¿Hay que poner límites al humor?

En numerosas ocasiones escritores, poetas, intelectuales y teóricos se han preguntado si hay que ponerle límites al humor, es decir, si es lícito, bajo pretexto de provocar hilaridad, hacer humor con temas susceptibles de provocar el efecto contrario, no ya sólo a personas, sino a comunidades enteras, a una nación, una raza, a instituciones arraigadas en una civilización o, incluso, a una civilización entera.

En la sociedad actual, contrariamente a lo que cabría pensar, la libertad de expresión se ve amenazada cada vez más por la presión de lo políticamente correcto, sobre todo en cuestiones que afectan o por las que la masa social está hondamente sensibilizada, como por ejemplo el terrorismo o la curiosa denominación “violencia de género”, hija paradigmática de la más atroz corrección política. Por lo general, no cabe en el ánimo de los que nos dedicamos al humor el ofender a nadie, aunque bien sabemos que siempre habrá quien se sienta ofendido. Para decirlo con Pepe Rubianes, el problema no procede del humor y, por tanto, nada hay que reprochar al humorista; el problema es de quien se ofende.

No obstante, en televisión se puede ver con cierta claridad el adocenamiento del humor que se da a consumir a los espectadores, con fórmulas que acercan a los late night shows españoles más a los espectáculos de feria de principios del siglo pasado –sobre todo desde la irrupción de personajes como El Neng- o al circo, más apto para toda la familia, con lo cual se hace inexplicable que este tipo de programas no se emitan nunca antes de medianoche, mientras otros programas de dudosa calidad, por no llamarlos por su nombre, saturan el horario infantil, y se permite la publicidad dirigida a esta franja de población, a la que se debería proteger de la misma. Además, aunque en la mayoría de programas de humor se utilizan palabras y expresiones altisonantes, se usan para hablar de tópicos absolutamente manidos y para temas que precisamente son los que nos machacan todo el día en aquellos otros programas. ¿Qué sentido tiene hacer un programa de humor sobre el mundo rosa, si lo que quiere el sistema es precisamente que se hable de eso para evitar que la audiencia se interese por otros asuntos más convenientes para ella? ¿Dónde está la crítica y la subversión que deberían caracterizar al humor? Incluso un programa tan sano como Polònia elude la crítica fundamental. “No hay que morder la mano que te da de comer”, se podría justificar. Típica frase de un perro. El problema no es éste, porque esa mano no sólo te da de comer: te da poder, y el poder te somete. Por tanto, una vez sometido al poder ya no puedes atacarlo, eres su siervo, ya nunca más un humorista, si acaso un hombre del espectáculo, esto es, un vendido. Por eso todos estos Buenafuentes, Fuentes y cía, no los considero, en mi modesta opinión, como humoristas. El humorista es aquel que no se somete al yugo del poder, que es libre aún a costa de no triunfar en el sentido que hoy se entiende esta expresión, porque es capaz de “morder” esa mano, porque sólo a los perros y a otros animales domesticados se les da de comer.


Podemos concluir, por tanto, que sí que hay límites al humor, pero por abajo, es decir, que no hay que rebajarse a partir de cierto límite; que hay que vender el humor, no venderse como humorista, porque eso acaba con el humor y, no tan importante, a veces también con el humorista.

En cuanto a los temas de los chistes, es curioso que, por ejemplo, cuando hay una gran tragedia o catástrofe, lo primero que sale es el chiste, como forma primitiva, como primer intento de asimilar algún hecho de una magnitud tal que resulta difícil soportar. Tras los chistes hay pensamientos, muchas veces verdades difíciles de asumir, así que son un mecanismo para expresarlas de manera indirecta y, por tanto, todo intento de poner un límite al humor, en mi opinión es el intento de que estas verdades no sean dichas.



Para finalizar, y siguiendo a Freud, el chiste provoca un levantamiento del mecanismo de represión, y la risa es tanto la manifestación de placer inherente a este levantamiento (en modo de des-tensión de la libido), como el restablecimiento de la represión levantada. Sería como las compuertas de un pantano, que se abrirían cuando la presión ejercida por el agua amenazara con destruir el dique de contención, y volverían a cerrarse cuando, por efecto del agua desalojada (risa), la presión disminuyera a un nivel soportable. Por otra parte, el mecanismo de represión explica el fácil olvido de los chistes.
_
Share on Google Plus

About Jonathan Muñoz

This is a short description in the author block about the author. You edit it by entering text in the "Biographical Info" field in the user admin panel.
    Blogger Comment
    Facebook Comment

0 comentarios: