas ocasiones no hemos intentado imitar a Nacho Vidal o a Sasha Grey en algún encuentro amoroso?


La afirmación de Benavente, no obstante, ha quedado parcialmente obsoleta. El cine ya no imita al teatro, entre otras cosas porque hay poca cultura teatral entre los directores (a diferencia de los actores o los guionistas) de los últimos, pongamos, 40 años. Desde entonces, la principal influencia del cine es el propio cine. En consonancia con la afirmación de Tarantino (y antes de Picasso) de que los grandes artistan roban, los directores de las últimas décadas ya no buscan sus referencias ni en la vida ni en el teatro sino en el cine que ellos vieron cuando estaban aprendiendo a filmar. Desde los años 70, una gran parte de la creación cinematográfica se basa en imitar a Ford, a Kubrick, a Hitchcock, a Leone, o a Peckinpah, por poner sólo algunos ejemplos. Últimamente hay incluso una generación que está imitando a directores todavía en activo tales como Spielberg o Scorsese; es decir, se está empezando a imitar a los imitadores.


Pero no sólo el cine imita al cine sino que además el cine mismo se ha convertido en un pretexto argumental de muchas películas, cuyos protagonistas son actores en la ficción del guión o van al cine o hablan de películas. Decía Tarantino que, cuando empezó a escribir Unglorious Basterds, quería hacer una película sobre la Segunda Guerra Mundial y le acabó saliendo un homenaje al cine. Muchos directores son antes cinéfilos que creativos. Y es que tal y como decía en una ocasión Guillermo del Toro "en un mundo en el que hemos dejado de creer en la religión, en el Estado o en la familia, el cine es uno de las pocas formas de mito que nos queda". 




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