Historiografía, literatura y autoría

    La manera de concebir el estudio de la historia determina, en buena medida, los modos de aproximación, acceso a los “hechos” y su disposición y -consiguiente- peso en el relato de los mismos. A su vez, viene determinada por prejuicios ideológicos, relaciones de poder y, además, por la propia limitación del pensamiento. Limitación ésta que ejerce su poder mediante lo no pensado más que por lo impensable. La irrupción de nuevas formas, de nuevos conceptos, de un discurso nuevo, abre la posibilidad de pensar lo que hasta ese momento no había sido pensado. Por otra parte, como dice Juan Carlos De Brasi en su Apertura de La explosión del sujeto , “lo conocido por demasiado bien conocido se torna ignorado”.
     La concepción cronológica de la historia, su sentido desde el pasado hacia el futuro, condenan a la inmovilidad de los “hechos” una vez establecidos. Como mucho se ha discutido el estatuto de verdad debido a intereses ideológicos, pero no se pone en tela de juicio que haya una verdad que los mismos “hechos” imponen, ya que estos se han producido. Esta concepción deja de lado, por lo menos, dos cuestiones: la primera, y menos resistente a su admisión, es la de que hay una selección de los hechos que serán considerados históricos y los que quedarán fuera (y que podrán perdurar por transmisión oral de sus protagonistas, como las historias de vida y la memoria histórica; o se perderán en la espesa bruma del olvido); la segunda deja de lado el propio estatuto del relato histórico como artefacto narrativo, como construcción, esto es, como trabajo de ordenación de los hechos y su presentación bajo la forma de un tipo narrativo (tragedia, sátira,…). Esta asunción abre el campo de la Historia a la permanente reformulación del pasado -para explicar el presente-, aparcando el concepto de verdad y sustituyéndolo por el de verosimilitud, condición sine qua non de toda construcción textual acerca del pasado. Los “hechos” dejan de ser, por tanto, entidades inamovibles pues, al poder ocupar distintas posiciones en el relato, varían también su peso en la estructura final. Desde este punto de vista emerge la posibilidad de transformación del pasado mediante su relato, puesto que es con el pasado -con su relato, sus documentos, sus inclusiones y exclusiones- con lo único que podemos trabajar. Por tanto, es lo por-venir lo que re-ubica el pasado (noción del aprés-coup que no trataré aquí), en el sentido que mencionaba antes de las nuevas posibilidades abiertas por un discurso nuevo y su articulación. Así, en el caso de las ciencias, la teoría de la relatividad de Einstein delimita la de Newton, que se había tenido por universal hasta entonces. En el campo de la literatura, transformamos el pasado mediante los cambios incorporados al canon desde las nuevas posiciones teóricas (feminismo, estudios culturales, mestizaje…). Surge, entonces, la pregunta: ¿Existe el pasado? ¿O es algo que vamos construyendo continuamente, incorporando o prescindiendo de cosas a las que antes tomábamos por verdades inmutables o, por el contrario, no merecían nuestra consideración?

Sin duda, responde a una necesidad estructural del pensamiento el moldear la realidad informe mediante el establecimiento de categorías y conceptos, pues de otra manera no podríamos operar sobre ella. Ninguna disciplina renuncia a consignar unos antecedentes históricos y una trayectoria, y además en relación a las historias social y política coetáneas. De esta forma, para cada disciplina artística, por muy antigua o reciente que sea -el caso del cine resulta paradigmático en este sentido- tiene sus periodos clásico, barroco, moderno y posmoderno, por ejemplo. Cabe no olvidar que el inicio de la Historia como tal se asocia a la invención de la escritura, y no solamente, como podría pensarse, por un criterio meramente documental, sino también y, sobre todo, por el hecho mismo de que la escritura surge como voluntad de dejar huella a las futuras generaciones.
     Al hacer historia de la literatura, periodizar y establecer un canon, estamos realizando todas estas operaciones de selección -inclusión y exclusión-, compartimentación de las obras, fijación de lecturas, decreto de juicios estéticos; ejerciendo, en suma, influencia sobre la comunidad, esto es, poder. Pero, ¿en manos de quién está este poder? ¿De personas concretas que lo ejercen? ¿De las instituciones que nombran a esas personas? ¿De sus relaciones con otras instituciones parecidas? ¿Al servicio de quién están estas instituciones? ¿Al de una clase social? ¿Todavía hay clases sociales? ¿No éramos todos de la clase media?

     Naturalmente, no dispongo aquí de espacio suficiente para responder, si es que se puede, a estas preguntas. Sí para, por lo menos, introducir el último punto del que me gustaría ocuparme en este breve comentario: la problemática del autor, la autoridad y la autoría. Sin dejar de lado la historia, constatamos que la noción de autor surge tardíamente en el campo de la literatura y las letras en general, filosofía incluida, mientras que en el de la ciencia ocurre al revés. La firma del autor ayuda enormemente a conferir al texto una autor-idad, una coherencia y, sobre todo, un sentido unívoco. Entra en juego, a la hora de enfrentarse a un texto, los demás textos del autor y el anclaje del mismo a una corriente de pensamiento determinada. Pero con la irrupción del psicoanálisis, y sobre todo con el retorno a Freud propuesto por Lacan, y los aportes de Barthes, Foucault y Derrida, todo el edificio construido entorno al autor queda derruido. Ya Freud deja claro que el sujeto ya no es más in-dividuo, sino que está dividido irremisiblemente entre consciente e inconsciente. Más tarde, con el posestructuralismo, la escritura misma va a tener que ver con la muerte del autor, con la ausencia/presencia (la ausencia no puede ser pensada sin la presencia, por lo que, en general, las dicotomías no son más que falacias), con el lugar vacío: con una función.
    Foucault, sobre todo, va a hablar del autor no como sujeto empírico, sino como un principio funcional que caracteriza el modo de existencia, circulación y funcionamiento de los textos en sociedad (la cursiva es cita del original de Foucault , y cabe aclarar que él habla de discursos, no de textos). En pocas palabras, que el autor, el nombre propio, no va a ser sólo aquel que firme una obra, sino que, además, Foucault va a considerar un autor en tanto en cuanto sea “fundador de discursividad” . Considera que estos autores han producido, además de su obra, “la posibilidad y la regla de formación de otros textos”, siendo estos no sólo analogías, sino también diferencias. “Abrieron el espacio a algo diferente de ellos, que sin embargo pertenece a lo que fundaron” (habla de Marx y Freud). No es, pues, la palabra de estos autores sagrada, sino que va a posibilitar la diferencia.

    Finalmente, al escribir un texto, al ponerlo en circulación, el autor ya no es más dueño de su texto; ese texto se ha de poner a dialogar, se va a articular con otros textos, si tiene suerte y sobrevive a diferentes épocas, los lectores (entiéndase lector como instancia, esto es, como institución que fija la lectura "correcta" de los textos) de cada una de ellas se fijarán en diferentes aspectos del texto, lo pondrán a dialogar con los textos de su propia época, así como de su contexto socio-cultural… Este último punto entronca con lo que decíamos al principio sobre la historia, el pasado y los relatos: lo por-venir determina lo anterior, lo resitúa, lee los textos con sus propios instrumentos de lectura, que focalizan la atención en otros aspectos, que posibilitan una lectura diferente que antes no era posible porque no se disponía del instrumento en cuestión (un nuevo discurso o concepción del mundo, los nuevos inter-textos,…). El autor es entonces un lugar vacío que puede ser ocupado, quizás por múltiples lecturas. O, como comenta Asensi sobre el episodio de la maleta olvidada del Quijote, el autor olvida sus textos, quizás, para ser recordado .


Bibliografía:

J. C. De Brasi, La explosión del sujeto. Colección Hoy en la cultura. Editorial Grupo Cero, Madrid (2ª edición, 1998)
Adriana de Teresa Ochoa, La función del autor en la circulación literaria. En Adriana de Teresa Ochoa (coord.), Circulaciones: trayectoria del texto literario. México, Bonilla Artiga editores, UNAM 2010.
M. Foucault, ¿Qué es un autor? En M. Foucault, Entre filosofía y literatura. Barcelona, Paidós 1999.
Manuel Asensi, La maleta de Cervantes o el olvido del autor
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